A DONDE SE HA IDO LOS GORRIATOS


Rafa Angulo

Periodista


Hace muchos años yo gozaba con los gorriatos. Serpenteaba el camino viejo (de Esparragalejo) entre el tejar (y ladrillar) de Norberto del Río y la Papelera donde mi padre se dejó la vida haciéndonos fácil la infancia a mis hermanos y a mí. Desde allí bajábamos a la alameda de eucaliptus que bordeaba el Albarregas y por entre ramas y tejas sobrevolaban cientos de gorrioncillos con babero amarillo, ese principito de los aires acostumbrado a nuestra presencia, que no diré que comía de nuestra mano pero casi, y mira que por allí había grano dónde alimentarse porque el algodonal de los García de Blanes daba para mucho. Y uno, que es más tordo que jilguero, disfrutaba viendo a aquellos gorriones que te mantenían la mirada, adivinaban pensamientos, descubrían sueños y aclaraban dudas, todo eso sin piar, o piando poco, quedos y pardos encima del árbol. Ahora que no los veo me vienen estos pellizcos a la memoria, danzando en un pensamiento confuso y melancólico, porque también a los gorriatos los echo de menos; no es lo mismo la paloma o la jodía tórtola (turca) que mancha el suelo y el vuelo que aquellos gorriones que se asomaban al patio de la Papelera, al calor de la cocina donde mi madre nos daba pan, aceite y azúcar o, excelso desayuno, huevo duro con queso curao y aceite (todo muy picaíto). El gorrión, sutil y mañoso, esperaba las migas que caían al sacudir el mantel, comía de lo nuestro pero lo hacía de forma educada, sosegada, venía pisando quedito y moviendo las alas blandamente bebiendo, cuando se terciaba y con pucheritos, del agua del cubo. Pero ahora apenas veo gorriones y me sobran palomas, tórtolas y caraduras (pájaros de otra calaña); con su desaparición, discreta como su vida, se me va un cachito de memoria, ese intrincado laberinto de recuerdos inseparable de afectos, personas y gorriones que, “on va la corda va el poal”, vuelven confusos los ayeres (debe ser por eso que dice Gloria que los fabulo).

Posdata: Gorriato;

Pájaro de unos doce centímetros desde la cabeza a la extremidad de la cola, con el pico fuerte, cónico y algo doblado en la punta; plumaje pardo en la cabeza, castaño en  el cuello, espalda, alas y cola, pero con manchas negras y rojizas, ceniciento en el vientre; en el macho, con babero negro en pecho y garganta. Es sedentario y era muy abundante en Mérida.

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