Amigos de Mérida………….                


Más allá de la triste estela de muerte marcada por el virus que Wuham exportó a todo el mundo, queda el residuo de las enseñanzas que nos ha obligado a aprender este excepcional periodo de miedo, solidaridad, soledad y confinamiento.

Porque este encierro decretado por el estado de alarma ha realzado la importancia de lo que nos define como humanos: nuestra capacidad de establecer relaciones.

Relaciones que en muchos más casos de los que nos hubiese gustado, ha separado la oscura muerte. Relaciones que hemos aprendido a mantener a distancia, sin el confortable calor de un abrazo, tras el frío vidrio templado de una pantalla o el rostro velado por una mascarilla. Otras mantenidas puntualmente cada día con unos héroes desconocidos que siempre han estado ahí, que viven en nuestras calles, en nuestros barrios, que han comprado el pan en la panadería de siempre y con los que nos cruzamos en los paseos.

Tras el confinamiento llegan nuevas fases en las que reconstruir relaciones quebradas. Quizás la más urgente sea retomar el pulso con el comercio local, con los bares y restaurantes que pueblan nuestras calles; acercarse al tendero que nos provee de alimentos de nuestra tierra; pedir el periódico en el quiosco y leerlo en el café del barrio. No solo se hace necesario reconstruir la economía rota de nuestra ciudad, es conveniente que reestablezcamos la relación con nuestros conciudadanos. Uno de los signos, extraño, de nuestro tiempo es la confianza que depositamos en estructuras y entes lejanos y distantes a nuestros intereses y la desconfianza hacia quienes se cruzan con nosotros en la calle. Confiamos en estudios de mercado, relatos políticos o bulos pseudoperiodísticos y recelamos de quien nos saluda afablemente. Ojalá este tiempo que nos ha tocado vivir nos lleve a ver a nuestros paisanos con nuevos ojos; sabedores de que viven las mismas miserias y alegrías que nos ha tocado vivir y sufrir.

Quizás las columnas erguidas del teatro echen de menos las miradas de asombro y curiosidad de los turistas que cada día les visitaban. Quizás necesiten para subsistir en el tiempo sin desfallecer, mantener ese vínculo invisible con los hijos de quienes en un día lejano las arrancaron de la tierra para hacerlas inmemoriales. Nuestro patrimonio es, sin duda, nuestra gran riqueza. Atrae a personas de países y ciudades lejanas. Ellas traen sus sentimientos, conocimientos y dinero; todos ellos nos enriquecen y nos impulsan a crear un entorno en el que se encuentren a gusto, tanto que deseen volver o, al menos, a animar a otros a venir. Ahora, en esta hora incierta, nos hacemos conscientes de la estrecha relación entre riqueza y patrimonio y de la necesidad imperiosa de proteger, respetar y mejorar nuestro patrimonio emeritense. Durante los muchos paseos que ahora damos, puede ser momento de caminar rutas que nos lleven a redescubrir nuestra ciudad y su entorno: la vía del agua hasta Proserpina; nuestro Anas, que discurre más allá de la isla y de la margen derecha; los parques y plazas que salpican nuestras calles, los caminos de tierra que nos alejan de ellas.

Seguro que la escena del vetusto teatro espera con impaciencia ser llenada de comedia y tragedia, música y danza. Seguro que los arcos de ladrillo del Museo quieren oír los susurros de curiosidad ante sus tesoros, tanto como las columnas del templo del foro imperial y su nuevo escenario se impacientan por compartir buenos momentos de música y teatro con los emeritenses. Seguro que las plazas aguardan la algarabía de las ferias de barrio, improvisados conciertos de aficionados o sesiones veraniegas de cine.

Nuestro patrimonio no se circunscribe a cultura, edificios y entorno natural, más allá de este, nuestro más relevante Patrimonio es la historia que nos ha enraizado a esta tierra durante veinte siglos, historia que nos ha enseñado a mantenernos unidos, sacando la gracia (o el meme) a cualquier situación, por trágica que sea; resistiendo en las más duras situaciones y sabiéndonos orgullosos de ser hijos de esta milenaria capital.

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