Asociación «Amigos de Mérida»


La luz grisácea del cielo acallaba las voces de los corros de personas a la salida del evento. Políticos, empresarios, funcionarios y anónimos feligreses conversan en grupos de ocho o diez personas sin mucha mezcla entre unos estamentos y otros. Entre unos y otros, entre todos ellos, vestido de negro, con alzacuello blanco, un sencillo churrianero se mueve con soltura conversando interesado con quien se detuviese un momento a escucharle. En un momento dado, uno de esos anónimos feligreses le pregunta “Don Antonio, ¿Le apetece tomar algo en nuestra casa? Está cerca y parece usted cansado”. Un “por supuesto, muchas gracias” pronunciado a media voz, da paso a la recién formada comitiva a emprender camino hacia un hogar como cualquier otro, sin lujo alguno, en el que D. Antonio Montero compartiría alimento y conversación durante esa tarde.

Aquel D. Antonio, primer arzobispo de la nueva diócesis de Mérida-Badajoz yace desde el 18 de junio de este 2022 en la cripta de la Concatedral de Santa María de la ciudad por la que tanto trabajo, tanto quiso y tanto cariño le dio.

El talante sencillo y afable del obispo se ganó el corazón de creyentes y no creyentes en la capital extremeña; pero su labor pastoral y social fue más allá, perdurando en el tiempo. Fue él, desde el obispado, quien impulsó y desarrolló el Proyecto Vida para personas drogodependientes, el Centro Hermano en Badajoz y su homólogo emeritense Padre Cristobal para personas sin techo que aún hoy realizan la labor para la que nacieron. A nivel parroquial, afianzó y extendió las Cáritas parroquiales, con numerosos proyectos en favor de las familias más humildes y necesitadas.

Si su “currículo profesional” es impresionante (licenciado en Historia de la Iglesia, doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca; graduado en Periodismo; director de la revista “Ecclesia” y de la editorial PPC; académico de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes; Medalla de Extremadura en 2001) para los emeritenses un logro se alza sobre los demás. Bajo su obispado, Mérida recobró al 12 de octubre de 1994 su categoría eclesiástica de Sede Metropolitana. Y la iglesia de Santa María la Mayor se convertiría en Concatedral Metropolitana de la misma.

La archidiócesis emeritense probablemente sea la más antigua de la península ibérica. Se conocen datos del siglo III de nuestra era que prueban la existencia de comunidades cristianas en Augusta Emerita. La archidiócesis emeritense abarcaba un territorio que se extendía hasta Olissipo (Lisboa), Conímbriga (Coímbra), Salmántica (Salamanca), Ábula (Ávila), Cauria (Coria) o Numancia en Zamora. Entre los siglos IV y VII destacan algunos arzobispos por su labor pastoral y su combate frente a las herejías como Paulo, Fidel o Masona. El episcopado emeritense se mantuvo fuerte más allá del periodo romano, durante el reinado visigodo y la ocupación musulmana. Desafortunadamente, en el siglo XII se crea la Provincia Metropolitana de Santiago de Compostela y se trasladan a ella la sede emeritense y sus derechos. Este traslado estaba inicialmente condicionado hasta que la ciudad fuese reconquistada; pero, una vez reconquistada no le fue restituida su dignidad episcopal y hubo de esperar a la labor de D. Antonio Montero para que la sede más antigua de la península le fuese restituida como Archidiócesis de Mérida-Badajoz.

Hoy parte de la labor de D. Antonio Montero para restablecer en Mérida las estructuras y funciones del arzobispado se han visto mermadas por los arzobispos que le han sucedido, que han trasladado a Badajoz la mayor parte de los servicios del obispado, pero nadie en Mérida olvida la extraordinaria labor institucional, pastoral, social y, sobre todo, humana del primer Arzobispo de Mérida-Badajoz.

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