Antonio Luis Vélez Saavedra


Pensaba en este artículo mientras paseaba, lo cual es una practica habitual de estos tiempos, y bastante placentera en Mérida, sobre todo si se hace por los parques fluviales, lo que se ha convertido en una costumbre muy sana y popular en nuestra ciudad. Se puede comprobar cualquier día soleado con las congestiones habituales de paseantes en el puente de La Isla sobre el Guadianilla, retenciones habituales según la DGT.

Lo hago ahora más habitualmente desde que mi hijo Alejandro se salió con la suya tras seis años insistiendo en que la familia necesitaba una mascota, constante que es mi muchacho.

Gracias a él recorro mucho más que anteriormente los parques de la isla y el Albarregas, con la excusa de que hay que sacar al Cholo, que así se llama el animalito, para dar una vuelta. Aprovecho esos momentos para deambular y reflexionar un poco, acto casi de resistencia frente al actual predominio tecnológico, frente de la velocidad de la luz de internet, moverse a 4 kilómetros por hora dando un paseo y nunca mejor dicho desconectando, nos une sin duda más a la realidad de nuestro entorno y a nuestros vecinos que la habitual conexión de fibra de alta velocidad a internet.

Ese circuito de paseo junto al río está presidido por el Puente Romano, no deja de ser un privilegio de los emeritenses y visitantes el cruzarlo y dejar volar junto a las aves del rio la imaginación, ese juntar de siglos pensando ahora en aquellos ejércitos que a lo largo de la historia han utilizado este puente como elemento estratégico fundamental, o después en aquellos rebaños de ovejas merinas en su paso por lo que era la Cañada Real Soriana, o más actualmente hasta lo que sí puedo recordar antes de su peatonalización con el paso de camiones y coches por su empedrado, o el paseo hasta el recinto ferial en el parque de las Siete Sillas, todo eso y lo que no cabe en este artículo es el puente romano.

Y es que la cadencia de los pasos y el paisaje son la llave que abren las puertas de la memoria, de una forma relajada y relacionándonos con nuestra historia y entorno, nos vincula a quienes andan a nuestro lado, nos hace más independientes al buscar espacios libres y tiempo para recorrerlos.

Es evidente que andar es mucho más que oxigenar los músculos, un gesto natural que en las ciudades históricas como Mérida, por esa operación estética consciente que pregonaban los surrealistas, hoy en día asimilada como atractivo turístico, apoyada por la impronta de aquellos que por los rutas de comercio, religión o guerra pasaron por la antigua Emérita.

El andar hoy en día digo se ha convertido en un gesto casi revolucionario, en contraposición a coger el coche para comprar pan en la tienda de la esquina, ahora andar, por la ciudad o por el campo, para ir a trabajar, el hacer un pequeño paseo por la ciudad es igualmente hacer un gran viaje por la historia del mundo, una forma de resistencia frente al urbanismo sin escala humana, una forma de ejercer ciudadanía y reivindicar el espacio público

Como decía el ínclito Antonio Gómez en otra época floreciente de cultura en la ciudad: Andar por andar cansa, dándole una vuelta a aquella idea de Machado de que se hace camino al andar, que él primer Antonio al que me refiero no discute, lo único que pide es algo de cordura y consciencia al hacerlo, aunque para ambos el andar sea consustancial a vivir.

Yo estoy de acuerdo, solo pido ropa de deporte cómoda, y calzado para la ocasión, no olviden que el pensamiento se demuestra andando..

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