Rafael Angulo

Periodista


El primer fin de semana de julio la película “Unplanned” fue la más vista en los cines Victoria de Mérida. Eso no estaba planificado pero ocurrió porque, quiero creer, esa mayoría silenciosa que conforma nuestra sociedad va dando pasitos donde libremente le apetece y no por donde le dicen que vaya. A mí la película, entrando en materia, me dejo entre pasmado y sobrecogido; pasmado de tanta gente joven en la sala; sobrecogido por la dureza de algunas imágenes que reflejan parte de la dureza de esos asesinatos que algunos llaman abortos. Las peripecias vitales de Abby Johnson que por una serie de circunstancias, nada casuales, ejerce de directora de una clínica abortista en Texas con un balance terrorífico (22.000 abortos) pero cuya conciencia durante ese tiempo estaba como aletargada entre la necesidad de un trabajo (y un salario) y una especie de ingenuidad que le hacía ciega ante la verdad, esa tenebrosa andadura vital que sin embargo le llevó al perdón y a la espernza de la misericordia. La empresa Planned Parenthood era una máquina de hacer dinero a costa de la propaganda de planificación familiar, esa diabólica artimaña de descartar vidas humanas por el sencillo método de matarlas. El proceso por el que Abbey cambia su vida con un porrazo a lo San Pablo en el quirófano (a buenas horas) está llevado con unos planos muy televisivos y unas secuencias creíbles. Es una película próvida más que antiaborto, lejos del papanatismo edulcorado o de criterios religiosos (no sale un solo cura en la película ni se escuchan argumentos eclesiales); es una historia humana (magnífico el papel del marido) y honesta pero que consigue golpearte en la conciencia (para esto hay que tenerla, claro) gracias a que va sin tapujos a contracorriente y lejos, muy lejos, de lo políticamente correcto. Sin complejos. Es una película verdadera de esas de la verdad que hace libres pero que respeta a los abortistas (y mira que es difícil) porque sus matices reflejan una situación compleja que se abordan sin posiciones preconcebidas. Sin discursos. Sólo hechos. Brutales. Si usted quiere verla, véala. Y escúchela. Vale la pena, sin planificarla.

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