TRADICIONES DE IMPORTACIÓN

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Antonio L. Vélez Saavedra

Siex Mérida


Las diferentes sociedades de seres humanos a lo largo de la historia han ido generando sus propios referentes comunes. Nuestras formas de pensar, de sentir y de actuar, la lengua que hablamos, nuestras creencias, la comida y el arte, son algunos ejemplos de nuestros usos y costumbres, que se transmiten de generación en generación, en las que los niños aprenden de los adultos y los adultos de los mayores. Pero hay algunas costumbres especialmente valiosas por contener valores o pautas de convivencia para la comunidad, que permanecen en el tiempo y se adaptan a nuevas circunstancias sociales, se convierten en eso que denominamos las tradiciones.

En España las tenemos de todo tipo, desde las tradicionales campanadas de Año Nuevo, durante las que se toman doce uvas para comenzar el nuevo año con buen pie, hasta la celebración como en cualquier otro lugar del mundo cristiano de la Navidad. En Diciembre también a nivel local es histórica tradición la celebración del día de nuestra patrona Eulalia de Mérida, o la renovación del voto de la Inmaculada, aunque esta última ya solo tenga un valor de patrimonio histórico y cultural, ya que ha perdido su componente de uso y costumbre social.

Algunas son milenarias como las comentadas de Navidad y la Mártir, pero otras están tan establecidas que pensamos que han estado ahí toda la vida, pese a que en perspectiva histórica son relativamente recientes, como la de ver las campanadas de Nochevieja de la puerta del sol por televisión, o la de las luces de navidad, disfrute de niños y mayores en las plazas y calles de las ciudades, como la gran bola de navidad instalada este año en la fuente de la Plaza de España, que seguro va a dar mucho juego también para los Carnavales.

Ahora bien, las tradiciones y costumbres cambian a lo largo del tiempo, como podemos comprobar en la actualidad con las nuevas tendencias de los Halloween, Black Fridays, o Papa Noel. Estos fenómenos vienen de la mano de los cambios a nivel mundial que ha producido la globalización, esta era de la comunicación global donde los cambios se producen a una gran velocidad, y en la que un mensaje o una noticia gracias a la tecnología llega a todos los rincones del planeta a la velocidad de la luz. Eso nos ha traído las tradiciones de aquellos países más influyentes, y que formarán con el tiempo parte de nuestras propias costumbres.

Y es que la asimilación de celebraciones o fiestas extranjeras a España ha pasado de ser una mera anécdota o moda juvenil, y se han consolidado muy rápidamente, en parte porque han venido acompañadas del aspecto lúdico, como en el caso de Halloween, donde seguramente los terroríficos disfraces sean mucho más atractivos, sobre todo para los jóvenes, que la ancestral usanza de ir al campo cargados de frutos secos de la Chaquetilla.

Y en parte también porque vienen mucho mejor adaptados a los usos consumistas de la sociedad actual, como es el caso de Papa Noel y los reyes magos. Donde poco a poco va ganando el día de Papa Noel, porque llega antes y se puede disfrutar más tiempo de los regalos, no por ningún tipo de vinculación o cariño a Santa Claus. Pero las tradiciones patrias aún mandan y todavía somos muchos los que preferimos seguir manteniendo la tradición de los Reyes Magos, eso sí, con el doble gasto correspondiente.

Otro ejemplo de esto es el caso del Black Friday, que se ha convertido en una especie de Día Mundial del Consumo y que lleva celebrándose en España de manera masiva desde unos tres años, y donde semanas antes del día se produce un constante bombardeo con los descuentos, pues de eso trata la fiesta, impuesta por empresas para aumentar sus beneficios, al estilo del día del padre que inventó el Corte Inglés.

La llegada y consolidación de todas estas tradiciones del mundo anglófilo es inevitable, y a este paso aquí va a aprender inglés hasta el Presidente del Gobierno, pero para mejorar como sociedad, es importante reflexionar acerca de nuestras costumbres y tradiciones, pensar y dialogar acerca de qué cosas no podemos olvidar del legado de nuestros antepasados. Debemos aprovechar nuestra herencia cultural pensando en que nuestras costumbres y tradiciones son lazos sociales, los que le dan identidad y rostro propio, y sirven de plataforma para el futuro común.

 

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