«CUANDO SÓLO NOS QUEDE EL MICHEL»


RAFA ANGULORafael Angulo Sanchís

Periodista


 

Hombre de bares y barriada, de templos y cuadrilllas, de la Sagrada Cena, romano y asilo, de Mérida por lo siglos de los siglos, penetro en el 2016 desde un extremo de la barra del Michel, ese lugar compartido con Maxis y Licos dónde cualquier efeméride es analizada como corresponde, como corresponde a la leyenda del santo bebedor, (nuestro copatrono, por debajo del manto de la Mártir bendita), mientras desmenuzamos la duda sobre el número de japoneses que nos visitarán atraídos por la gastronómica capitalidad iberoamericana, ese evento que nos pondrá en el mapa de Baco, Lúculo y Valbuena. Si los bares son, que lo son, lugares gratos para conversar, espacios donde resolvemos los desafíos a los que nos enfrentamos en la vida, la comida, la buena comida, une a las personas de cualquier procedencia, convencidos de que el camino más corto para conquistar a algunos es a través de su barriga. La barra del Michel es el paisaje emeritense metido entre duelos, quebrantos, resultados y aperitivos, porque esta taberna culta es lugar donde el gusto romano se mezcla -en armonía- con el aparente descuido de lo veterano, transmitiendo la belleza serena y el paso del tiempo entre camisetas del Atleti, vinos variados y futbolistas de paso. El viernes que me falte el Chinche será como si me echaran de una de las habitaciones de mi casa, situación que creí reservada sólo a mi hija Elena y a su madre. Quizás la vida sea, un poco, los bares en los que hemos pacido, los vasos que hemos bebido, los platos comidos, de los que somos hijos. Comidos y después vueltos a comer porque más vale comer dos veces que tener bronca en casa.

¿Dónde fueron los clásicos de Mérida: la taberna de Justo en la calle San José, Casa Peña, el Botero, el Briz, el Rufino, el Antillano (Bocatuerta), el Gaspar o los viejos Chamorro y Benito?, lugares que ya pueblan el mundo de los sueños pasados, esos sitios donde nuestros abuelos disfrutaron de la vida, el vino y la partida. Ahora son otros tiempos, ya no volverán las ancas de ranas de unos, las anchoas de Pizarroso, el arroz con perdiz (o viceversa), el lagarto, la lengua, oreja o callos y el vino, siempre el vino (como Dios manda)

¿Y por qué lo manda Dios?, pues porque hace 2016 años hubo quien nos marcó el caminito de la Legión X, diciéndonos parábolas sobre la vid y los frutos, los sarmientos y las viñas. Es más, nos anticipó que en el cielo habrá fruto de la vid, un vino nuevo, y reaccionó con rapidez ante la petición de su Madre “Hijo, no tienen vino” anticipando sus planes, como muchos anticipan su paso por el Nevado. El vino es una de las bendiciones bíblicas y como tal deberían valorarlos aquí y en Iberoamérica. Y eso que, desaparecidas nuestras antiguas estaciones de paso, ahora los emeritenses –mochuelos de otros algarrobos- nos tenemos que refugiar en tabernas y taberneros de toda nuestra vida: Angelito el Chinche, Michel el Nevado, Enrique Supervol, Antonio el de la Torre o Sebastián el del mercado, sitios que -como los buenos vinos- envejecen bien. Ese halo de taberna sublime y cercana subsiste en estos nombres propios, que marcan terreno y barra que, a su manera, nos han hecho capital gastronómica y vinícola, manteniendo, mientras se implora, una retahíla piadosa: “No te pido que me des sino que me pongas donde haya…vino”. Amén

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