Fran Medina Cruz


Nuestro sistema político pretende que la soberanía resida en el pueblo y que sea este el que, mediante derecho pueda a elegir y controlar a sus gobernantes, bien mediante elecciones a gobiernos o consultas a referéndum, con las urnas como medio, y de testigos todos los ciudadanos con derecho a voto. ¿Pero quién decide lo que se pone en cuestión de referéndum? Y aquí viene la primera ponzoña de todo asunto; ya que dependiendo del color ideológico del demandante a la consulta, así será la demanda de la consulta requerida al pueblo. Y todo sin tener en cuenta la segunda ponzoña de este asunto de los referéndum, que no es otra que la cultura democrática ejercida sin criterio de libertad ideológica, ni formación mínima exigible para entender la propia consulta y las consecuencias del resultado.

Y es que, lo peligroso de las urnas está más que demostrado en una sociedad en donde se prima más el subsidio que el esfuerzo, donde se honran ciertos delitos, donde la formación iguala al perezoso con la excelencia del formado, donde el medio de información es el medio de propaganda del poder, donde la crítica es criticada, donde las promesas electorales son el primer asunto a olvidar… el peligro de esta democracia a falta de libertad, responsabilidad y sabiduría reside en la utilización partidaria de las urnas. No preguntéis, pues podéis llegar a tener el resultado opuesto a lo necesariamente justo, equitativo y ético.

Cuando la sociedad pierde el carácter individual, las leyes y las libertades mutan hacia la esencia de lo sucedáneo y amoral, acomodándose en una gran masa de ciudadanos acomplejados y faltos de criterio y critica. Y desgraciadamente este es el panorama social en que nos encontramos, por culpa de una izquierda que jamás supero su fracaso republicano y bélico, y una derecha inmersa en su propio complejo de superioridad amoral y mediocridad. Todo regado bajo la cultura del compadreo, del hurto profesional y del chavacanerismo cateto, que hacen de nuestros políticos unos anacrónicos descendientes de las luchas de trincheras, donde de cuando en cuando se organizaban bailes de salón para alegrar los días tristes del comandante de turno.

Esta democracia es una burla al buen criterio soberano, al buen gusto libertario, y sobre todo a la inteligencia de todo demócrata que se precie.

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