Marta Gervasia Garrido Moreno

Concejala VOX Ayto de Mérida


Al momento de escribir estas líneas, lamentablemente nuestra amada ciudad emeritense ocupa el tercer lugar en un triste escalafón, la tercera de España con mayor incidencia a 14 días de COVID, la provincia de Badajoz rompe todas las records y Extremadura encabeza el triste ranking por comunidades autónomas, duplicando la media nacional.

El Gobierno Socialcomunista de la Nación, que goza de plenos poderes gracias a la declaración del Estado de Alarma, y que declaró en primavera que había vencido al virus, ahora no quiere responsabilidades a pesar de ostentarlas centralizadas en esta catástrofe: sigue apareciendo en televisión Fernando Simón cual Bruja Lola haciendo vaticinios que nunca se cumplen (“España sólo tendrá uno o dos casos”, “Las mascarillas son contraproducentes”, “El impacto de la cepa británica será marginal”…) y destina al Ministro de Sanidad mientras ocupa el cargo más importante que ha de luchar contra la pandemia a que lo compatibilice como Candidato del PSOE a las elecciones Catalanas.

Ha dejado a las ocurrencias de los dirigentes de cada Comunidad Autónoma la gestión sanitaria, y la extremeña, que no debe tener el mismo equipo de “expertos científicos” del que Fernando Simón presumía hasta que se demostró que no existían, nos ha llevado a una debacle. Las vacunas que han llegado se ponen a cuentagotas, por supuesto no en los días de fiesta ni fines de semana, porque según vergonzosas palabras de Vara, han querido ser prudentes a ver qué efectos tenían.

Unas comunidades cierran los comercios a las seis de la tarde y otras, a las ocho o a las diez. Nosotros, permanentemente. Y algo similar ocurre con las peticiones de toque de queda. Al final, casi sin darnos cuenta, 17 problemas salvan al gobierno de Sánchez, despiadado superviviente que sólo comparece si es para presumir o para criticar decisiones ajenas.

El verdadero problema de la pandemia en España es que el Estado central no existe en uno de los pocos momentos en los que sería necesario. El sistema autonómico ha sido la vía de escape perfecta para Sánchez. La restricción de horarios y movimientos ya es cosa de las autonomías y, por supuesto, el desgaste político que ello pueda acarrear, también: hay 17 posibles culpas que pueden reducirse a las comunidades menos amigas. Siempre habrá un telediario o un portada periódico que critique la existencia de un hospital de apoyo como el Isabel Zendal en vez de poner en su sitio al ministro de Sanidad por ser candidato a unas elecciones regionales sin dimitir de su cargo o que haya una diferencia de 30.000 muertos entre las cifras oficiales y las que se desprenden de muchos otros registros.

En definitiva, Sánchez pretende que lo peor del sistema autonómico devore a sus enemigos y le permita desaparecer del problema sobreviviendo a la escandalosa ineptitud de su gestión.

¿Quién paga toda esta incompetencia e irresponsabilidad? Nosotros, el pueblo. Ponemos los muertos y los enfermos, sufrimos entre rabia y lágrimas la estulticia de nuestros dirigentes, más preocupados (como siempre) por sacarse una foto quitando nieve y lanzar un eslogan ocurrente y pegadizo que luchar con todas las armas a su alcance sobre esta desgracia.

Tenemos nuestros comercios y establecimientos cerrados, provocando ruina, miseria y paro, aún a sabiendas que cumplen a rajatabla las instrucciones sanitarias sobre higiene y aforos y que aparecen en las estadísticas en los últimos lugares como focos de contagio.

Nuestros hijos pequeños tiritando en las aulas, con los maestros convertidos en enfermeros; no por razones académicas, ni por qué no representen riesgos de contagio a sus padres o abuelos; sino para que sus padres puedan seguir yendo a trabajar.

La mayor parte de la Administración Autonómica paralizada por el teletrabajo, las páginas web para solicitar citas previas colapsadas. Al parecer la cajera del supermercado de mi barrio no corre riesgos tras atender a cientos de personas al día, pero un funcionario autonómico no puede ocupar su puesto presencial y ayudar al ciudadano en la maraña burocrática a la que se tiene que enfrentar, por que el peligro para él, al parecer, es altísimo.

Encima, la prensa (en su gran mayoría afín a los gobernantes, para no perder sus suculentos contratos publicitarios), vierten las culpas de todo sobre nosotros, el pueblo, porque somos unos irresponsables. Muchas personas prudentes que guardan las distancias, restringen relaciones y llevan mascarillas han contraído el coronavirus. Otros, más relajados de costumbre, no. Irresponsables los hay en todas partes pero culpar a los ciudadanos sin ser ejemplo, sin liderazgo y sin tener un plan concreto de acción más allá de la jaula es una desvergüenza sin igual.

Además de alguna multa puntual ¿alguien ha visto encarcelar a alguien por no cumplir flagrantemente las normas? Cierto es que hay jóvenes (y otros no tanto) que se han saltado reiteradamente las prescripciones sanitarias. ¿Por qué no se les detiene pese a estar cometiendo delitos contra la salud pública?, ¿Porqué en lugar de sanciones económicas –que casi nunca pagan por ser insolventes- se les pone a realizar trabajos sociales, por ejemplo, en un servicio de urgencias de un hospital? Si los servicios de seguridad son insuficientes, ¿Por qué el ejército no puede complementar las tareas de la Guardia Civil, Policía Nacional y Policía Local?

Ruego a los lectores que me perdonen por no hablar en este artículo de política local, pero las circunstancias nos están desbordando y cualquier opinión sobre la actividad política del equipo de gobierno municipal o de las iniciativas que vamos a emprender no tienen color cuando la situación que vivimos es cuestión de vida o muerte.

Cada uno de nosotros tenemos que poner de nuestra parte en nuestras vidas para luchar contra esta hecatombe, pero los políticos son los únicos responsables y no nosotros. Nosotros, el pueblo, como sigamos así en este 2021, los que no muramos, pasaremos hambre. 

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