opinion felixFélix Pinero

Periodista y escritor


 

                Elizabeth Boyle O’Reilly (Boston, 1874; Nueva York, 1922), hispanista estadounidense de la arquitectura, publicó en 1910 un libro titulado Heroic Spain (España heroica)[1], en el que narra su estancia en Mérida durante la Semana Santa, seguramente de 1908, según recoge José Luis Sánchez en una publicación de viajeras extranjeras por Castilla la Vieja y León, la mayoría anglosajonas[2], también citado por Jesús A. Marín Calvarro en su conocido trabajo sobre los viajeros ingleses por Extremadura[3], en el que alude a los viajes realizados por la señora O’Reilly y «cómo se alegra enormemente de abandonar la bulliciosa Sevilla durante la Semana Santa y retirarse durante unos días a la poco frecuentada Extremadura».

            Principia la señora O’Reilly este capítulo [4] afirmando que «literalmente agotadas por el barullo de la Semana Santa de Sevilla, cogimos el tren de por la noche de aquel frío y lluvioso Viernes Santo y dejamos atrás el alboroto andaluz». Tras bajarse del tren, se encuentran en «un humilde lugar…, con unos cuantos miles de habitantes, pero hasta el siglo IV, una espléndida ciudad romana, la capital de Lusitania. El castillo construido por los romanos, árabes, caballeros de Santiago y obispos; el teatro, el acueducto, el puente, el arco del triunfo y las termas,  muestran lo que antaño fue. No podíamos haber visitado esta solitaria provincia en un momento más feliz». Define la viajera americana lo que observa: «Campos de flores hacían que el paisaje fuese tan bello ahora como Umbría o Devonshire; los campos de trigo, siempre tan articulados y hermosos, tenían su propio encanto incluso después de la magnífica eclosión de rosas y azahares un mes antes en Sevilla.»

            Según la viajera americana, Mérida es pequeña, frugal y limpia, como son la mayor parte de las ciudades españolas. Mientras la explorábamos la gente nos saludaba con amables «Vayan ustedes con Dios»… «Para no perder los servicios religiosos del sábado santo me apresuré hacia la catedral. Había un viejo órgano agrietado y el canto no era mucho mejor, pero los devotos y emotivos campesinos se levantaban y arrodillaban, arriba y abajo, durante la larga ceremonia del ¡Fletamus genua! ¡Levate! de aquel día y las campanas prorrumpieron en un ruidoso clamor que parecían lograr de modo tan personal por todas partes en España. Tal vez resultó un poco desagradecido, pero fue sin el menor pesar que pensé en la exhibición que tenía lugar a la misma hora en Sevilla.»

            La señora O’Reilly y sus acompañantes se habían acercado a Mérida para ver las ruinas romanas, «las mejores en la península», y afirma que se hallan en un lugar más afortunado que la de muchos sitios, «ya que no hay ni los bulliciosos cafés ni los coches eléctricos de Nimes o Verona. Paestun es más poético, Baalbec cien veces más grandioso, pero Mérida, un día de primavera de lluvia y sol, es un lugar ideal para reflexionar y pasear». Alude la viajera a los restos que se encuentra en su caminar y apunta sus impresiones: el templo de Marte y las columnas estriadas  de un templo de Diana convertido en una casa medieval; el anfiteatro, que acogía una pastoría de cabras dormidas a sus anchas en el cálido cobijo de su óvalo y el famoso teatro, conocido como Las Siete Sillas por las siete divisiones de sus asientos superiores que lo coronan  como una diadema, «se mostraba animado con  amapolas y botones de oro». Y también reflexiona sobre las gentes y sus formas de vida descritas por Cervantes: «Nunca hubo seres humanos más dulces que aquellas niñitas de Mérida, aquellas madres, aquellos chicos grandes y medio torpes cuyos ojos de gacela nos miraban inquisitivamente y después otra vez a nosotros con placer por nuestro reconocimiento de lo que también ellos consideraban lo más bello.»

            Refiere la viajera americana «el adorable abril de la primavera» de Mérida. Se resisten a marcharse. Leen a su audiencia acontecimientos pasados de su ciudad, cuando los ejércitos de los emperadores marchaban a lo largo de la calzada romana que conducía desde Cádiz al norte… «Luego les leímos del periódico del día que en Madrid el jueves santo, dos días antes, el rey había lavado los pies de una docena de hombres y luego les había servido a la mesa ayudado por los grandes de España, y que el viernes santo había puesto en libertad a varios criminales. Cuando las palabras del obispo retumbaron en la iglesia. Señor, las leyes humanas condenan a estos hombres a muerte, don Alfonso contestó con voz conmovida: Yo les perdono y ¡que Dios pueda perdonarme a mí!» y añade: «!Muy moderno con su automóvil, su juego del polo, su modo relajado de ser, este encantador monarca es uno con su pueblo, rebosando simpatía, con modos que simbolizan las emociones del alma y del corazón.»

            Es llegada la hora de la partida. No se olvida la señora O’Reilly del puente mandado construir por Trajano y «el acueducto majestuoso que se alza sobre campos de trigo y amapolas» en un último paseo con la compañía de «nuestros pequeños amigos»… y los acostumbrados saludos de «buenas tardes». «Mérida –concluye– es demasiado pequeña como para que los visitantes que pasen un día allí no hagan amigos entre su amable gente.» Y cogen un tren nocturno hasta Cáceres para pasar «el tranquilo y santo Domingo de Resurrección»… cuando el sol ya se hubiere puesto tras las sombras del acueducto.


 

[1] Boyle O’Reilly, Elizabeth: Heroic Spain, Duffield y Co., 1910, págs. 145-352-356-363.

 

[2] Sánchez, José Luis: Viajeras extranjeras en Castilla la Vieja y León 1900-1935, Regio Editorial, en El Norte de Castilla, de 07/05/2015

 

[3] Marín Calvaro, Jesús A.: Reflexiones históricas en los diarios de los viajeros de habla inglesa a su paso por Extremadura, en  Norba, revista de Historia, vol. XVI, 1996-2003, págs. 565-577.

 

[4] Marín Calvarro, Jesús A.: Viajeros ingleses por Extremadura (1760-1910), vol. II, Diputación de Badajoz, 2004, capítulo XVI, págs. 207-212.


 

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