JOLGORIOS DE MATANZA


Antonio Vélez Sánchez

     La inacabable posguerra se había caracterizado por las pertinaces hambrunas, tantas  que las generaciones anteriores a la nuestra vivieron traumatizadas por sus dificultades  para alimentarse. Todavía, muy avanzados los cincuenta, se hacia del hecho de comer una causa primordial en los afanes de los adultos. Tener comida abundante era un signo de diferenciación social muy señalado. Por eso, en  aquellos años, estar gordo resultaba envidiable y de esa guisa nuestros amigos orondos eran la referencia deseada por todas las madres que, para mas abundamiento en la cosa lustrosa, tenían la publicidad de los chocolates “Matias Lopez” como medida del patrón estético que circulaba.

     En aquel encuadre general de necesidades, acumular víveres era la regla primordial en el juego de la intendencia domestica. Y la matanza del cerdo resultaba la mas segura fuente proteínica para el largo plazo. Muchas casas tenían su corral y la zahúrda reglamentaria. Allí iba lo poco que sobraba, lo que se rebuscaba y lo que se compraba en los almacenes del ramo : Habas secas, cereales y piensos diversos. Aquellos cochinos salían, también, a pastar guiados por el “guarrero”, un profesional que los “paseaba” por las riberas del ríos o por los  “lejíos”, para que “hocicaran” en busca de raíces, semillas, hierbas, lombrices y otros sustentos. Por la tarde volvían y cada uno buscaba su casa, sin equivocarse. Todo era valido para suplir la voracidad del ruidoso animal, al que se le terminaba tomando cariño en su reducida soledad. La mejor referencia  de aquellos esfuerzos era la de aquel “municipal”, tan buena persona, delgado como un alfiler, al que apodaban “Bailarín”, haciendo equilibrios sobre una bicicleta que, en el “trasportín,   llevaba un inmenso bidón para llenar con cáscaras de melón, peladuras de patatas, pan duro, y lo que caía por las casas que le aprovisionaban. 

       Aun recuerdo la impaciencia que nos dominaba el día anterior al de la matanza. Eran febriles los “trajines” del corral y la cocina, cociendo tripas secas y patatas, pelando ajos y ordenando el pimentón, las especias y la sal. Se limpiaban las artesas, las mesas y el aparato aquel de llenar que tenia un embolo y un brazo de madera que al apretarlo soltaba su “churrete” de masa. Todo era movimiento, previsión, orden milimetrado.

      En casa de mi abuelo materno lo que normalmente se “mataba” eran tres cerdos. Claro, era mucha familia y un industrial “de la plaza” podía tener siempre sus compromisos. Así es que a media tarde, al mando del mas joven de mis tíos, que era el experto en todos esos menesteres, salíamos en busca de los animales. Iban en la tropa un par de aprendices del taller de carpintería y quien esto relata, mas que nada por el novelereo.  Tras superar el “Corral del Concejo”, que es como todavía llamaban al Matadero Municipal, al final de Moreria, llegábamos frente a Pancaliente, al corralón de Friginiano.  Allí esperaban, ya apartados, los cochinos, gordos y negros, llegados de la “montanera” y con ellos tomábamos camino de retorno, muy atentos para que no se desmandaran, cosa frecuente con aquellos asustadizos animales. Tras la caminata, llena de sustos y carreras, el ganado dormía en una cuadra, como en “capilla”, esperando el día siguiente.

    Habían pasado las fiestas de Nochebuena y Año Nuevo y podría parecer que la piedad se aposentaba en el alma de los humanos. Nada de eso, porque nos despertaban los chillidos de aquellos orondos animales, ante la mano experta del “matachín” de turno. No queríamos verlo, asustados de lo que a nosotros se nos antojaba crueldad y a los mayores, por el contrario, promesas de abundancia con tan magros volúmenes. Así es que nos arropábamos para no ser cómplices de aquel ritual voluptuoso y frío. Cuando salíamos al corral ya estaba todo consumado y las victimas descuartizadas. Tras la tensa espera del diagnostico veterinario, cuando regresaba, triunfante, el portador de las lenguas, se activaba el movimiento. La lumbre siempre avivada, las hojas de tocino, las costillas, caretas, orejas y espinazos, bajo la sal, el acarreo de los colgaderos de chorizo, salchichón, lomos y patateras, hasta las alcayatas de las vigas del techo de la cocina y otras dependencias. Todo se aprovechaba en aquel sacrificio, rápido y limpio. Hasta las vejigas se convertían en globos para que jugaran los niños chicos.

    La jornada requería una comida especial, dado el elevado numero de voluntarios,  para trabajar, e invitados dispuestos a comer. Se picaban los pestorejos, el magro y las pruebas aliñadas. A mediodía se atacaba una olla de coles con costillas, “mondongo” y otras delicadezas. También garbanzos, bien pertrechados de tropezones, y frijones con oreja. Los mayores bebían vino nuevo y los niños, junto a las mujeres, gaseosas y refrescos. El café y las copas de anís y coñac eran el remate del personal adulto. El resto de la tarde, las mujeres limpiaban el utillaje de la jornada, al tiempo de comentar lo bien que había salido todo y contemplando, de vez en cuando, los “pendientes” que colgaban del techo.

    Después, durante muchos meses, se iba tirando de aquel “despiece”. Con los restos  se untaba el pan mañanero, se daba cuerpo al rutinario “cocido” o se merendillada, “dando tirones” a una “patatera” que llegaba al verano reseca y picante.  Era la aportación que nos hacían aquellos seres gruñidores, en su papel de suavizar nuestras  carencias nutritivas. Su cuerpo nos hacia prosperar en nuestro papel de amos del mundo. Aunque a veces he llegado a pensar si no resultaba demasiado primario aquel sacrificio. Sobre todo cuando, según los científicos, hemos sabido que el código genético de la “mosca del vinagre” es casi idéntico al de los humanos. Que decir, por tanto, de un cerdo, con su prestancia, sus ojos, sus miedos y sus afectos. Y claro, a partir de ahí, la pregunta esta servida : ¿ Como nos hemos podido comer a tantos parientes ?.

 

MéridaComarca

Acerca de MéridaComarca

Toda la información relacionada con Mérida y su Comarca

Ver todas las entradas de MéridaComarca →

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.