«PONGAMOS QUE HABLO DE MAXI»


Rafa Angulo

Periodista


Un viejo adagio futbolístico reza que lo que ocurre en la barra se queda en la barra. Si mi esquinita del Nevado pudiera hablar relataría partidos épicos de mi equipo contra las cancheras huestes de Maxi Román. Y, de este derby, hasta aquí puedo prorrogar.

Maxi Román es un emeritense que, a veces, gana. Y quien gana a otros equipos espanta. Maxi es un tipo serio, que no es lo mismo que aburrido y hasta puede parecer un poco Pupas (o mucho, vaya usted a saber) pero cuando sonríe trasluce, en una mirada amable, una mueca de esta Mérida de broma en la que a veces lo mejor es reírte de ellos (y un poco de nosotros). Y es lo que intentamos en nuestro sanedrín del Michel donde contamos (y cantamos) dichos y hechos fríos y calientes (más bien lo tórrido) basados en auténticos escenarios reales tamizados por el disolvente del cachondeo. Y esto es un alegato al muy saludable gozo de vivir, un cántico al fútbol de cancha, a la patada a seguir duchándote con agua fría, a los campos de polvo, sudor y goles; al no me peguntes porqué me dedico a entrenar chavales a la hora de la siesta, a los sábados de ojeadores y pestorejo en la banda, al más vale perder por los extremos que por las extremidades, al “ese tío jugó en cadetes con nosotros”…quien me iba a decir años después que volvería a ver a Agustín Jímenez Villahoz reencarnado en un tal Maxi Román!. Y menos mal que es así porque si perdemos el gusto por vivir el fútbol, así de esta manera, estaremos matando el campeonato (vital), la cantera y la ilusión de tantos chavales emeritenses, orgullosos de sudar su zamarra que parecen decir: Quien mira fijamente un campo de fútbol ya está  jugando un poco.

Por eso, digo yo, necesito ir a ver al Maxi en el ágora de la Legión X mientras nos surtimos de respiración asistida, antídoto contra los cascarrabias, bálsamo para los tacaños, zumo para Muza, chupito para Diocles. Y ello pese a que este ínclito emeritense, no más verme aterrizar (como un meteorito), me atiza un “Hola” y se ríe de mí (y también de sí) con ese sarpullido que provoca el sentimiento de “Proserpina, trágame” aunque, tras la gresca y el luto, todo termina teniendo mucha gracia. Esta Mérida de barrio es la que engrandece la ciudad, puro barrio, señores y, de ese ser de barrio emanan maneras directas, frescura de listo, y lengua afilada (y suelta). Mérida es nuestro lugar en el mundo, nuestro objetivo número uno, desde el barrio hasta el Hornito (Es de Mérida y se llama Eulalia), pero Mérida no se entiende sin gentes como este Maxi Román que de manera valiente (desinteresada es poco) capitanea un equipo singular.

Y hasta aquí hemos llegado, con el articulino cerrado, la ortografía corregida y empuñando el iPhone para preguntar si han llegado ya a la barra del bar.

 

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