LAS FERIAS DEL LICEO

 


  ANTONIO VELEZAntonio Vélez Sánchez

     Ex-alcalde de Mérida


                             

     Tal vez debe ser por aquel dicho de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, sobre todo para quienes vivieron el tiempo añorado. Nos ocurre a quienes pateamos las Ferias de la Argentina, tan coincidentes con un largísimo segmento de nuestras vidas. Eran aquellas años en los que, junto al labrantío tradicional, el Ferrocarril, el Matadero y la Corchera, se abrían camino las nuevas industrias de transformación que nacían a la sombra del algodón regable o la aventura cervecera. El desarrollismo marcaba, al compás, una ciudad desordenada, escatológica, vertical y depredadora de su pasado. En los extraordinarios del Hoy se asociaba el progreso a los edificios, cuanto mas altos mejor. No había piedad con las huellas milenarias del subsuelo. Mas bien se consideraban un freno a nuestro desarrollo y los vertederos del río se llenaban de estatuas mutiladas y mosaicos hechos añicos. Pero, en general, el pueblo aparentaba cierta felicidad. Seria por la propaganda, por la prestidigitación de los tecnócratas o porque olía a libertad futura.  Y ese animo se contagiaba a unas Ferias bullangueras y multitudinarias, cuando nadie se iba de vacaciones a la playa, entre otras cosas porque el mar era una meta mayoritariamente desconocida y el turismo de masas no había empezado su andadura.

     En las ferias de la Argentina se instalaban las sociedades culturales, recreativas o gremiales que aun quedaban en pie. Al Circulo Emeritense lo había rebautizado el pueblo desheredado, como “Casino de los señores”. Cargaba con su vocación latifundista y conservadora, desposeído ya de los vestigios de aquella impronta intelectual y librepensadora con la que se había caracterizado la fracción burguesa local,   hasta antes de la guerra. Aguantaba el Circulo de Artesanos, aunque navegando sus últimas singladuras, antes de su definitivo naufragio. Y en el tercer punto del triangulo, geometría ajustada a su origen masón, brillaba el Liceo que se había adueñado de un amplio espectro sociológico : Industriales, financieros, ferroviarios, profesionales liberales y empleados en general. Era la Sociedad puntera por la época en la que nosotros nos moceábamos, hasta el extremo de poner tope al numero de socios, en orden a la capacidad de sus instalaciones. Su éxito se sustentaba en la vocación interclasista y en las ansias de progreso que significaron su voluntad  fundacional. Muchos emeritenses recibieron allí formación complementaria para desenvolverse en sus actividades. De esa forma era, en sentido figurado, una fragua donde se podían templar esfuerzos y capacidades de cara a la actividad laboral. Al mismo tiempo la estricta disciplina en los comportamientos lo convertían en un escuela de civismo y relaciones sociales.

     Las tres sociedades instalaban sus casetas en aquella Feria del barrio de la Argentina. El “Casino” lucia su poderío a la entrada, frente al flanco sur del Anfiteatro, de espaldas la orquesta a las escuelas publicas. El Artesano, mas modesto, pegado a la tapia del fondo sur del campo de fútbol. El Liceo se explayaba, inmenso, pegado también al “estadio”, en el solar que hoy ocupa la Escuela de Artes y Oficios.

    Si una entidad como el Liceo circulaba por la vida social emeritense con un código de valores estrictos, como correspondía a la disposición mayoritaria de sus socios, esa exigencia de moral y decoro se trasladaba, también, a su “Caseta de Bailes”, instalada en la Feria. Así es que para entrar se exigía corbata. Los jóvenes podíamos llevar una cazadora, tan a la moda de la época, de aquellas de tela de gabardina con ribetes de color en los puños y en el cuello, pero había que seguir incorporando la preceptiva corbata. Era la forma de expresar, a los cuatro vientos, que aquella sociedad era muy seria. Tanto que los forasteros invitados por los socios, con su tramite de investigación exhaustivo, quedaban impresionados por ese tono distinguido, lejano al carácter informal de casi todas las ferias.

      Aquel recinto nos absorbía casi toda la noche. Solíamos llegar, en pandilla, después de cenar y el tramite de entrada ya nos daba importancia ante algunos mirones que se apostaban a la puerta, por si acaso alguien los “colaba”. Y es que allí estaba el ambiente. Varios miles de personas, flanqueando las mesas una inmensa pista, y dos orquestas turnándose, para que el pulso alocado de aquel recinto no perdiera comba. La orquesta que marcó para siempre su impronta fue la Sur de Plasencia que polarizaba el fervor general. Cuando tocaban el “Carpintero Narciso”, al que “se le murió la mujer y otra de madera hizo”, la masa de bailones volaba, desternillándose, sobre todo cuando remataban con la afirmación de que “ni de madera son buenas”. Gracias propias del machismo circulante. Y no digo nada de aquella de “ dile a Macorina que me toque un Güiro……”, con la que la doble interpretación del nombre de un ritmo caribeño daba alas al personal para otras interpretaciones.

      Aquel universo con su tropa de servidores, camareros, “barmans”, porteros,  centraba nuestra feria. Apenas nos movíamos de allí, tan enganchados al fragor luminoso y estridente de su dinámica. Allí se diluían nuestros problemas, como la busca imperiosa de futuro, por imperativo paterno, que de momento quedaba relegado a segundo plano. Ahora tocaba divertirse. Así es que, cuando la orquesta de turno se despedía hasta la siguiente noche, salíamos de estampida en busca del chocolate con churros, la caseta del vino de Cariñena o alguna atracción de vértigo para soltar adrenalina.

       Fueron las mejores ferias de nuestras vidas incipientes. Ni siquiera intuíamos que aquella masa social protegía a sus alevines en aquel “redil” de encantamiento lúdico.  Tal vez pretendiendo, inconscientemente, entrelazar sus genes a través de nosotros. Era el viejo postulado de la defensa del grupo social. Por eso aunque los socios de orden relajaban algo su cometido fiscalizador de la moral, no dejaban de estar al loro cuando nos emparejábamos al son incitante de algún bolero.

       Nunca olvidaremos aquellas largas veladas del Liceo, cuando las Ferias de la Argentina. Fueron un transito en nuestro aprendizaje para la convivencia. Y nunca lograremos entender como esta Sociedad Cultural y Recreativa, que esa era el titulo de la añeja Institución que fundara, entre otros, Felipe Trigo, nada menos, entrara, años después, en una larga deriva, con trazas finales de naufragio. Pudo ser porque no supo adaptarse a los nuevos tiempos. O se durmió, sesteando, cegado por el fulgor de sus pasadas glorias.

 

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