Antonio L. Vélez Saavedra



MÉRIDA UNIVERSAL



La Librería de Mariángeles y Vicente abrió sus puertas hace 26 años en la calle San Francisco, y recientemente se trasladaron a la calle San Salvador, de Santo a Santo cambiaron de ubicación, pero nunca cambió su fe en la profesión. Durante todo ese tiempo, La librería ha sido un foco para actividades culturales y literarias, presentaciones de libros constantes, punto de encuentro entre autores y lectores, y con un público fiel. Por desgracia la situación de pandemia  adelantó su jubilación.

La lectura es una herramienta básica para el desarrollo del pensamiento, la reflexión y la capacidad crítica, y la importancia de las librerías deriva de su decisiva influencia para la creación de nuevos lectores, y su papel de dinamizadores culturales de barrios y ciudades. Las librerías y bibliotecas garantizan el acceso igualitario y diverso a la cultura por el conjunto de una sociedad democrática.

Aun así, las librerías no fueron declaradas servicio esencial durante la crisis sanitaria, y además, la paradoja que durante el confinamiento se vendieron más libros, pero no se pudieron comprar en la librería que tenemos al lado de casa.

Para contrarrestar esto, tanto ellos como otras librerías de la ciudad, tras una tímida apertura al público, también fueron atendiendo los pedidos por correo electrónico, redes sociales, o por teléfono. En otras, como La Selva Dentro, trasladaron eventos habituales como las charlas con escritores y las presentaciones de libros a plataformas tecnológicas como son las redes sociales. Y ahora, que pueden abrir de nuevo sin cita previa, con restricciones de aforo y unas condiciones higiénicas extremas, los libreros nos esperan con los brazos abiertos.

Dificil de explicar, pero algo se pierde cuando se cierra un negocio en el mundo de la cultura. Sobre todo cuando se ofrece con amabilidad un consejo para la lectura, o un punto de encuentro. Ya pasó en Mérida con otras librerías que dejaron su sello como Castilla, Pérez o La Luna, todas quedaron un importante vacío donde había un lugar de referencia social.

Gracias a La Librería por tantos años de libros, cultura, amabilidad, por ese envoltorio de papel reciclado, por esos marcapáginas caseros, por darle otra oportunidad a esos libros de segunda mano, por la pausa vital, por esa sencillez y amabilidad, por la hospitalidad en esa librería, que más que un negocio, era vuestra casa y la de todos los aficionados a la lectura. Y por esa amistad que habéis construido durante todos estos años con tantos emeritenses, la lleváis en la maleta para vuestra nueva etapa.

Me queda grabada una anécdota muy ilustrativa de como entendíais vuestra profesión, en alguna ocasión se asomaba alguien a la puerta y preguntaba: ¿Hacéis fotocopias?

– Lo siento, solo tenemos libros.

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