Mirando a Guadalupe

publicado en: Opinión, RAFA ANGULO | 0
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RAFAEL ANGULO


Finalizaba mayo y nos fuimos de romería a Guadalupe a ver a la Morenita de las Villuercas para pedirle ayuda, darle gracias y decirle que la queremos. Desde tiempos lejanos, remotos, los cristianos han ido sembrando de santuarios marianos la geografía terrestre pero, para los extremeños, estas tierras tienen un sabor especial y nuestra patrona, con su maternal misericordia, una gracia que no se puede aguantar. La devoción que irradia Guadalupe se puede entender como un revulsivo para la piedad de los extremeños. Ahí está para quien se quiera acercar. La mecánica de esta peregrinación es sencilla: una parte del Rosario a la ida, otra por el claustro del Monasterio y otra parte a la vuelta. Conforme llegábamos nos pilló una niebla por la cuesta de Puertollano que no la recuerdo ni en mis peores inviernos pero, más que un mal presagio, era anticipo de la claridad que íbamos a encontrar en la Villa. Llegamos a la Misa de Peregrinos que oficiaba fray Antonio Arévalo con una dignidad que no se encuentra ni en el Vaticano en los días de fiesta grande; bien puesto el franciscano, tras alejar a turistas, móviles y diletantes del oficio religioso, la ceremonia acercaba a quien nos miraba con ternura desde lo alto de su camarín y, entre rezos y cantos marianos, la paz que buscábamos era fácil hallarla allí. Estos franciscanos tienen de grana y oro el Monasterio, limpio, ordenado en lo material y amable, cercano y eficaz en lo personal. Tras la Misa subimos a ver a la Virgen, a rezarla más de cerca y a besar su medallón entre una algarabía feliz de escolares de La Albuera y señores con corbata de San Telmo. Tras lo espiritual y el ritual de Martín comprando rosarios procedimos a una cata de morcilla de Guadalupe (entre picante y muy picante) y una sutil disertación sobre retrogustos ácidos en caldos de Cañamero. Aviados en alma y cuerpo, con flores a porfía, volvimos a Mérida rezando, eso sí, los Gozosos.

 

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