Mayte Palma


Despuntaba el alba en una mañana calurosa de principios de verano mientras conducía hacia la aldea por un camino sombreado. Grandes árboles me recibían con sus enormes hojas de un verde oscuro y brillante en una majestuosidad que impresionaba. Mis recuerdos se difuminaban y recordaba aquel paisaje menos exultante y fantástico. Ni una brizna de aire se movía. El cansancio me hizo detener el coche en una curva abierta cuando aún no divisaba el pueblo y salí dolorido desde la espalda hasta los pies. Llevaba conduciendo toda la noche sin parar y aquel era un buen lugar para respirar un poco de aire, beber y andar unos minutos. Observé a mi alrededor asombrado por no reconocer aquel lugar que ahora tenía frente a mis ojos. Aquel paraje lo recodaba amarillento, seco y triste. El camino antes de tierra, se había convertido en una carretera comarcal bien delineada y con un firme aceptable. Me senté bajo un enorme castaño y bebí un poco de agua. El silencio, roto por el canto de algún pajarillo, el olor embriagador de las innumerables flores que había por todos lados, invitaba a abandonarse y escapar de uno mismo para hacerse uno con la tierra. En aquel silencio casi celestial, me llegaba, de lejos, el sonido debilitado de algún riachuelo que yo no recordaba. Con el cansancio sentí caer en un pozo de sopor del que tuve que salir de golpe para poder llegar a tiempo. Me esperaban y no era de buena educación hacer esperar a los novios.

Me sorprendió al llegar a la entrada del pueblo, que aunque el paisaje de los alrededores no era como yo recordaba, el pueblo, a primera vista seguía siendo el mismo que yo dejé hace tantos años, treinta años fuera de allí y parecía que volvía al punto de partida. Me vi de repente subido a la fuente “del comino” que allí seguía con su piedra desgastada por el tiempo y rodeada, ahora, por un jardincillo, y el recuerdo me produjo una gran ternura. ¿Qué habrá sido de Antonio, de Chisco, de Julia, del hermano de Luisa que perdió un brazo en un accidente de tractor…? ¿Seguirían en el pueblo?… las calles eran las mismas, con sus encaladas casas de dos plantas, desiguales y sin embargo en perfecta armonía. Me dirigí a la casa de mi tía Puri donde me quedaría unos días después de la boda.

Mi prima Rita, la más pequeña de mi tía Puri se casaba después de un noviazgo largo, una dura enfermedad y el luto de mi tío Braulio. Solo tenía doce años menos que yo pero al verla descubrí lo que el dolor y una vida llena de penas puede hacer en el cuerpo de un ser humano. Pero las novias siempre están guapas, son las protagonistas de la fiesta y hay que dedicarles las más hermosas palabras alabando cada detalle de su ser, por eso y, a pesar de todo, mi prima estaba radiante.

Me levanté nervioso, nunca había sido padrino de nadie y sabía lo importante que era para ella y para mi tía que yo, aquel día, la acompañara hasta el altar. El día amaneció caluroso ya desde bien temprano. El cielo tenía ese color azul que tienen las cartulinas de los colegios, intenso y definido, como si pudieras pintar con un lápiz sobre él algunas nubes blancas. Desde la ventana del dormitorio veía la torre de la iglesia, encalada, con cigüeñas enormes y quietas como dos figuras chinas. Y desde la parte baja de la casa subían a partes iguales, el bullicio y el olor a café recién hecho. Terminé de vestirme y bajé a tomarme un café mientras la gente entraba y salía con la algarabía típica de una fiesta. Rita salió de su habitación con su vestido blanco, un sencillo vestido que marcaba su delgadísima silueta y un recogido elegante que a mí me pareció una obra de arte. Me dio un abrazo con tanta emoción que desarmó al hombre distante que soy, tal vez poco cariñoso y afectivo… Me venían recuerdos como una cascada; cuando jugábamos en la calle y Rita aprendió a andar, cuando le enseñamos a nadar en la alberca del tío Casimiro, o el día que la montamos en ”Panchita” la mula que tenía su padre…

Entrar con ella en la iglesia significaba tanto para ella como para mí. Me agarró fuerte del brazo y anduvimos sonriendo a las personas allí presente bajo un murmullo de “ay” emocionados y sinceros. Y al dejarla en el altar junto a su futuro marido, le miré a los ojos, le apreté su mano, le di un beso en la cara y le dije que la quería.

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