Asociación Amigos de Mérida


Erguida vigilando el vetusto puente construido por los fundadores de la ciudad, la Alcazaba emeritense representa tanto el poder de un todavía joven reino andalusí como la dignidad perdida de la antigua colonia romana.

Ve la luz el siglo IX con una Mérida mezcolanza de culturas y religiones. Conviven en relativa calma cristianos mozárabes, herederos orgullosos del caído reino visigodo y de un lejano y casi olvidado Imperio Romano; judíos celosos de su fe y costumbres; naturales del lugar, que mudaron su religión para aliviar la presión recaudatoria de Córdoba y musulmanes llegados de más allá del Estrecho de Gibraltar, especialmente bereberes, que regían los destinos de la ciudad.

El emir omeya cordobés Alhakén I ejerce un dominio cruel y despiadado sobre sus súbditos. Necesitado de recursos económicos, asfixia con impuestos a sus gobernados, especialmente a los cristianos, que además deben pagar un impuesto (yizya) por permitírseles mantener su religión, creencias y costumbres.

Así, el pueblo emeritense, como otros muchos en Al-Ándalus, se amotina contra los desorbitados impuestos que les exige Córdoba y, desde 805 protagoniza sucesivas revueltas que son duramente sofocadas.

Fallecido Alhakén en 822, le sucede su hijo Abderramán II que mantiene la situación heredada de su padre. Poco o nada cambia en la situación de los emeritenses que, esperanzados de recibir ayuda de los reyes cristianos del norte, vuelven a levantarse en armas. La respuesta de Abderramán II es, una vez más, una brutal represión de la ciudad que, durante cinco campañas consecutivas soporta el sitio del temible ejercito del emir. Los emeritenses confían en la fortaleza de las murallas construidas por ocho siglos atrás que son las más formidables de la península y soportan los asedios estoicamente.

Pero, finalmente, Mérida cae.

Y su resistencia provoca que tras su caída sea cruelmente humillada. Los habitantes de la altiva ciudad se dispersan, huyendo del duro castigo de Abderramán II. Muchos cristianos huyen al norte, a los reinos sucesores de los godos. Los bereberes lo hacen al este, lejos de la levantisca ciudad emeritense. El emir castiga inmisericorde la ciudad mandando construir la primera fortificación musulmana del emirato, la Alcazaba, más enfocada a defenderse de propios que de extraños y destruyendo lo más preciado de la ciudad, su impresionante muralla y la dignidad de sus habitantes.

Vencidos, humillados y sin defensas, los emeritenses huyen de la ciudad. Allí dejaron el orgullo de haber nacido en la capital de la Lusitania, de la Diocesis Hispaniarum, del reino Suevo, del Visigodo y de la Cora de Mérida.

Allí, entonces, se perdió la dignidad de una ciudad.

Una dignidad…

¿Recuperada?

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