Antonio Luis Vélez Saavedra



De entre los libros clásicos de la historia de la literatura, seguramente La Metamorfosis de Kafka sea el más extraño e inquietante de ellos. La primera frase del libro ya plantea una situación desconcertante:

«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto.»
Y así comienza la historia, con la transformación del protagonista en un escarabajo gigante, y el consiguiente y lógico drama familiar que, a raíz de este acontecimiento, se desata. El trasfondo podría decirse que gira alrededor de la búsqueda de la identidad personal a partir del fenómeno de su pérdida.

Recuerdo que el libro me causó gran impacto cuando lo leí de joven, pero no menos asombroso me pareció cuando en el colegio nos enseñaban como la metamorfosis está presente en la naturaleza. Aprendíamos como animales como las ranas, las medusas o la mayoría de los insectos realizan espectaculares transformaciones y remodelaciones corporales a lo largo de su desarrollo con el fin de alcanzar la fase adulta. Y de los dibujos de los libros de naturaleza, pasábamos al laboratorio de la caja de zapatos forrada con hojas de morera y gusanos de seda, que no tenían otro oficio que devorar incansables las verdes hojas en las que consistía su único alimento. Hasta que llegaba el día en que los gusanos pasaban de comer a envolverse a si mismos en un capullo con la seda anaranjada que ellos mismos producían, y allí se quedaban hasta que a la semana o así salía de ese capullo no el gusano que entró, sino una mariposa blanca y peluda, cosa de magia nos parecía.
Y un poco con ese mismo asombro es con el que miramos a nuestros hijos, cuando les da por crecer de un año para otro al llegar a la adolescencia. En esa época, esos animales que somos los seres humanos sufrimos uno de los cambios vitales más importantes de nuestra vida vida, y que supone la transición de la niñez a la madurez, ese periodo que familiarmente conocemos como ‘el estirón’.

Pasan, de tener que empujarles a comer, a vaciarte la nevera en cuanto te descuidas, y la voz les cambia hasta tal punto, que parece que el niño de siempre nos estuviera hablando desde el fondo de una cueva.

Es algo brutal, ya que en nuestra especie en esa etapa llegamos a duplicar el tamaño del cuerpo en un par de años, por lo que hay autores que lo comparan a la metamorfosis de los insectos.

Además, esos cambios corporales vienen acompañados de los emocionales provocados por la natural revolución hormonal. La necesidad de socializarse, de búsqueda de su identidad, les lleva a establecer una confianza ciega con sus amistades y estar con ellos el mayor tiempo posible, y es entonces, casi sin darnos cuenta, cuando los padres pasamos de aquello que decía Serrat de “niño deja ya de joder con la pelota” al “niño no vengas muy tarde”.

Las amistades, como siempre nos han dicho, son fundamentales, ya que desde la pertenencia al grupo se hacen fuertes y buscan su espacio personal y social a través del apoyo de la tribu, de la misma manera que ha hecho la especie humana para prosperar y proliferar a lo largo de la historia.

Y por si fuera poco en esa época tan confusa, tienen también que estudiar el instituto, el bachillerato, la selectividad, y tomar unas decisiones tan importantes como a que van a dedicarse profesionalmente. Que sí, que por ahí hemos pasado todos y mejor que peor hemos sobrevivido, pero está claro el camino que tomamos en esa época nos marca enormemente durante el resto de nuestra vida.

Por lo que a mi me toca, tengo a dos chavales en casa que están con su particular metamorfosis. Procuramos, como es normal, ayudarles a que lo lleven lo mejor posible, es lo que toca. Al fin y al cabo, esos ahora capulletes son los adultos del día de mañana, los que ensancharán el árbol de nuestras familias y hasta tendrán también la responsabilidad de construir una sociedad mejor. Les tocará estar preparados para enfrentarse a las actuales crisis: climática, energética, económica, sanitaria y a todas las inimaginables crisis venideras, ni el propio Kafka llegó a imaginar un escenario menos prometedor. Menos mal que pese a todo ello, sin duda también disfrutaran de todas las cosas buenas que tiene la vida, esa que tienen entera por delante..



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