Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida

Son como las sombras lejanas de unos recuerdos, apenas apuntados, que permanecen en la nebulosa del tiempo mas párvulo de nuestra vida. ¿ Quien no acumula en el subconsciente imágenes prendidas con alfileres, borrosas y huérfanas de guión, dispuestas a asaltarnos cíclicamente ?. Es un revoltillo de secuencias que, de forma suelta y desordenada, nos refriega la infancia, el interior de una casa, las voces ya apagadas, los rostros solemnes.

Me ocurre en Mayo, tal vez porque este mes siempre marcó un transito irreversible hacia el calor de las cigarras. Era cuando, en las Escuelas, se producía el imperativo rutinario del “mes de las flores”, cambiando los rezos habituales por los que ensalzaban a la Virgen. No podría ocultar la evidencia de que aquella novedad repetida traía cierta frescura y sobre todo nos afirmaba que el verano, las vacaciones cercanas, eran tan palpables como las “galvanas” que adormecían unas tardes escolares, culminadas con el Rosario y las letanías de aquel mes tan femenino.

Lo que cuento ocurrió años antes de que las instantáneas del grupo escolar de la Argentina nos tuvieran de protagonistas. Como mucho andaríamos por la escuela de ”cagones” de Lali Mayo, arrastrando, a tirones, aquella silla enana, de asiento de “bayón”, que nos resultaba una pesada carga. Es lógico aceptar que de aquel universo reducido apenas quedarían recuerdos que no fueran rotundos y extraordinarios. Es lo que debió ocurrir, cuando escuchamos que la Virgen de Fatima pasaría por nuestra calle.

La dimensión de aquel acontecimiento, que tanto tensaba los ánimos domésticos, se derivaba del marco obligatorio impuesto por los vencedores de una contienda con decidido respaldo clerical. Así es que cuando se supo que la milagrosa imagen iba a pasar por la Ciudad, camino de Madrid, las autoridades civiles y religiosas, un todo indisoluble, se apresuraron a dar lustre al evento.

Las apariciones de Fátima, acaecidas treinta y tantos años antes, tenían fuerza de enganche espiritual para un pueblo que necesitaba creer en los milagros, distraerse de las muchas carencias, alimentar una ilusión. El grupo de niños protagonistas del acontecimiento, que cortó la respiración de medio mundo, añadían un factor de sencillez, cercano, popular. Además, como Rusia era clave en el mensaje de la “Cova de Iría” y España había vencido al comunismo, se oficializó al máximo aquel transito y las autoridades pidieron que se levantaran arcos de triunfo para que la ciudad luciera su fervor y el nacional-catolicismo se afirmara.

Mi calle, la General Aranda, que tenia árboles, se nutria de una nomina de vecinos de amplio espectro. Predominaban los ferroviarios, empleados del matadero y otros gremios, modistas, algún que otro patrón, militares de alta graduación y hasta un inspector de policía. Había también un “corralón” de vecinos, en el numero 15, con retrete comunal. Con una sociología tan variopinta no se descartaban los “dudosos”al régimen. Y con razón, porque mas de uno escuchaba “La Pirenaica”, desde sus artesanales radios de galena. Bajo esas condiciones, estaba cantado que allí tenia que montar un arco para que “algunos” se significaran con el poder.

El Sábado 30 de Julio del cuarenta y nueve, procedente de Almendralejo, llegó la imagen a la margen izquierda del Guadiana. Hablan las crónicas de miles de devotos y que las andas fueron rodeada por una legión de ciclistas. A hombros del Alcalde, el Juez de Instrucción, el Coronel de Artillería y el Capitán de la Guardia Civil, entre otros, cruzó el viejo puente y llegó a la Plaza. Allí el Alcalde Baviano, “exaltó las glorias de las Españas” e incitó al pueblo a cumplimentar a la ilustre viajera que permaneció en Mérida cuatro días visitando iglesias, hospital, conventos, “auxilio social”, manicomio… Incluso en la Estación de ferrocarril se le rindió tributo, seguro que para expiar culpas de un pasado “rojo”.

Lo mas sobresaliente de aquella visita fue la espectacular procesión de antorchas que recorrió las calles de la Ciudad en la madrugada del Domingo, rematada con un “rosario de la aurora”. Fue cuando la talla, decorada en blanco, pasó bajo los numerosos arcos triunfales elevados por el pueblo para la ocasión. En mi calle, contaban, resultó espectacular, el mejor de todos, porque tenia bombillas multicolores que se encendían y apagaban. Cosas de mi padre, electricista, con su oficio aprendido desde niño, en la “fabrica de la luz”. Como pasó casi al alba me montaron una colchón junto a la ventana de la salita que daba a la calle y, cuando llegó el momento, mi madre me despertó para que viera la silenciosa comitiva cruzar aquel monumento de ramas, flores y luminosidad destellante. Fue, justo por la emoción del momento, como el flash permaneció en mi memoria para siempre cuando, asombrado y medio dormido, contemplé el gentío pasando ante mi ventana. Es todo lo que conservo de un acontecimiento que galvanizó a la ciudad a la comba de lo que circulaba.

Muchos años después, arrancando la “transición”, Martin Carmona y mi padre me contaron que en el rotulo de luces intermitentes se leía “UNION Y HERMANDAD POR LA VIRGEN DE FATIMA”. Pretendieron hacerme creer que durante una fracción de segundo se destacaban las siglas U.H.P. (Unios Hermanos Proletarios), aunque yo siempre supe que aquello no era mas que un farol. Hermoso, sin duda, pero un farol que tal vez ellos soñaron cuando miraban su arco. ¡¡ Bonitos eran los tiempos para esa clase de faroles ¡¡.

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