Antonio L. Vélez Saavedra


En Mérida ya va asomando el calor.. Los días se alargan y vamos pasando de la manga larga a la corta y cerquita los bañadores.. La ropa de abrigo va desapareciendo de los armarios y, aunque algún refrán nos recuerde que hasta el cuarenta de mayo no hay que quitarse el sayo, el modo serengueti, el calor africano en el que nos instalamos por estas tierras de junio a septiembre, algunos años algún mes más, está cada vez mas cerca. 

Al principio ese calor es bienvenido, ya que hace olvidar a los cuerpos el desagradable frio del invierno, pero esa confortable sensación solo dura hasta que comenzamos a sudar y cocernos como si estuviéramos en el último círculo del infierno de Dante.

Es por eso que me gusta esta corta primavera de Mérida, esa que Gerald Brenan describía en su paso en la ciudad como un breve acertijo de la naturaleza en una tierra calcinada por el sol. Una primavera que, aunque se manifiesta de forma espléndida en los bosques y dehesas de Extremadura, lo hace de forma más discreta en la naturaleza de las ciudades, y así sería de forma general de no ser por la feliz excepción de los hermosísimos e imponentes cinamomos que pueblan nuestros parques.   

Yo los llamo cinamomos, aunque también son conocidos como melia o árbol del paraíso, y es de los pocos, salvo algunas que otras especies de árboles exóticos de reciente introducción, de los más característicos arboles con flores que podemos encontrar en los parques de Mérida. En el parque de la rambla, en el de la Argentina, en el de las Siete Sillas y también en las calles de Mérida y Proserpina los hay de gran porte, tanto que cuesta abarcarlos en una fotografía. Y aunque pierden las hojas en invierno en primavera se cuajan de flores de color blanco y púrpura, y en los días de más calor, su intenso aroma lo inunda todo, ocultando hasta el olor del azahar de los naranjos de mi parque más cercano, el de Luis Chamizo.

Lo tengo asociado a los recuerdos de la infancia, ya que las bolitas verdes que ya le salen al final de curso y a principio de verano, eran la munición para los artesanos tiradores hechos con un cuello de botella y un globo recortado, perfectos en el callejero ocio veraniego de los chavales para apuntar a las nocturnas salamanquesas y para las guerras entre pandillas de diferentes barrios.

Como curiosidad, a estos árboles también se les conocía Árbol de los rosarios porque las semillas tienen un orificio entre los extremos y se usaban como cuentas para fabricar rosarios. Pero resulta que estos arboles no eran tan santos como el destino de sus frutos, ya que por lo visto las bolitas con ese amargor tan acentuado son bastante tóxicas y resultan venenosas para los mamíferos en general, incluido el ser humano, y es por eso, aunque no supiéramos el porqué, que de chicos les llamábamos Revientabueyes.

En cualquier caso un espectáculo natural que nos ofrece la todavía primavera en los parques urbanos de la ciudad, aprovechen mientras aun aguantan sus flores y disfrútenlos la próxima vez que pasen cerca de alguno, ya que aunque es relativamente frecuentes en otras zonas y no son exclusivos de la ciudad, si hubiera que elegir alguno, para mí sin duda el cinamomo sería el árbol de Mérida.

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