Antonio Vélez Sánchez 

Ex alcalde de Mérida


Una mañana de Domingo mi padre nos llevó a la boca de Valhondo. Abrió la cancela de hierro y, agachados, nos asomamos a su interior. Poco a poco nuestros ojos se acostumbraron a las tinieblas, hasta que abarcaron, maravillados, un retal de aquella solemne arquitectura que arropaba el agua. Otro día fuimos con el hasta el deposito de “Rabo de buey”, en la cabecera de San Lazaro, justo donde arrancaba la tubería de hierro que cruzaba el Albarregas, no por la mole del acueducto renacentista, sino por el  pontón que salvaba el río, sobre un charcón lleno de sanguijuelas. Fue, sin embargo, cuando bajamos con el, por un registro de ese mismo acueducto de “Rabo de buey”, cuando nuestra imaginación de niños se desbordó con la magia de aquel mundo tenebroso e insospechado. Ni remotamente podíamos imaginar que, con el rigor climático exterior, torturados los cuerpos y marcando los campos la costra de su aridez,  pudiera esconderse tal sorpresa. Ocurría en Mérida donde, en las entrañas de sus tierras del norte, los suelos ocres y pastosos de las dioritas descompuestas a lo largo de milenios, aun guardan el tesoro de sus aguas, para liberarlas constante y pacientemente.

         Independientemente de las razones estratégicas, políticas o económicas que forzaran la fundación de Emérita, su ubicación en este solar pudo deberse a la existencia de estas aguas subterráneas, así como a la configuración topográfica, el relieve de su entorno. No era nuevo el modelo que Roma implantara, siglos antes, en su propia Metrópoli : Las colinas almacenaban el agua y desde ellas la red de acueductos la llevaban a Roma. Luego la malla de cloacas se rendían al río Tiber. De esta manera  garantizaban, tanto el abastecimiento como la seguridad sanitaria.

       En Mérida los estrategas romanos hicieron, mas o menos, lo mismo : Prospectaron las aguas del norte, situadas en las laderas de sus colinas chatas y las dirigieron a la Ciudad a través de conducciones subterráneas, encajadas en los fondos de arroyos y cañadas para hacerlas llegar a la nueva Urbe. Una vez distribuidas, en fuentes de abastecimiento, industrias de tintorería, molinos, termas, Foros, aljibes o letrinas, se evacuaban hacia el río Anas, a través de las cloacas, arrastrando los detritus de la población y alejándolos de la Ciudad. Hoy los motores bombean los fluidos, hasta niveles increíbles, pero entonces las aguas tenían que llegar por su propio peso. Y no podían faltar, en una concentración humana del tamaño de Emérita, por los condicionantes sanitarios obligados. Debido a ello no fue apresurada la elección de este lugar para edificarla, sino que respondió a una mas que elaborada estrategia de estudio del territorio que seria Lusitania. Debieron, por ello, rechazarse otras opciones, incluso en lugares en los que ya existían aglomeraciones urbanas o militares, como Medellín o Cáceres.

       Mérida es un milagro del agua. Recoge en largos conjuntos de galerías  – igual que en Roma – las aguas magníficas que filtran las tierras del arco Noreste – Noroeste.  La de “Rabo de buey”, por ejemplo, tiene cinco kilómetros de cauce, con bóvedas de medio punto que pueden recorrerse de pié. Los muros de esas galerías están construidos sin argamasa, para que las aguas fluyan sin obstáculos, totalmente filtradas, desde las tierras que las almacenan hasta el canal que las conduce. Es una maravilla este sistema subterráneo, con noventa y nueve respiraderos o registros, que te hacen ver la claridad desde el fondo, a través de altas “chimeneas” de cantería, tras superar los tramos tenebrosos, en los que solo el rumor del agua, limpia y transparente al haz luminoso de las linternas, rompe el silencio solemne de aquel espacio, mas propio de Plutón que de Helios. Solo en esta conducción se aforaban ( Septiembre de mil ochocientos ochenta y siete, tras la limpieza que ordenó el Alcalde Plano ) seiscientos mil litros diarios de un agua de alta calidad que llegaba a las fuentes publicas de Mérida, la del “Arrabal” entre muchas otras.

     Hay que entender que los romanos, por una concepción estricta de la salubridad, no bebían las aguas de superficie. Es por ello que los embalses de Cornalvo y Proserpína, los mas antiguo del mundo, aun en uso, no servían para consumo humano sino para atender necesidades industriales, principalmente tintorerías y batanes. Así es que se quedaron maravillados del potencial de los remanaderos de los altos del norte de la futura Ciudad. Aparte del descrito, están los de Borbollón, en la  cara sur de Sierra Bermeja, entre Cornalvo y Mirandilla de los que habla, en su “Epistolario”,  Pedro Rodríguez, “Campomanes”, el Ministro de Carlos III.  Y los de Casa Herrera y Valhondo, por unos pagos en los que, seguramente, el tiempo mostrará otras captaciones. Todo ello añadido a las conducciones de Proserpina y su acueducto de “Los Milagros”.  Cornalvo, que trae sus aguas bajo el Albarregas, tiene un sistema de “tomas”, como Proserpina, que llega al tramo alto del rio Aljucen, con un recorrido de veintidós kilómetros. Aunque están aterradas, son una filigrana de ingeniería hidráulica.

      Este es uno de los grandes milagros de Mérida : Poseer un complejo sistema para abastecerse de agua, en el que destaca la malla subterránea de galerías, bien visibles y utilizables algunas todavía, que decidió, en gran medida, nuestra declaración como Patrimonio de la Humanidad. Y es que el comisionado de ICOMOS que realizó el definitivo informe para la UNESCO, dijo en el mismo que “Mérida es el único lugar del mundo en la que aun puede verse, completamente, el funcionamiento de una ciudad romana”.

     Este universo de cantería, fue consustancial con nuestras correrías infantiles, pateando las  procelosas aguas de Proserpina, y sus inquietantes “bocines”, o asomándonos, y poco mas, a unas galerías que nos asustaban con el bramido fresco de su respiración. Tuvimos ese privilegio, en exclusiva sobre otros niños. Y es por eso por lo que, sobre aquella patria de nuestra infancia terminamos cimentando todo el equipaje de emotividad que esta Ciudad nos suscita.

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