Carmelo Arribas Pérez
Mérida ha identificado su cultura e identidad, como romana y se ha olvidado, casi totalmente, de la existencia de otras culturas que fueron importantes en la historia de la ciudad. Todavía se conservan en la memoria, zonas urbanas como “Morería” o la imponente “Alcazaba” que recuerdan la presencia de siglos, en la ciudad, de población musulmana, así como el recuerdo de importantes personajes, como fue Ibn Marwan, pero además de ellos, también hubo una importante comunidad, la judía, y de la que surgieron algunos individuos, de gran peso cultural y político en la Historia de España pero a los que hemos borrado, totalmente, de nuestro relato cultural e identitario, de la ciudad.

Bernabé Moreno de Vargas, en el capítulo IV de su Historia de Mérida, habla: “ De los muros de Mérida y de la grandeza y vecindad que tuvo”, y dice: “ …luego prosigue hasta el callejón de los Osarios, que está frontero del molino de Pancaliente”. Lugar que parece ser era un cementerio judío.
“Luego, en el año de 1492, cuando los Reyes Católicos hicieron la expulsión de los judíos, pasaron a Portugal los que había en Mérida; su sinagoga, se convirtió en iglesia dedicada a Santa Catalina, virgen y mártir, cuyo edificio es antiguo y la traza cuadrada, muy propia de semejantes sinagogas. Tenían los judíos su entierro y osario fuera de la ciudad, en el sitio que ahora llaman Cortinal del Osario, que está por cima del molino llamado de Pancaliente”.
Esa zona acabaría siendo ocupada por las viviendas del Matadero y en la que Ana Bejarano Osorio dirigió las excavaciones y de cuyas tumbas escribe: “Abandonada la función doméstica de esta zona se sucede un cambio de uso definido por la implantación de un área funeraria. Así, se documentan una serie de enterramientos de inhumación en fosa, sin más elementos añadidos que la inclusión de algunos clavos, que lógicamente hacen referencia a la presencia de ataúdes de madera. Las características de los mismos, posición y orientación, descartan su cronología medieval islámica, siendo incierta, debido al escaso registro material hallado. No obstante, planteamos como posibilidad que se trate de un conjunto de sepulturas englobadas en lo que se conocía como “osario de los judíos”del que nos da cuenta Moreno de Vargas ”.
Nada rara esta falta de información. Porque en España, hay un vacío histórico sobre la presencia de los judíos en España. Parece ser que siempre ha habido una mentalidad antijudía, que todavía existe, frente, por el contrario, una mitificación de la cultura musulmana, que poco a poco se va desmontando. Hace unos meses han redefinido una gran presa, El Azud de la Argamasa (l’Assut de l’Argamassa), construida sobre el río Vinalopó en Elche (Alicante), que hasta ahora se pensaba que era de origen islámico, pero que, en realidad, se remonta a época imperial romana.
Y es que la mitificación de lo árabe estaba muy asentada en la mentalidad población. Nos lo hace ver Mariano José de Larra cuando viene a Mérida, y se hace de un cicerone: “una verdadera ruina, no tan bien conservada como las romanas”.
Y al que le pregunta:
“-¿Y estas ruinas son muy antiguas?
-¡Vaya!
-¿De los romanos todas?
-¡Qué! Más antiguas, señor, mucho más; de los moros, y de los godos, y de los… qué sé yo de cuánta casta de gentes… mucho antes que los romanos.
-¡Hola! Perfectamente.
Pero, todo está cambiando y en la actualidad, estudios como los del arabista Serafín Fanjul, en su libro “La Quimera de Al-ándalus”, son clarificadores de este cambio de mentalidad.
Pero, ese vacío histórico sobre la existencia e influencia judía, se va rellenando con diversos estudios que muestran la presencia e importancia de los judíos, en diversas localidades. Por ejemplo, se sabe de la existencia de una judería en la ciudad de Mérida, en la que hubo tantos, que incluso había dos sinagogas, según aparece reflejada en la lápida del arconte judío Aniano Peregrino del s.IV.
La popular revista de arqueología e historia, MEDIEVAL, publicaba en su número 18 del 2007, un artículo mío, LA CARTA FUNDACIONAL DEL CRISTIANISMO HISPANO, considerando a Mérida como su cuna hispana. Y en ese artículo recordaba la posible presencia de San Pablo en la Ciudad, y aunque se carezca de documentación alguna, él expresaba su deseo, de venir. (Rom. 15 23) “deseando veros al pasar, cuando vaya a España y ser allá encaminado por vosotros después de haber gozado un poco de vuestra conversación”. ¿Y por qué querría venir a Hispania? Por la presencia en la ciudad de Mérida de una abundante colonia de judíos, entre los cuales seguramente habría cristianos, a cuyas casas vendría Pablo. En Mérida se encuentra, en el Museo, una lápida del s.II, de una persona de origen judío, llamado Justino: Iustinus Menandri filius / Flavius Neapolitanus anno(rum) / XLVI h(ic) s(itus) e(st) s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) Sabina marit(o) / optimo et (…) “Justino hijo de Menandro, natural de Flavia Neápolis (Samaria)…” Esta ciudad de nombre latino, corresponde con la bíblica Siquem, lugar en donde se desarrolla el pasaje en el que Jesús se encuentra junto a un pozo del que está sacando agua a una mujer, a la que le pide de beber. (Juan 4,4). Hay por lo tanto una vieja tradición de presencia de judíos en esta ciudad, que la coloca como una de las más antiguas de la península. El historiador emeritense Bernabé Moreno de Vargas hace mención en el S. XVII, de la existencia de una antigua sinagoga convertida en la Iglesia de Santa Catalina, cercana al Templo de Diana, alrededor de la cual se encontraba el barrio judío. Se quejaba, un articulista judío-sefardí, de que dicha sinagoga, que se convirtió en Iglesia de Santa Catalina en 1492 y que permaneció como tal hasta 1975, no había sido respetada. Y estoy de acuerdo.
“Luego en el año 1492, cuando los Reyes Católicos hicieron la expulsión de los judíos, pasaron a Portugal los que había en Mérida; su sinagoga se convirtió en iglesia dedicada a Santa Catalina, virgen y mártir, cuyo edificio es antiguo y de traza cuadrada, muy propia de semejantes sinagogas. Tenían los judíos su entierro y osario fuera de la ciudad, en el sitio que ahora llaman el Cortinal del Osario, que está por cima del molino llamado de Pancaliente…” Nos cuenta Bernabé Moreno de Vargas, en su; “Historia de la Ciudad de Mérida”.
“Desde entonces, en su lugar, junto al monumento romano citado se podía ver un solar tapiado que aún nos indicaba que la sinagoga, luego ermita cristiana, era pequeña y de planta casi cuadrada. El muro que quedaba de lo que fue dicha sinagoga, se derribó el día 5 de marzo de 2009, sin que la Consejería de Cultura y el Patrimonio nacional hicieran nada para conservarlo, otra cosa habría sido de ser un resto de un edificio musulmán”. Se escribían estos comentarios, sin duda con razón, en una web, hispano-judía, quejosos del poco respeto que hemos tenido para estos restos, posiblemente sagrados para ellos.
Y vista una fotografía de la ermita de Santa Catalina, antes de la remodelación del entorno del Templo de Diana, la verdad es que destrozaron unos restos que nos hubieran permitido mantener ese recuerdo de una sinagoga, de aspecto rectangular, que recordarían a personajes tan conocidos como Samuel Ibn Nagrela.
“De esta judería emeritense marcha, hacia Córdoba, Samuel ibn Nagrela, (Samuel el hijo de la negrita). (Mérida, Badajoz, 993 – 1055), un poeta y filósofo, al que sus contemporáneos apellidaron Ha-Naguid, “el príncipe”. Y que donó la Fuente de los Leones de la Alhambra, que posiblemente estaba en su palacio.
La vida de este hombre constituye por sí sola toda una leyenda, por la superación, de la gran cantidad de circunstancias adversas que sufrió, que le llevó, por su inteligencia, pese a no ser musulmán, a convertirse en uno de los personajes más influyentes de Granada. Y mostraba este carácter indomable en uno de sus poemas.
«Daré vueltas hasta subir a lo alto a una cima que sea por siempre conocida, que mis enemigos hallen en mí espanto, y mis amigos ayuda».
Y sin duda que lo consiguió
Pero quizás identifican todavía mejor, su vida, los versos de su obra “Ben Tehillim “
El tiempo y el vagar tienen final y límite,
mi vida errante,
en cambio,
sólo al morir acaba”
Algunos medievalistas como José Antonio Ballesteros Díez, han publicado en la Revista de Estudios Extremeños, algunos largos estudios sobre la presencia de los “Judíos en Mérida desde los s. II al XVII”, y la existencia de algunos artículos sobre la Mérida judía, o el barrio de las viviendas del Matadero, construido sobre el Osario judío, nos hace recordar que en la ciudad, hubo otras culturas y personas, además de la romana, cuya presencia apenas conocemos y quizás deberíamos.
Carmelo Arribas Pérez