Ramón Carbonell

Portavoz Mérida Participa (Podemos)


El pasado 20 de junio en la Plaza de España de Mérida, la imagen de unas sillas vacías mostraba con rotundidad la descorazonadora imagen de quienes no pueden llegar a salvar sus vidas, que en definitiva eso es el refugio, salvar la vida, en nuestro país, por las restrictivas políticas de asilo del Gobierno de Mariano Rajoy. Cada una de las sillas albergaba hueco suficiente para miles de vidas, las que podrían estar en España y cada día desaparecen ahogadas en esa sepultura inmensa que es el Mediterráneo, o se desgarran la piel en las vallas de Ceuta o Melilla para ser devueltas de inmediato a un Marruecos que viola sistemáticamente los derechos fundamentales de las personas migrantes, y terminen siendo deportadas a las estribaciones del desierto, abocándolas a una muerte casi segura. Las sillas vacías eran un aldabonazo en nuestras conciencias, pero al igual que conmovía esa imagen de desolación, también removía las entrañas, pero esta vez de manera esperanzadora, las voces se alzaban demandando acoger, y además hacerlo de una manera inmediata.

El acto, que estaba organizado por la Plataforma SOS Personas Refugiadas, integrada por un buen número organizaciones sociales, sindicatos y partidos políticos que entienden que las personas que solicitan asilo no pueden esperar más, convocó a cientos de emeritenses, que no dudaron en ofrecer generosamente su solidaridad para hacer de nuestra ciudad un lugar de acogida. Y esto no es algo extraño en la ciudad, Mérida ha sido un referente de esa conjugación de fraternidades, mezcla de hospitalidad, amparo y protección que supone el refugio. Hubo un tiempo que el corazón de nuestra ciudad bombeaba sangre de colores, y sus latidos marcaban un pulso de ritmos africanos, latinoamericanos y orientales. Ese corazón era del centro de acogida para personas refugiadas que se encontraba a cargo de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) desde finales de los noventa hasta 2010. Allí llegaron huyendo de la muerte, la guerra, la tortura, la persecución religiosa, política o por orientación sexual personas de Honduras, Somalia, Sri Lanka, Rusia, Colombia, Afganistán, Costa de Marfil, Gambia, Siria, Sudán y tantos, tantos países que se nos agotaría el espacio para expresar lo que queremos decir. Y muchas personas de las que llegaron, salieron del centro como vecinos y vecinas de esta ciudad, Mamadou, Denisse, Jan, Diana, Ricardo, Azad, Amin, Annie, Darwin, Kyril, Anton, eran nombres propios, que sonaban ajenos y que de pronto se hicieron cotidianos. Sus hijos e hijas empezaron a compartir colegio con los nuestros. Nos empezamos a encontrar en el supermercado. En las reuniones de la comunidad de vecinos se escuchaban nuevos acentos, mientras que en la sala de espera del centro de salud encontrábamos trajes con colores inimaginables. Y casi una cincuentena de voluntarios llegaron a colaborar desinteresadamente en las actividades de acogida, removiendo conciencias y activando redes solidarias. Incluso Mérida llegó a ser la sede de un Foro Social de Migraciones que nos puso a la vanguardia de las ciudades que abogaban por la interculturalidad. Pero llegó la crisis, y las políticas neoliberales de recortes inhumanos con quien primero se cebaron fue con aquellos que menos iban a alzar la voz. Y el centro de refugiados se cerró. La falta de trabajo hizo que muchos de nuestros nuevos vecinos y vecinas se marcharan, y se perdieron acentos, colores, sabores, ritmos, en definitiva, la riqueza cultural.

Pero desde abril, el centro de refugiados, ese que hacía latir a Mérida a ritmo de tantas culturas, ha vuelto a abrir, esta vez de la mano de Cruz Roja. Sin duda es un buen principio para volver a hacer de nuestra ciudad un referente en solidaridad y acogida. Si a eso sumamos la extraordinaria labor se sensibilización que ha hecho la Plataforma Refugiad@s Extremadura encontramos que Mérida puede ser un buen sitio para que las personas refugiadas puedan rehacer sus vidas. Pero ahí nos topamos, con que por más que nos hayamos declarado ciudad de acogida, las personas refugiadas no llegan. Por eso, animamos a declarar a nuestra ciudad en rebeldía contra aquellas políticas criminales que impiden que lleguen más personas refugiadas a nuestra localidad, a nuestro país. No podemos seguir permitiendo este drama. Y hay ejemplos, las llamadas “ciudades-santiuario” en Estados Unidos, que han manifestado su desobediencia a las leyes migratorias de Donald Trump. En España, los ayuntamientos del cambio preparan estrategias en ese sentido, y en Mérida el gobierno municipal debería tomar nota para unirse a esa marea de solidaridad. Para que en Mérida no haya sillas vacías mientras las pueda ocupar un refugiado, una refugiada.

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