Fran Medina Cruz


No es cosa de chiste, no es cosa que merezca una sonrisa, si quien la padece no puede escaparse por más que corra, y es que las guerras que tanto ironizó con burla y en ocasiones con cierta sátira el genio del humor don Miguel Gila no puede entenderse cuando por la mirilla de nuestro televisor se muestran las piedras ensangrentadas de lo que un día fue futuro, esperanza y vida.

Esta guerra, que nos regala por desgracia imágenes de las que uno no puede escaparse, y que quedan bajo las sombras de patriotismo y banderas, escapan al entendimiento de los que la padecen. Como ese niño, de no más de diez años, provisto de botas marrones, un chandal gris y un gran abrigo de muchos colores y con capucha, que cargando con una pequeña bolsa de plástico, quizás con la poca ropa que pudo conseguir tras la fuga violenta de un ataque que jamás entenderá, y que llorando por un camino del cual no sabe donde le lleva, no entiende de patriotismo ni de banderas. Solo entiende de su habitación, sus juguetes y sus amigos, de su escuela, de su patio de juegos, de su bicicleta, y sus desayunos en familia. Y es que ya lo decía mi querido Gila:

“El patriotismo es un invento de las clases poderosas para que las clases inferiores defiendan los intereses de los poderosos.”

…y sus banderas, añado. Las cuales pueden cambiar a lo largo de los tiempos, sin provocar diferencia alguna para las personas. Banderas que no entienden de sentimientos ni de penas ni sufrimiento, banderas que tiñen de colores las fotografías, hacen sombras, cubren ataúdes, coronan ideales, pero que no ofrecen calor ni esperanza. Banderas que no saben de coraje ni de supervivencia, pues solo forman parte de un símbolo que adorna fachadas, libros de historia, organismos oficiales y trajes militares. Aunque, no se por qué arte de brujería, pueden llegar a emocionar en ciertas ocasiones. Es parte de la complejidad del ser humano.

Se me olvidaba mencionar la tableta de chocolate que portaba el niño en su otra mano, símbolo de una cultura avanzada, la ahora que parece darle la espalda. El no lo sabe, pero forma parte de un juego macabro de sus mayores y sus banderas. Quizás, algún día caigan todas las banderas, y el niño recupere su habitación, su colegio y todos sus juguetes.

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