Mayte Palma


Cuando el avión empezó a maniobrar, poniéndose en posición oblicua a la tierra para dar la vuelta, las palmas de mis manos, como siempre que me ponía nervioso, empezaron a sudar. Una medio sonrisa se dibujó en mis labios que bajo mi espesa barba nadie podría adivinar. Librarme del servicio militar por esa extraña enfermedad no fue algo de lo que mi padre se sintiera orgulloso, si cabe, para él fue como si le lanzaran un guante al suelo con toda la insolencia del mundo, y así pasó el tiempo, como si tuviéramos que batirnos en duelo durante toda nuestra vida. Cuando el avión se enderezó y dejé de ver desde la ventanilla la tierra, suspiré, cerré los ojos y me centré en mi respiración abdominal como me había enseñado mi profesora de yoga. Yo quería bajarme del avión con una gran pena, con esa pesadez en el corazón que dicen las personas que tienen cuando pierden a alguien a quien quieren mucho, pero no era así. Quería que mis ojos hubiesen llegado rojos de llorar, tan rojos que me dolieran y tuviera que echarme algún colirio para mitigar el escozor, pero no, no era así, en mi corazón no había dolor por su pérdida, ni en mi corta existencia había habido nunca dolor por su ausencia.

Cuando era un niño demasiado pequeño para darme cuenta de las presencias o ausencias, su presencia tendría que haber sido inevitable, era la figura paterna que nunca figuraba en las horas de mis días. No recuerdo cuándo empecé a odiarlo, ni cuando sentí que, si había existido algo entre ese hombre y yo, había muerto en los primeros años de mi vida. Cuando empecé a dar mis primeros pasos solo encontré los brazos blancos de mi madre o el regazo infantil de mi hermana. Mis primeras palabras, fueron un eco sordo en aquella casa que recorría intentando crecer al margen de alguien que me dejó sus genes para luego hacerse humo…

El avión aterrizó sin contratiempo y yo pude bajar de allí secándome las palmas de mis manos con la pequeña toalla que siempre llevo en mi maletín. No ha sido volar uno de mis medios de transporte preferidos para viajar, pero cruzar el charco, aunque fuera para enterrar a mi padre, era la única forma. En Argentina era invierno y en el aeropuerto Internacional llovía a mares, como mares debían estar llorando mi madre y mi hermana. Le pegaba a mi padre ese halo de tristeza en su despedida, con un día gris, encapotado y frío, con un verano incipiente al otro lado del mundo y en éste la tristeza cayendo en forma de goterones enormes que calaban hasta los huesos.

El taxista que me llevó hasta la casa de mis padres, durante el trayecto, no medió palabra conmigo, las justas y precisas cuando entré en el coche y al salir. Tenía una sombría mirada bajo las pobladas cejas canosas y la barba descuidada, no hubo sonrisa ni una mirada, pues sus ojos se detuvieron, milésimas de segundos, para cobrarme la carrera y con la premura de un bandolero al que persiguen, se marchó…Y frente a la enorme casa de mi progenitor, bajo el aguacero frío del Nuevo Continente, suspiré, me sequé de nuevo las palmas de mis manos y llamé al hermoso timbre dorado y finamente labrado con un rosetón.

Desde la puerta del cuarto, donde reposaba el cuerpo de mi padre, me di cuenta de que aquel ser que allí estaba nada tenía que ver conmigo. Mientras, mi madre en un rincón, con la mirada perdida, se dejaba consolar por otras personas que yo no conocía. Ya solo podía sentir un poco de indiferencia y una pizca de odio, un odio que había ido desapareciendo como hizo él durante toda mi vida. Mi hermana me lanzaba una sonrisa apenas disimulada como para darme ánimo, algo que yo no necesitaba y que ella pedía a gritos callados. Desde la puerta del cuarto, intentaba sentir ese amor de hijo a padre, encontrar un resquicio, algún recuerdo que redimiera su figura paternal pero mis recuerdos, tal vez demasiados selectivos, no encontraban ningún camino para dar con alguno que a mí me redimiera de un sentimiento tan cruel…Solo podía nacer, en ese triste y gris momento, el perdón, y perdonar fue lo único que pude hacer por mi madre y mi hermana.

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