Álvaro Vázquez y Monserrat Girón

Concejal y Concejala de Unidas por Mérida (IU-Podemos)


Mucho se está hablando en las últimas fechas de los comportamientos poco edificantes del llamado Rey Emérito, un título que dadas las circunstancias que lo motivaron no es precisamente honorífico.

Tiempo le ha costado a la democracia española, pero finalmente parece ser que se empiezan a despejar algunos meandros por los que discurría la vida privada y pública del que fue el símbolo de la transición y la consolidación democrática. Y tiempo deberíamos tomarnos para reflexionar sobre la cortina de plomo que ha cubierto durante tanto tiempo el fraude que supone para nuestro país el desvelo de los comportamientos del personaje.

Lo cierto es que la democracia española es débil, el carácter sagrado de figuras tan repudiables como nuestro querido emérito da buena muestra de ello, del mismo modo que podríamos preguntarnos hasta que punto situar en el centro de la diana a tan alta figura no es más que la última-y desesperada- estrategia de la dinastía borbónica para salvar los trastos ante el continuo deterioro de la imagen pública de una institución tan anacrónica y ajena a las mínimas exigencias democráticas como puede ser una monarquía. Decía Jaime Peñafiel en una ocasión que ahora es digna de ser recordad que la única justificación de la monarquía era su ejemplaridad. Pues que cada uno saque sus propias conclusiones.

Lo cierto es que ríos de tinta y especulaciones de todo tipo sobre la cuestión, pero las personas que formamos parte de Unidas por Mérida hemos decidido centrar el tiro en el ámbito concreto de nuestro entorno inmediato de nuestra realidad y nuestras posibilidades, y en estos términos la cuestión es sencilla: Juan Carlos I no reúne los requisitos mínimos de reconocimiento y ejemplaridad que deben exigirse para que una personalidad conste en el callejero de nuestra ciudad. Punto. Este extremo no puede estar sujeto a discusión.

Si el callejero sirve para algo es para dar reconocimiento público a los vecinos, vecinas, las figuras públicas, fechas, acontecimientos y principios que podemos considerar dignas de respeto y consideración, aquellos que suponen un ejemplo a seguir, aquellos que son dignos de imitar, emular y homenajear. Sustanciadas las debilidades de Juan Carlos I a este respecto, ahora nos queda determinar quién o qué puede ser la opción que mejor pueda sustituir, y mejorar, al personaje que en la actualidad da nombre a la principal avenida de uno de los barrios más populosos y con mayor identidad de nuestra ciudad.
Las opciones eran varias, el Padre Panero estaban bien situado para merecer semejante honor. No era de los nuestros, ni falta que hace, pues el reconocimiento siempre puede ir más allá de las filas propias, pero ya disponía de calle propia en el mismo barrio.

EL 8 de mayo, es nuestra opción y así lo hemos propuesto. La reivindicación internacional para la defensa de la igualdad entre hombres y mujeres que se celebra en semejantes fecha todos los años en buena parte de los países del mundo, bien merece nuestro reconocimiento, nuestro respeto y nuestro empuje. El empuje de la visibilidad que le dotaría a este movimiento -plural, digno y democrático- cederle el protagonismo de una de las avenidas mas sobresalientes de Mérida, una ciudad de fundada el descanso de los eméritos, pero que hoy en día no los acepta a todos ellos. Eso se acabó.

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