Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida


Casi por encanto, llegada la primavera, con las moreras vestidas, eclosionaban los huevos de mariposas, conservados en lugar frio desde el otoño. Así empezaba el sorprendente ciclo de crianza de los “gusanos de seda”.

Resultaba maravilloso observar, con la curiosidad devota de los iniciados, todo aquel conglomerado, numeroso e inquieto, de alfilerillos blanquecinos y cabeza negra encerrados en una caja de calzado y entregados a su afanoso banquete. El acarreo de hojas era un trajín continuo hacia los focos de aprovisionamiento, incluidos algunos patios escolares, para mantener aquella didáctica del pastoreo a escala bonsái.

Aparte de la alimentación, lo mas importante era limpiar concienzudamente aquellos habitáculos, que antes habían contenido unos indestructibles zapatos “Gorila”, eliminando suciedades que pudieran portar epidemias. De esta manera, si no les faltaba comida, en poco mas de un mes estaban gordos y relucientes. Incluso los dejábamos andar por nuestras manos, en las que se sentían confiados y a gusto. Era entonces cuando, oído el reloj biológico de su metamorfosis, empezaban a tejer los capullos, pegados a las paredes o a las ramitas secas que les colocábamos.

Al observar su frenética actividad, elaborando una celda de clausura color amarillento, no podíamos dejar de recordar a Marco Polo y de cómo consiguió sacar, de la legendaria China, unos cuantos capullos con sus dormidas crisálidas, enganchando a Europa en la milenaria cultura de la seda. Gran emoción nos embargaba, al pensar que hacíamos con naturalidad algo que, tan aventuradamente, había cambiado el mundo. La diferencia era que nosotros dejábamos salir a las mariposas, rompiendo triunfalmente el capullo y tornándolo inservible para ser tejido.

La “mariquita de siete puntos” nos resultaba muy simpática, pues aparte de su gracia natural, sabíamos que colaboraba con la agricultura, devorando pulgones a porrillo. Al ponerla en la mano correteaba con toda confianza, como si supiera que estaba en territorio amigo, y cuando la invitábamos a volar, con palabras mágicas que inventábamos, abría sus élitros coriáceos y batiendo unas alas delicadísimas, emprendía vuelo hacia algún lugar vegetalmente seguro. Era así para nosotros, desde su libertad, una verdadera mascota a la que admirábamos, en el deseo de que fuera la “Campanita” de Peter Pan, aunque supiéramos que solo era posible en la películas de Walt Disney.

El “escarabajo pelotero” trajinaba con su carga, rodándola en una extraña posición de patas arriba, cabeza abajo y marcha atrás, enfrentándose a todos los infortunios imaginables, incluyendo nuestras detenciones, para obligarlos a competir en carreras hasta una meta rayada en tierra. Abundaban en la misma medida que hubiera buenos plastones de vaca y les teníamos la consideración que, según los maestros, le otorgaba su utilidad de basureros, sabiendo que las bolas eran cámaras para sus larvas, que con ellas se alimentaban bajo tierra. Así es que nunca los aplastamos, como hacíamos con las cucarachas o “curianas”. De todas formas nuestro respeto era de afecto y reconocimiento a su trabajo, no una cuestión ecológica, porque lo mas que se entregaba entonces al proceso “biodegradable” eran cuatro cartuchos de papel de estraza que habían contenido garbanzos, churros mañaneros o unos filetes.

Los “curitas” cruzaban los caminos con decisión suicida, invariables en su trayectoria, y a pique de ser despanzurrados a pesar de su apariencia de ferrobuses, largos redondos y bien pintados. A las moscas que atrapábamos, con una veloz maniobra de abrir y cerrar la mano, las hacíamos volar con una aleta de papel pinchada por atrás, para distracción general de las aulas, sobre todo cuando tocaba matemáticas. Los mosquitos eran grandes aficionados a los cines de verano y si las películas no eran de su agrado nos picaban con verdadera mala uva.

Las Mantis religiosas o “santateresas” nos infundían temor, por su parecido a los marcianos que salían en aquella película de “la guerra de los mundos”, el famoso argumento de H.G.Wells, con el que Orson Welles, desde la radio, provocó la histeria de los americanos, haciéndoles creer que la tierra era invadida por platillos volantes. Al conjuro mental de aquellas imágenes del celuloide, que vimos aterrados en el Trajano, dejábamos en paz al inquietante insecto.

Entre todo aquel universo de pequeñas criaturas, donde las hormigas acarreaban, las abejas industrializaban y las cigarras trovaban, a nosotros nos apasionaba cultivar orugas, lejos de sobresaltos depredadores, en el cobijo seguro de una caja de zapatos, con el único afán de sentirnos sus dueños y observarlas. Nos conquistó, también, el escarabajo pelotero, echándose el mundo a las espaldas, sin mas horizonte que la supervivencia entre excrementos. Como algunos humanos.

Y aun sigue encandilándonos la “mariquita de siete puntos”, Superman en miniatura, porque cada vez que abre su doble capa sabemos que emprende un seguro vuelo, en busca de la justicia atemperada de los héroes.

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