«LOS POZOS»


Antonio Vélez Sánchez

Ex-alcalde de Mérida


     De toda la gran malla de recogida de aguas subterráneas, así como de la multitud de caños, para caminantes y bestias, que los romanos habían colocado en aquellas conducciones, apenas quedaban poco mas que ruinas. Donde bebíamos, en nuestras habituales correrías por los entornos de Mérida, era en los pozos. Aquellas bocas que se abrían a las frías profundidades de la tierra rendían servicio a los labradores y ganaderos  y los conocíamos, por su titulo corporativo, como “Pozos de la Comunidad”. Todos lucían una placa de metal fundido en la que se leía su pertenencia funcional al citado gremio. Los brocales desarrollaban el mismo estilo constructivo, con pilones y abrevaderos, a distintas alturas, en los que los animales saciaban la sed, mientras nosotros los mirábamos, felices ellos de colmar esa necesidad tan primaria que les otorgaba dimensión casi humana, entre las ordenes de mozos y pastores. 

      El que mas frecuentábamos estaba en la Antigua, paso obligado hacia el Vivero, y en el hacíamos la parada de rigor para empecinarnos de agua. Se sacaba con un pesado cubo de hierro, formato igualitario para todos los pozos, quizás por marcar la identidad de sus propietarios y para que nadie pudiera robarlo sin delatar su origen. El “culo” de aquel macizo recipiente estaba muy lastrado, para que se hundiera en el liquido elemento sin necesidad de voltearlo como había que hacer con otros contenedores mas ligeros. En lugar de cuerda se tiraba con una cadena de eslabones, muy cantarina al correr, encajada en una carrucha que colgaba de una viga de hierro. Una y otra vez dejábamos caer, estrepitosamente, aquel artilugio que al golpear sobre el agua parecía que abriera las entrañas del subsuelo. Luego bebíamos el agua fresca que se nos antojaba ácida, como si la herrumbre de tantos hierros le hubiera transmitido ese sabor. 

     Otro pozo fundamental en nuestras descubiertas territoriales era el que se situaba mas abajo de la Plaza de Toros, rodeado de eras y senaras de cereal, por donde arrancaba el polvoriento camino de Don Alvaro.  Ibamos a el con frecuencia, para reponernos del sudor futbolero. Aun sigue allí, en el borde de la rotonda donde resiste la escultura de una monja a la que han dejado sola. Mas adelante, superado el puente del ferrocarril y a mano izquierda, cerca de los raíles, había otro pozo que era de los ferroviarios y hoy está tapado, bajo el asfalto. De este y del que servia en la carretera, pasado el caserío, se abastecían los habitantes de “Cantarranas”. De ellos bebíamos por las primaveras infantiles en aquella casa de empleados, hoy derribada, junto al paso a nivel. En ella vivían mis tíos Narcisa y Eulalio, que era el encargado de bajar las barreras al pasar algún tren mientras nosotros, bajo la inmensa morera, veíamos como se desperezaban los mercancías o silbaban, raudos, los expresos.

     Pozos había en los caminos que cruzaban El Prado. Y en el Sapo, donde los huertos se convirtieron en asiento de naves industriales. Allí parábamos siempre, al volver de la   Charca, para resarcirnos de la caminata o del pedaleo. Otro pozo referencial gallardeaba mas allá de La Godina, en las rutas del norte, hacia Mirandilla. O junto a la Corchera, dando vista al Albarregas y al acueducto de San Lazaro. El que resistió todos los rodeos  y riadas sigue estratificado para la historia, coronado de tejas, pasado el Puente Romano, junto al celebrado merendero de Donoso, hoy del Torero. Mientras los mayores comían caracoles nosotros nos poníamos pingando de tanto cubo arriba y abajo.  

   Eran muchos mas los pozos que los que, apresuradamente, repaso en este ramillete de recuerdos de quien fue niño. Estaban en todos los caminos agrícolas y sin ellos no hubiera sido posible aquel cansino sistema de labranza. Los hombres y los chirriantes artilugios salían de madrugada, arrastrados por las bestias, para entregarse a la rutinaria labor de arañar la tierra. Los pozos eran preciado bálsamo para reponer el desgaste y sus  frescas aguas el mejor alivio para los compañeros del tajo compartido.

   Nunca mas retornará aquel modelo entre la tierra, los hombres y sus animales auxiliares. Seremos nosotros el eslabón ultimo que recordará esas imágenes, tan  habituales entonces, y tendrán los pozos un lugar de honor en aquel universo, cuyas instantáneas aun perviven en la memoria. Es verdad que había otros pozos, que daban valor de utilidad a nuestros patios y corrales, con sus flores y árboles, a los que bajábamos a refrescar, en esportillas, el vino y las sandias. Pero tenían otro carácter mas domestico y explorado. 

    Los del campo, sin embargo, se nos antojaban misteriosos por creerlos ramificados entre las profundidades de la tierra. Hasta el punto de imaginar que por ellos salió Plutón, de sus Infiernos, cuando leímos el mitológico rapto de Proserpina, o nos contaron historias de suicidas buscando el mas allá bajo el húmedo sudario. Tanto nos obsesionaron aquellos relatos que llegamos a localizar la boca del Averno, en el inmenso pozo con noria que insuflaba el poderoso pulso de vida vegetal, en El Vivero. Allí sigue, con su largo pilón de cantería, apresado entre malezas intrincadas que es como alcanzan su mas notable esplendor las ruinas. A veces, si me acerco hasta el, me inquietan aquellos recuerdos, sin poder reprimir un escalofrío cuando miro, atrevido, sus acuosas y oscuras entrañas.

 

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