Fran Medina Cruz


La democracia es una forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía, es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes. ¿Pero qué ocurre cuando por desidia, y debido al ambiente de corrupción, torpeza política, difusión de mensajes alejados de las verdaderas preocupaciones de la ciudadanía, y complejos de una ideología al servicio del negocio del poder, ésta ciudadanía deja de confiar y por ende de participar de las reglas de esa democracia? Y peor aún, ¿qué ocurre cuando el sentimiento de Diderot, D’Alambert, Turgot, Quesnay, Rousseau, Voltaire, Montesquieu recopilada en una monumental obra y bendecida por un esfuerzo titánico que, desarrollaría los fundamentos que darían lugar a la Revolución Francesa y por consiguiente a la idea de; división de poderes, soberanía nacional y popular, laicismo, divulgación de la cultura, derechos humanos, libertad, igualdad y fraternidad, quedan relegadas a unos aprendices de demócratas, más allegados a posturas fascistas y comunistas que a la esencia de la antigua Grecia de Aristóteles? Una abstención cada vez más grande y una desconfianza en todo el sistema de político y de justicia. Y todos sabemos porque así la historia nos lo ha estado enseñando, año tras año, que cuando una sociedad deja de confiar en el sistema que lo identifica llega una revolución, no sin antes pasar por la antesala de las penurias, la delincuencia, y la falta de toda humanidad y de ley.

Estudiemos algunos síntomas de esta terrible premonición; la abstención que, increscendo, se está estableciendo en el devenir de todo compromiso electoral, la falta de entusiasmo ante unas elecciones de parte de la ciudadanía aburrida en ser testigo, de cómo los compromisos electorales de diluyen en papel mojado, de percibir como desaparecen libertades fundamentales en pro de una nueva normalidad del todo anormal, de observar la injusticia social camuflada de igualdad irracional. Un conglomerado de actitudes que convierten un sistema libre en un elemento de humillación social y de poder. Y por otro lado, la nula separación de poderes por un desorbitado elemento neo dictatorial, que hace servidumbre del gobierno a todo poder político, de justicia y de libertad de prensa, y por tanto escenario de cualquier revolución.

Así, ante este panorama ridículo en pleno siglo XXI, nos encontramos en la antesala de una revolución que llenará de luto nuestra sociedad, pero de esperanza porque así la historia también nos enseñó que, tras la tempestad siempre llega la calma, transformada en una sociedad más justa y mejor. QUE ASÍ SEA.

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