“La calle Félix Valverde Lillo, una cicatriz en el corazón de Mérida”

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Grupo de Opinión Capitel


 

Mérida ha ido evolucionando al ritmo que le han marcado los tiempos y, a veces, ha sufrido cicatrices en sus entrañas ocasionadas por la falta de perspectiva a largo plazo a la hora de implantar soluciones cegados por los aires de modernidad.

Al centro de la ciudad se le hizo una profunda herida al querer convertir el capilar de la calle Félix Valverde Lillo en la arteria principal que llegara a su corazón. Se ensanchó el viario y se cambió la tipología edificatoria sustituyendo la arquitectura unifamiliar tradicional por grandes bloques de viviendas plurifamiliares. Había que acabar con el perfil del siglo anterior para convertirlo en el perfil de la gran ciudad que venía impuesto por los nuevos tiempos al abrigo de la modernidad y que debía tener Mérida. Esta intervención se hizo sin tener presente como afectaría dicha actuación a la estructura general de la ciudad.

Al nuevo flujo estacionario peatonal y rodado que se generó al aumentar la densidad edificatoria de esta vía urbana, se le sumó un mayor flujo dinámico que surgía al dar mayor facilidad para poder llegar al mismísimo corazón del casco urbano. Y es aquí donde se ocasiona el problema, ya que no se diseñó un esquema de viario lo suficientemente complejo que asegurase la fluidez. El esquema implantado no funciona actualmente, se ha quedado obsoleto, debido a la elevada densidad que ha llegado a adquirir el tráfico peatonal y rodado en la zona, encontrándonos con el hecho de tener una calle que no sirve a las demandas de los nuevos tiempos. A esto hay que sumarle el hecho de que la arquitectura que en su día fue derribada es irrecuperable; una tipología tradicional de vivienda unifamiliar y edificios históricos como el palacio del Duque de la Roca.

Haciendo un poco de memoria histórica de esta vía encontramos que fue empedrada y dotada de acerado en 1890, según proyecto de Rafael LLofrin, pero seguía conservando su escala urbana al no encontrarse todavía abierta la calle Camilo José Cela.

Las dos formas que se habían diseñado para llegar al centro de la ciudad por la zona norte eran las siguientes: la primera a través del callejón de los gitanos, actual calle Cervantes, que comunicaba con la estación de ferrocarril; para potenciar esta comunicación se amplió  el callejón 1864. La otra forma de acceder al centro por el norte era a través de la prolongación que se hizo de la calle Moreno de Vargas en 1883 para conectarla con la calle Almendralejo, y así poder acceder desde la carretera de Madrid.

Es entonces cuando en 1927 se decide abrir la calle Camilo José Cela, que se llamaría en un principio calle Alfonso XIII, con la siguiente justificación: “arteria con dirección NE-SO, que es la más importante porque ha de recoger el movimiento que, procediendo de la carretera general de Madrid y de la estación de ferrocarril, vaya al centro de Mérida o continúe buscando el puente para tomar las carreteras de Badajoz y Sevilla” (proyecto de nueva vía entre las calles Pérez Hernández y Delgado Valencia. Archivo Municipal de Mérida).

Anteriormente a esta fecha ya hubo un primer intento de llevar el trafico por el centro de la ciudad en 1862, aunque afortunadamente se desechó al trazarse la nueva travesía de la carretera Madrid-Badajoz que entraba por el puente romano y en un primer momento se pensó en hacerlo discurrir por la calle del Puente, Plaza de España y calle Santa Eulalia. Con acierto se decidió después una segunda solución que se realizó por las calles Morería y Almendralejo.

Han pasado los años y nos encontramos con que la falta de previsión de pensar en el futuro a la hora de plantear esta nueva vía urbana, como ya hemos comentado, nos han llevado a tener una calle que actualmente no absorbe la demanda que ocasiona el masivo tráfico rodado y peatonal.

Es momento de replantearse la relación de la ciudad y sus habitantes y comprender que la fisonomía del casco urbano de Mérida no puede absorber los flujos que se ocasionan y que aumentarán con el tiempo.

El centro de Mérida hay que plantearlo desde la perspectiva del peatón, que es el que debe recuperarlo al ser perfectamente abarcable por él.

Se tendrá que ir abandonado la idea de encorsetar la funcionalidad del centro de la ciudad por el factor del tráfico rodado y devolver el uso y disfrute del corazón de la ciudad a los flujos peatonales de una manera dominante y que muy excepcionalmente se hagan compatibles con mínimas incursiones de tráfico rodado muy justificada e imprescindible.

Por esta razón la calle Félix Valverde Lillo nunca debió de abandonar la condición por la que fue concebida. Debe volver a tratarse de un viario urbano que permita entrar y salir del corazón de la ciudad pero no atravesándolo con un excesivo tráfico rodado. Debe tener una clara preferencia el peatón frente al vehículo que es realmente la escala desde la que se puede hacer funcional esta calle.

Debería tener en toda su extensión plataforma única, donde desaparezca los acerados laterales y la calzada y esté todo al mismo nivel para, con el mobiliario urbano oportuno y la eliminación del estacionamiento de vehículos, poder ser disfrutado por el viandante a la vez que se hace compatible con el tránsito rodado puntual de los residentes de la zona que acceden a sus viviendas, los huéspedes del hotel y la carga y descarga que tendría acceso limitado la zona y horas de estacionamiento. De esta forma se completaría los pasos dados con la peatonalización con plataforma única de la Puerta de la villa, Cervantes y calle Delgado Valencia, Calle Cárdenas y Plaza de la Constitución, calle Berzocana y calle Pontezuela, calle San Salvador y parte de la Plaza de España, llegando a cerrar un círculo al que nos acostumbremos a acceder y transitar a pie.

La ciudad debe estar en constante evolución dando en cada época la mejor respuesta con la que poder optimizar su utilización por sus habitantes.

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