Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida



El comienzo del estío no tenia una frontera festiva muy definida. De hecho picaba ya por el Corpus, que más o menos coincidía con los coletazos postreros del curso escolar. De cualquier forma ya enseñaba sus credenciales la nueva estación cuando, avanzada la primavera, las “galvanas” te amordazaban en las sesiones docentes de las tardes y no dabas “pié con bola”. No pasaba lo mismo con la salida de la estación grande, porque su frontera final la marcaba nítidamente la feria, lo que no dejaba de ser curioso, porque casi siempre el rigor climático solía perdurar tras las fiestas mayores. Sin embargo las costumbres cambiaban radicalmente y cuando arrancaba Septiembre cortábamos los baños. Debía ser cosa psicológica, como aprendimos mas tarde en aquel caserón del viejo Instituto, cuando Doña Vicenta Hortal nos explicaba lo de los perros de Paulóv y sus reflejos condicionados.

El ciclo estacional caliente cambiaba nuestras costumbres y rutinas. Lo primero era el calzado, porque por poco que lo demoraras se te podían cocer los piés en aquellas artesanas botas acorazadas, o en los zapatos “Gorila”. Lo que tocaba ahora, eran las sandalias de tiras, con su hebilla lateral para amarrarlas y poder correr con ellas. Al principio las llevábamos con calcetines, hasta que la temperatura te invitaba a desnudar los piés. Entonces aparecían las rozaduras que nos martirizaban, hasta que la piel curtida y los esparadrapos ganaban la batalla. Las sandalias de nuestros domingos de niños eran blancas, las que les gustaban a nuestras madres, y durante las siestas festivas nos tocaba pintarlas con aquella pasta liquida, marca “Búfalo”, que olía a almendras amargas y venia en botecitos de cristal, con el pincel incorporado en el tapón.

La ropa tendía al mínimo exponente. Los pantalones volvían a ser cortos, a pesar de que en invierno habíamos llevado “bombachos”, aquellos que lucia Pedrín, el ayudante de Roberto Alcázar, con los que nuestras progenitoras pretendían ahorrarnos un exceso de rigor. Suponía una autentica afrenta, para nosotros, vernos de nuevo el “pataje” desnudo y con la autoestima derrumbada, pero era una batalla que perdíamos sistemáticamente, hasta que empezamos a “pollear” y a volar algo mas libres. Las camisas eran de manga corta, blancas casi siempre, hechas por camiseras y a juego con los pantalones. Así es que, los domingos especialmente, íbamos inmaculados, desde arriba hasta abajo, como se nos ve en las fotos, porte de “patos maneados”y forzando la instantánea, con cara de no haber roto un plato. Y el pelo bien corto, atusado con brillantina o fijador y recortando un flequillo, pegado a la frente.

Cambió la cosa de las camisas cuando empezaron llevarse los “nikis” que se ajustaban al pecho y nos daban otro aire. Ya no había que abrocharse tanto botón, porque te lo metías por la cabeza y con ellos ibas “despechugado”. Fue, sin duda, un gran avance en el marcaje de la nueva cultura de libertad lo que trajo aquella moda. Y no digamos nada del liberador abandono de aquellos calzoncillos de medio muslo y abertura delantera, con botones de tan difícil control. Fue a favor de los “slips”, marca “Cañamás”,más conocidos como “la tortuga”. Resultaron definitivos en la superación de una humillación secular, para adoptar las nuevas modas que trajo la propaganda “yanqui”, cuando el asunto de los pactos y las bases militares.

En cuestión de comidas, los meses calurosos marcaban el paso de manera diferente. Puede decirse que el calor de los fogones daba paso a otras soluciones más ligeras, más apetitosas, más estimulantes. Y con esas características, el gazpacho era el rey. Recuerdo como aquel profesor que nos daba francés, D. Antonio Martínez, al que tan poco respeto, en general, se le tenía, decía con pasión que si el gazpacho lo hubieran inventado los franceses habría sido la estrella en los restaurantes de lujo. Pero claro, como era invento de arrieros, segadores y tropa proletaria, pues que así le iba. Después nos aleccionaba de sus virtudes vitamínicas, nutritivas y, sobre todo, que era un suero fisiológico irrepetible. Así es que cuando lo preparábamos, por aquello de que era cosa de hombres, con la sal, los ajos, el tomate, su aceite, la miga de pan y el vinagre, justo cuando recrudecíamos el “majado”, venga a machacar el mortero, nos acordábamos de aquel docente, tan a lo Oscar Wilde, por elegante y “decadente”, y de lo que se habían perdido los “franchutes”.

Otro puntal que señalaba la estación era la invasión de melones y sandias que llegaban a la ciudad por todas sus vías de entrada. La ventaja que tenían las azucaradas “cucurbitáceas” es que se podían engullir de manera informal y sobre la marcha. Un melón, roto contra una piedra, se convertía en comestible, sin exigencia de utensilios, y aunque no era el ritual parsimonioso de su consumo, de esa forma sació el hambre a innumerables caminantes. Y a nosotros nos hizo furtivos, ocasionales y divertidos, en las descubiertas por los campos cercanos.

Los veranos, sin duda, tenían otro “glamur” y a medida que crecíamos nos amarrábamos a la estación caliente con mayor apasionamiento. Alimentábamos la inútil pretensión de que aquellos días gloriosos no declinaran, vencidos por el tiempo inestable y frío. Adorábamos aquellas jornadas largas, con sus paseos por la Rambla del “Arrabal”, los baños “comunitarios” y los cines de verano. Decían los mayores que era un tiempo mas socorrido. Bien lo aprendimos de las cigarras, sabedoras de que junto al calor latía la vida, cuando se enfrentaban, a pecho descubierto y en clave de tenores desgarrados, a su destino. Como nosotros al mundo, que cada vez nos apretaba con más insolencia.

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Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida


Martínez Mediero había triunfado en Madrid en unos tiempos – final del franquismo y arranque de la “Transición” – en los que te podías jugar el tipo. El texto de su mas celebrada pieza teatral estaba lleno de intencionalidad y las geniales interpretaciones de Germán Cobos y Berta Riaza llevaban al publico – segundas lecturas se llamaba – el mensaje que el autor pretendía. El titulo de la aplaudida obra – en Madrid se triunfaba o se “cagaba” – era “Las hermanas de Búfalo Bill”. Así fue como, flotando en la ola de su caché, Manolo Martínez Mediero hizo una versión de “Lisístrata” para el “marco incomparable”. Era el año ochenta, con la cosa política muy revuelta, la democracia tambaleante y el “veintitrés efe” a seis meses por venir.

A Mediero el envite teatral le salió redondo. Por de pronto incorporó a la nomina de su montaje a uno de los directores que mejor entiende el Teatro Romano: Antonio Corencia. Luego se encontró con interpretaciones de lujo, a cargo de Victoria Vera como Lisístrata, Manolo de Blas encarnando a Floripón, y Terele Pavez en el papel irrepetible de Furitis. El espectáculo resultaba arrollador, con el Teatro abarrotado de público, las diez noches que estuvo en escena. Las gradas eran un jolgorio y hasta los actores secundarios rompían todas las expectativas.

Puede decirse que aquello fue una celebración colectiva. Tal vez porque la sociedad pretendía tomar la calle y prodigarse en los recintos de espectáculos para asegurar que la democracia valía la pena y que la libertad también encontraba su acomodo en un desvencijado monumento, bajo las estrellas.

Pero hubo un hecho, singular por anecdótico, que colmató la autoestima de los habitantes de este embudo entre colinas chatas que es Emérita. Lo protagonizó Guillermo Galán, emeritense y hombre de teatro, cuando tocaba la gloria de Talía con una interpretación esperada, especialmente por los “pecholatas”, atentos al triunfo de alguien cercano, casi uno de los suyos. El personaje que encarnaba era nada menos que Pitágoras y la trama argumental de la broma se centraba en aquel imperecedero Teorema que tan tempranamente aprendimos en las Escuelas.

Comenzaba Guillermo, solemne con su túnica – ¡¡ Oh discípulos amados, he descubierto un Teorema… ¡¡ – para recitar luego, gesticulando ampulosamente, todo lo concerniente a los catetos, la hipotenusa, el cuadrado de los mismos y otras “gambas”. Crecía luego el tono compulsivo de su disertación, para concluirla con una soflama, casi volcánica por disparatada, que levantaba al público como un resorte, en una ovación larga y calurosa. Pocas veces, al menos este narrador no lo recuerda, se ha producido ese milagro de complicidad teatral, entre un actor secundario y un público desternillándose de felicidad.

Tuvo la Lisístrata de Mediero – Corencia muchos detalles afortunados. Uno fue aquel gran barco griego que salía a escena, abanderado por la asamblea de mujeres contra las que Manuel de Blas, manos en jarras y tono de Lavapiés, se enfrentaba en plan borde: ¡¡ Y este barquichuelo, ¿ de donde ha salido ? ¡¡. El personal se retorcía de risa, en unas gradas que entonces, no incorporadas aun las entretenidas almohadillas, resultaban mucho mas duras.

Otro invento fue un impactante “Ícaro” que “volaba” por un cable, apenás perceptible, a considerable altura sobre la escena y que diseñó el arquitecto pacense Eduardo Escudero, metido también en el lío de aquel montaje. Resultaba de un gran impacto visual, algo así como si los atenienses se sacaran la aviación de la manga de los dioses, y hablaban las malas lenguas que aquel propio, deslizándose tan alto, tenia que fumarse antes un par de “canutos”, para superar el canguelo y el vértigo. Aquel efecto especial, doy fe de ello, volvía loco al respetable.

Aquella Lisístrata quedará para siempre en nuestros corazones y nunca el tiempo borrará las emociones que nos produjo. Quien esto cuenta la vio, con desbordante deleite, las diez noches y en todas ellas, pasadas las doce, pitaba el expreso Badajoz-Madrid al arrancar de la estación de Mérida.

Y fue precisamente una noche de aquellas, después de la función, no alcanzo a recordar si la del estreno o la siguiente, cuando un nostálgico del pasado régimen, conminó a Martinez Mediero, a punta de pistola y por las traseras del Parador, a cantar el “Caralsol”, cosa que en tales circunstancias, dicho en descargo del dramaturgo, para ninguno de nosotros hubiera supuesto ningún problema habiéndolo cantado tantas veces antes.

Este último y vejatorio trance debió ocurrir, más o menos, por la hora en que el expreso de Madrid llegaba a Cabeza del Buey. Aquello, sin embargo, no superó el nivel de anécdota, porque Lisístrata siguió arrollando el resto de las noches, mientras Manolo Martinez Mediero lucia, con discutible discreción, la impresionante y disuasoria escolta de una pareja de guardias civiles.

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