Antonio Vélez Sánchez

Ex alcalde de Mérida



Si los niños de entonces padecíamos la asfixiante “tosferina” nos llevaban a la Estación y, al pie de una máquina de vapor, nos inundaban de una nube acuosa y caliente que mejoraba nuestras fatigas respiratorias. Siempre había un “maquinista amigo de la familia, que ponía a disposición de un debilucho infante todo el poder de aquel monstruo de hierro.

Mis más remotos recuerdos proyectan un espacio inmenso sembrado de railes, talleres de locomotoras, muelles de almacenaje en continuo trajín, una fonda con empaque y el trasiego de los viajeros, arrancando a su destino o esperando un trasbordo hacia cualquier itinerario. La Estación de Mérida era un emporio de elevado tonelaje, incrustado en una población que mantenía su pulso gracias al ir y venir de tanto Ferroviario, el rostro curtido y la cesta de comida balanceándose en sus manos.

Por aquel laberinto de railes entraban, salían o maniobraban, con fogosidad o con pereza, los trenes con los que compartíamos las gloriosas horas de nuestras descubiertas por los territorios periféricos de la pequeña urbe. Venían los Correos y los Ómnibus. Salían los Expresos, los Mixtos y los Mercancías. Salvaban los pasos a nivel de Cabo Verde y los Milagros, perdiéndose en el horizonte bajo su cabellera de humo. Solíamos espiarlos desde los altozanos del “Desmonte de los Franceses” e incluso bajábamos al fondo de la trinchera, pasado el “Silo del trigo”, para poner monedas de “perras gordas” de aluminio que, como tributo al progreso, eran ampliadas entre los raíles y el tonelaje inmisericorde, con los gritos del maquinista y fogonero, alertándonos angustiados del peligro que corríamos. Juro por mis recuerdos que, cuando aquella masa rodante pasaba sobre el caballo celtibérico de los diez céntimos, tan cerca de nosotros, no podía evitar el cuadro de los suicidas que esporádicamente reventaban contra los hierros de un andén, alimentando el morbo popular con el horror de tantas tripas y frustraciones desparramadas, entre unas traviesas inmunizadas frente al dolor.

Nuestros primeros viajes a bordo de un tren nos alejaron hasta los prados de la Estación de Alucen, un Domingo de Resurrección, para cumplir familiarmente con un rito ancestral. Todo un pueblo, entre encinas y dos ríos, con sus molinos, represas y mil corderos en los calderos, como clave de tributo al Mediterráneo y sus religiones. Hasta allí fuimos, tantas veces, a lomos de aquel tren de madera atestado de gente, con todos los pertrechos para un día feliz.

Más tarde, la meta de nuestros trenes fue Sevilla, la gran capital del sur , con cines de estreno como Madrid , pescaitos fritos y cervecerías . Hasta esa ciudad prometida llegábamos tras un viaje lentísimo, novedosos túneles y carbonilla en los ojos si mirabas a “contrapelo” de la marcha, cuando contabas los postes telegráficos. Era el de Sevilla un trayecto con muchísimas paradas, cantinas de aguardiente y mujeres gordas rifando muñecas andarinas, subiendo en una estación y bajándose en la siguiente tras completar su negocio.

Luego descubrimos Madrid, con aquel “Expreso” que nos dejaba en Atocha, tras una noche en blanco y los ojos pesados de la vigilia. Aunque la mayoría fue aun más lejos, en la diáspora obligada del hambre, amarrados a las maletas de madera de una posguerra demasiado larga, en esos trenes eternos que aun vagan, de manera provocadora y humillante, por el subconsciente colectivo.

Nos parecía tan natural todo aquel mundo de vagones, maquinas bramando y gente con su equipaje, que ni siquiera imaginábamos que hubiera otros tiempos en los que los campos no se perturbaran con el traqueteo de los hierros, los pitidos estridentes y el humo dibujando un rizo de escape hacia el cielo limpio. Porque, para nuestro mundo próximo, el tren era la posibilidad de huir o de volver, de comerciar o hacer “estraperlo”, de estudiar o hacer la “mili”, via Almorchón, en Obejo o “el Muriano”.

Esa geografía querida, abarcable entonces con los artilugios rodantes que la animaban, se nos ha quedado ahora demasiado lejos, hasta evidenciar con tristeza que ya no existe. En su limbo están guardados aquellos niños que jugaban a los billetes usados, lanzándolos contra el vierteaguas de todas las ventanas. Y en nuestra retina viven los “guardagujas”, los temidos “revisores”, los taquilleros y los mozos de equipajes. La señora rubia de la tienda de revistas , la pareja de la guardia civil investigando al personal , por si no había bastante con la “brigadilla”, y aquel majestuoso reloj , marca Paul Garnier , desde el que avanzaba el Jefe de Estación , con su gorra de zarzuela , para autorizar , trompetilla en mano , una salida con retraso .

En sueños reconstruyo todo aquel universo de trenes, desde los que imaginamos mil trayectos fantásticos, perezosamente instalados en la indolencia y en la habilidad de un avezado maquinista. Tal vez, porque resulta difícil eludir ese tirón que el “caballo de hierro” provoca en los humanos, cuando hasta los niños que nunca viajaron en tren se encandilan frente a la magia de sus juguetes ferroviarios. Como nosotros, siempre que vemos a Buster Keaton en “El maquinista de la General” o recordamos, más domésticamente, aquella maravillosa maqueta a la que dio vida Pepe Simón, un ferroviario enamorado de los trenes. Como casi todos nosotros.

 



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