Fran Medina Cruz


En la Grecia clásica, cuna de muchas de las filosofías sobre la que en la actualidad descansan erróneamente algunas de las ideologías políticas actuales, la política para Aristóteles era como una derivación de su ética, que se basaba en la idea de que el objetivo del ser humano es la felicidad y ésta solo era posible dentro de la ciudad. En el segundo libro de, La Política, Aristóteles proponía un análisis de “La República de Platón”; El Estado es una asociación y como tal, para que su funcionamiento sea eficiente, la comunidad política debe necesariamente abarcarlo todo, o no abarcar nada. De acuerdo con este criterio, introduce su esquema de seis constituciones, que distingue entre tres constituciones justas (monarquía, aristocracia y politeia), y tres corruptas (tiranía, oligarquía y democracia). De los regímenes políticos justos, Platón afirma que el más perfecto era la aristocracia, el gobierno de los mejores. La tiranía y la democracia se encontrarían entre los más imperfectos. Curiosamente la democracia, esa que todos deseamos para nuestras sociedades. ¿En qué basaba su criterio, la que se dice llamar, cuna de las civilizaciones? Posiblemente en que el gobierno no debía recaer en manos de un pueblo desconocedor de leyes y éticas. ¿Es nuestra sociedad, mayoritariamente sabia, formada y ética? Es para replantearse nuestra evolución social y política.

En tanto, en la actualidad nacional, mientras se habla de democracias, se crean leyes a conveniencia de la oligarquía política, mientras se defiende un estado democrático, se participa de un sistema político partitocrático. Recordemos que el término partitocracia es en política, un neologismo utilizado para describir el fenómeno por el cual los «órganos fundamentales del poder estatal» se convierten en «meros ejecutores de las decisiones adoptadas en la esfera de los partidos». Así es mis queridos lectores que, en esta “democracia a la carta” el verdadero poder recáe en el ente no en las políticas de las ideas y el consenso. Un común irracional que obliga a acatar las órdenes del gestor, sustituyendo libertad por obediencia dentro del seno del partido político. Sustituyendo un sistema electo democrático, por un sistema de elección directa.

Es aquí cuando en el seno de un partido, se somete a escarnio las voluntades de las mayorías que configuran éste, por la decisión unilateral del máximo exponente del partido. ¿En definitiva, es cuando el partido deja de creer en la democracia de las mayorías para consigo mismo? Y con estos mimbres deben comulgar todos aquellos componentes del partido. Ya dijo aquel, el que se movía no salia en la foto, y salir en la foto da suculentos beneficios.

Quizás Aristóteles tenía algo de razón, primero en decir que, depositar el poder sobre los hombros de ciudadanos sin ética ni formación era del todo tiránico, y segundo porque la democracia es tan corruptible como sus representantes, elegida de entre ese común social sin ética ni formación.

Esto es filosofía, y no otra cosa.



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