«LA SAGRADA CENA SEGÚN PABLO»


opinion rafaRafael Angulo Sanchís

Periodista


Hacía falta estar loco para sacar adelante, en aquellos tiempos que corrían, una hermandad de penitencia de Semana Santa, y más loco –de amor- aún para contagiar esa chaladura a un grupo de gentes que participan de la fe de sus mayores en una escala de grados completa, desde poco hasta intentar ejercerla de manera diaria. Todos respetables, todos animosos, todos locos. Ir contracorriente es un deporte de valientes, de gentes que creen que vale la pena vivir la vida por un motivo y, si esa razón te garantiza la vida trascendente, el motivo adquiere una altura insospechada. Así pues, ya comáis, ya bebáis, ya procesionéis, que sea por un aquel.

Pablo Burgos, más cuerdo de lo que pueda parecer, sacó a costal una Cofradía de la nada y, ahora, el paso de la Cena es llevado “a corazones” por las calles emeritenses, instituyendo Jesús la Eucaristía sobre lo alto de una nave, un barquito ilusionado, intentando ser un impulso espiritual de parroquia, de barriada emeritense y de una forma de “llevar” imágenes y de “rachear” por una bimilenaria ciudad. Todo ello bien merece una una levantá a pulso, por Pablo.

Pablo Burgos ya es Hermano Mayor emérito de la Sagrada Cena, no ha dado un paso atrás porque una Cofradía no puede retroceder sino siempre avanzar, tramo a tramo, verso a verso. Los hombres pasan, las Hermandades permanecen; el único fundador que sobrevive está en botella y se llama coñac. Ahora, cofrade más, irá en otro tramo de nazareno, pero que nos quiten lo llorado, lo rezado, lo reído. Eso, Pablo, no desaparecerá.

Mérida se desperezó el Domingo de Ramos inquieta por el sol, el viento o la lluvia. Resultó un Domingo de Ramos pasado por agua.. Pero nada nuevo bajo el cielo, hoy, como ayer, como siempre la procesión va por dentro. Fue un Domingo de Ramos, fueron las cinco, y las cinco y media de la tarde y la procesión fué, ese día, por fuera. La Cruz de Guía plantada en las puertas de la Hermandad se levantó y, con ella, lirios, rosas y claveles acompañaron a una Azucena, acompañan a Nuestra Señora del Patrocinio. El aire dominical se impregnó de aromas y, la suma de sus fragancias, se condensó en un olor: holía a Semana Santa. La Pasión según Mérida empezó.

Una Semana Santa no son siete días, sino todo el año, aunque sólo uno sea de salida. Vuelvo a la Señora del Patrocinio y veo bajo su paso, ¡tan reluciente! un ardor de sudores y omóplatos, un ansía de cariño que  rompe en una chicotá, un referente vital en todas partes, como los versos de Juan Sierra querían pregonar:

“En vino blanco, en romero

en la cal de una fachada

yo te pienso cuando quiero

¡lírio de la madrugada!

Allí en tu barrio guardada

(solo tu barrio te guarde)

avisa que quema y no arde,

clavel de dónde consume

su más secreto perfume

todo el oro de la tarde”

            Nuestra Madre y Maestra se despidió por unas horas de su barriada y se asomó a la desarbolada plaza del Teatro Romano que, una vez al año, relució endiosada. A través del capirote, a los nazarenos se les notaba, en la mirada, la concentración y el ánimo, pero no había tiempo que perder porque la procesión se escapó como un suspiro para bajar hasta la Plaza de España y llenar de ecos de Roma lejana a esta Roma emeritense cercana que de la Sagrada Cena se empapa. Y allí se quedó.

Cansados y agotados, alguna lágrima se derramó… “Madre, contigo aprendí que lo importante  es salir, salir, si, con la frente marchita, con los cabellos blancos pero, sobre todo, con el alma limpia y el corazón despejado, ser un buen cirineo para hacer dignamente el recorrido y dejarte de madrugada…

 

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