Álvaro Vázquez Pinheiro y Montserrat Girón Abumalham

Unidas por Mérida (Izquierda Unida –Podemos)


Sabemos que el año 2020 viene planteando a nuestra sociedad actual retos casi irresolubles, al igual que sabemos que la crisis económica, aparejada a la crisis sanitaria de la Covid19, puede ser la puntilla para muchos. Algunos, por su vulnerabilidad estructural, ya que siguen habitando el espacio de la falta de oportunidades y el riesgo de exclusión; otros que, aun no terminando de remontar la crisis de 2010-2014, van a ser vapuleados por esta que los encuentra desprotegidos y sin haber podido generar en torno a ellos los márgenes oportunos de resistencia.

La pandemia, que obviamente supone un problema principalmente sanitario, también ha puesto de manifiesto, desde el inicio, la mala salud del sistema que aqueja a nuestra sociedad con la permanente consolidación de enormes desigualdades.

A este respecto, desde nuestro grupo y haciendo uso de una receta sencilla de responsabilidad, sensibilidad y solidaridad sociales, aderezada con una pizca de sabiduría popular, apuntábamos en su momento, a la hora de apoyar los presupuestos municipales de este complicado e incierto año, que más valía prevenir que curar. Nuestra apuesta y recomendación instaba a que las medidas y las inversiones públicas excepcionales que requiere la situación actual se encaminaran y adaptasen a los colectivos más vulnerables de nuestra ciudad, con la mayor amplitud de recursos posibles, y estableciendo los tramos de ayuda adecuados para cada situación. Aplicando, por tanto, el principio de equidad que supone dar un trato adecuado a las características y circunstancias de cada miembro nuestra ciudad.

Una oportunidad para ello se vislumbraba en el importante gasto destinado a la campaña de impulso del consumo en el comercio local con el bono ConsumeMerida, que, aun siendo una iniciativa bien orientada, ha dejado mucho que desear en su aplicación, no se sabe si por prisas, falta de miras o una mezcla de ambas.

Además de apoyar al comercio, cosa que cualquier bono de descuento hace per se, hubiera resultado tremendamente oportuno y eficaz destinar el montante de estas ayudas a las familias con menos recursos. Aquellas que sí necesitan un aumento de su capacidad de consumo con el que, además, se hubiera garantizado la aplicación íntegra del presupuesto destinado a esta iniciativa a los fines que se propone. La aplicación de un criterio de renta para definir a los beneficiarios de la medida, hubiera apostado más claramente por servir de apoyo a las familias más necesitadas actualmente y que el ayuntamiento pudiera identificar, a través de la relación de perceptores de la renta básica, las ayudas destinadas a los mínimos vitales o el llamado fondo de garantía familiar, sin menoscabar el principal objetivo de la propuesta de impulso del consumo en beneficio del comercio local. Sin embargo, el reparto de bonos indiscriminadamente, por el mismo importe, ha operado como una bonificación aleatoria de la que se han beneficiado aquellos que, afortunadamente, no precisan el apoyo público para satisfacer sus necesidades.

Si unimos esto al envío masivo que incluye las 5000 viviendas vacías que registra el dato actualizado del Instituto Nacional de Estadística en Mérida, el reparto de fondos de igual cuantía e idéntico cupo entre varios tipos de comercio de muy diferente naturaleza o la falta de optimización de la App de gestión diseñada para la campaña (que pudiera haber dado solución y rendimiento a toda esta planificación en el reparto y envío del bono), podemos afirmar con poco margen de duda que toda esta campaña podría considerarse como una excelente oportunidad desperdiciada.

La puesta en escena del inicio de la campaña parecía anunciar la excelencia de ésta antes incluso de su consecución, en el convencimiento de que tendría un enorme éxito por el mero hecho de haber tenido una feliz idea. A la vuelta del periodo de bonificación, resta conocer el balance total de su repercusión y la eficacia de los recursos públicos destinados a la misma. Huelga decir que cabe la sospecha de que, de manera no menos autocomplaciente que electoral, brille por su ausencia cualquier atisbo de una práctica muy recomendable, pero poco entrenada por el alcalde y su delegación de comercio, como es la autocrítica.

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