ENTRE RUINAS

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Antonio Vélez Sánchez

Ex-alcalde de Mérida   


               

     Nuestros juegos infantiles se movían sobre los restos, solemnes y despreciados al mismo tiempo, de una colosal herencia. Era “el niño en los brazos de un gigante” que señalara genialmente Larra cuando contempló, camino ya de los doscientos años, aquellos soberbios despojos. Es verdad que este narrador ha referido a “Figaro” en otras ocasiones, pero piense el lector que nada mas afortunado en el periplo de nuestra Historia que aquel encuentro arrebatado entre el escritor romántico y la “osamenta pétrea”, del que no ha sacado esta Ciudad el necesario partido. Tan importante fue para la literatura universal como el de Washington Irving con Granada. La diferencia es que nosotros hemos sacado menos rendimiento, sin que se hayan entendido las causas. Y no es que Mérida representara menos que Granada, pues Laborde y Doré la plasmaron en sobrada cosecha pictórica. Mas bien habría que buscar en sus nativos las  razones de incultura o desidia por no exaltar y vender, adecuadamente, lo que otros apreciaron. Ya lo contaba Larra en su visita, lamentándose de un patibulario tipo, a modo de “cicerone” analfabeto, cuando le aseguraba que el tiempo de los “moros” era mucho mas antiguo que el de los romanos.

     A nosotros nos ocurría algo parecido. Vivíamos en los jirones de una secular decadencia, confundidos entre leyendas que acomodaban el rigor de la historia a una  dimensión mas popular. Así al Aljibe de la Alcazaba – del Conventual – lo llamábamos “el baño de la reina”, para recrear en nuestras mentes las escenas de las películas de Simbad y Aladino, con su lámparas maravillosas, alfombras voladoras e intrigas palaciegas, harenes incluidos.

     Lo cierto es que, a pesar del poderío de aquellos vestigios, el pueblo los había rebautizado con nombres mas funcionales, mas acordes con la dimensión diaria de las cosas. Así al Hipódromo lo denominábamos “el tenis”, debido a que en aquella arena las señoritas bien de Mérida habían practicado el deporte de la raqueta, cuando lo puso de moda, allá por los años veinte, nuestra internacional tenista Lilí Alvarez. Es lo que nos contaban, aunque para los muchachos emeritenses mejor hubiera sido darle una nomenclatura mas futbolera, porque allí se forjaron los mejores jugadores de la vieja historia, la del amateurismo, pañuelo en la frente y patadón  hacia unas porterías  marcadas por dos piedras y los jerseys. Y sin darnos importancia, a pesar de que galopábamos en el único Circo Maximo se conservaba completo.

     A la Alcazaba árabe, que estaba rodeada de casas y negocios, la conocíamos como el Conventual. A sus corredores sobre el río nos acercábamos los domingos soleados de invierno, para ver el panorama, antes de irnos al reglamentario “guateque” o al “Cha-cha”. Como hacíamos en el Teatro y Anfiteatro, en los que aun permanecemos la pandilla de amigos, trajeados informalmente, en la fracción gloriosa de nuestras fotos, bailando un “twist”, tan de moda por entonces. Era  cuando los emeritenses entrábamos gratis en los recintos y eso nos daba tono con los amigos forasteros, que no podían presumir de aquella “propiedad”. 

      Las “Siete Sillas” eran la rotunda expresión de una herencia abrumadora. Tan  cabalístico numero nos recordaba que Mérida había tenido siete reyes, hundida otras tantas veces y que, en las entrañas de su suelo dormían siete tesoros. Por eso nos afanábamos en buscar galerías y “piedras escritas” para darles alguna explicación mágica. Maquinábamos sobre donde podría llegar la cloaca del anfiteatro y por ella nos aventurábamos, hasta donde podíamos, con primitivas antorchas que algún amigo diseñaba. Solo nos hacían desistir del empeño las telarañas y la angostura embarrada que nos frenaba los empeños subterráneos. Lo mismo que el bueno de “Juanito” Perdigón, responsable de aquellos recintos, que se empeñaba en controlar todo lo que se movía tras las tapias de su “jurisdicción”.  A pesar de todas las trabas teníamos claro que el conducto “tragaba”, porque el agua no se encharcaba en la arena de los gladiadores, las fieras y los gloriosos mártires.  Y bien que lo sabíamos cuando vaciaban los depósitos de agua de la Argentina, porque después de correr calle Pizarro abajo, la riada se colaba por las rejillas de las alcantarillas milenarias que, desde Tirso de Molina y aledaños, vertían al río por el dique. 

    Las casas de tapial y bóvedas se cimentaban sobre las cuadriculas domesticas que siglos antes animaran otras vidas. Solían aparecer mosaicos, mármoles, termas, “alcantarillas”y aljibes, en los que, a modo de pozos ciegos, se acumulaban los detritus de manera insaciable. Nos decía un vecino algo ilustrado que Mérida era como una esponja y sobre ella vivíamos. O jugábamos, como cuando en el solar de la “Casa del Anfiteatro” decidieron construir una “Maternidad”. Aquello hubo que pararlo y, durante años, se convirtió en “la zanja”, uno de nuestros lugares favoritos, para las soleadas tardes del invierno. Lo mismo que “Los Columbarios” donde entrábamos como en casa a contemplar, extasiados, las pinturas que anunciaban la eternidad de los Voconios.

     Imposible narrar, en la disciplina de un espacio literario medido, todo el cúmulo de emociones que pertrecharon nuestra infancia, en la singularidad escénica de un legado que otros niños de España no tenían. Y así, inevitablemente, generamos todo un código de comportamientos y lugares comunes, en exclusividad. Los mismos que deberíamos  transmitir a otras generaciones.  Es así que nunca dijimos Proserpína, sino “la Charca”. O  “La Güina”, al recorrer el regato de “Las Arquitas”, el mas generoso de los que abastecían a la Colonia. Y ni siquiera acueducto, sino “ Milagros”, como nuestros padres, encandilados con los nidos sobre los atenores rotos, esperando que las cigüeñas renovaran la lección reiterada del retorno. Igual que ellos, cuando proyectaron con nosotros su  relevo generacional, como futuros guardianes de tan majestuosas ruinas .

     

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