Mayte Palma


La casa de la tía Julia es el único remanso de paz que queda en mi corta lista de lugares a los que acudir cuando mi espíritu sufre los altibajos de la desgana y el hastío. El hartazgo de vivir en una gran ciudad, a menudo me lleva a preparar las maletas y escapar hasta aquel remanso de tranquilidad que bien conozco desde niña. Mi tía Julia me recibe siempre con la sonrisa puesta. Avise o no, ella siempre tiene la puerta de su bendita casa abierta, como un abrazo reconfortante en los momentos malos, pero también en los buenos, y no pregunta en un principio, sólo te recibe con la algarabía que da la propia bondad y la alegría.

Ella vive aislada del mundo, en el claro de un bosque centenario a los pies de unas montañas verdes y onduladas que casi la rodean. El pueblo más cercano sólo está a unos veinte kilómetros pero los caminos, aunque ahora se parecen más a unas estrechas carreteras, serpentean hasta allí entre bosques de hayas, chopos, cedros, altos pinares y algunos campos de cultivo horadados en la falda de la montaña que se ven a lo lejos rompiendo un poco los verdes y marrones del paisanaje. No muy lejos de la casa pasa un río que nace en las alturas haciendo las delicias en verano y llenado de rugidos gorgojeantes el crudo invierno. Cuando voy llegando, mil recuerdos se me presentan como ensueños y me veo sentada en el regazo de mi madre, en aquel coche destartalado de mi tía, con mi padre de copiloto y mi hermana a nuestro lado, con su nariz pegada a la ventanilla y resoplando, preguntando por enésima vez si falta mucho por llegar. Los viajes en el pasado eran otra cosa y el tiempo desmedido desde que salíamos de la ciudad hasta que llegábamos a su casa, una aventura. Cierto es que cuando somos pequeños todo nos parece “más”, más grande, más lejos, más alto, más bonito o más feo…me da la risa si lo pienso. Mi tía iba a buscarnos con aquel enorme coche de colores chillones y mi padre dejaba el suyo aparcado en un garaje que mi tía tenía en el pueblo.

Hoy he preparado las maletas para escapar unos días. Le llevo un regalo que yo misma le he hecho en mis tiempos muertos, en esas tardes tontas en las que nada me reconforta. Ella me enseñó a tejer y a usar esa habilidad para calmar mi mente, para desarrollar mi imaginación y sobre todo para ser práctica. Siempre me dice lo mismo, “¡Si no encuentras lo que buscas, hazlo tú misma!”. También escapo de un deseo y de una decisión. Mientras hacía la maleta esta fría mañana de sábado, todas las dudas del mundo me acorralaron como una manada de lobos a un corderito. Me ha entrado el pánico, he llorado y he maldecido con un lenguaje soez a mi imagen del espejo, a su debilidad, a su fragilidad, a esas añoranzas que son sólo remiendos en un corazón roto. Encima de la mesa he dejado el ordenador encendido para terminar de escribir dos cartas, una, mi renuncia en el puesto de trabajo y la otra, la carta a Damián. Casi una semana intentando encontrar las palabras correctas, exponiendo mis sentimientos más sinceros, no dejándome llevar por los recuerdos y, sin embargo, es en los recuerdos en los que me pierdo continuamente y no avanzo…soy una barca varada en esa playa… He decidido antes de irme dejar zanjado estos asuntos y liberar mi alma de estos dolores allí con mi tía. Concluyo, me despido, firmo y envío…La suerte está echada, solo que ahora, tendré que lidiar con sus preguntas, pero tiempo al tiempo…

Voy por la carreterita y me deleito con el paisaje. A lo lejos, en los campos, veo el trasiego de personas que vienen y van, tan diminutas, que parecieran hormiguitas. Hay nubes pero el sol juega entre ellas cegándome por momentos. Con las ventanillas bajadas intento retener en mi memoria las fragancias que la lluvia ha dejado, cómo la brisa mueve la hierba y hace hablar a los árboles, como algunas gotas de la lluvia permanecen, como trapecistas, en las hojas…todo es un espectáculo vital, razones de peso para sonreír y dar gracias.

Abro la puerta de la casa, llamo a mi tía y ella sale limpiándose las manos en su delantal rojo. Su sonrisa ilumina la estancia, sus ojos me dan la bienvenida y entonces abre sus brazos y yo, como una niña que teme a la vida, se aferra a aquel abrazo como la mejor tabla de salvación en un naufragio. La tía Julia y esta casa son y serán siempre mi primer refugio.



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