Félix Pinero

Escritor y periodista


            opinion felixDistintos medios nacionales e internacionales han calificado de «golpe de Estado» la operación de derribo del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, llevada a cabo el pasado domingo (02/10/2016), por el denominado sector crítico del partido. La expresión «golpe de Estado» es un calco de la expresión francesa coupe d´ État, la usurpación violenta del gobierno de un país, o la actuación violenta y rápida, generalmente por fuerzas militares o rebeldes, por la que un grupo determinado se apodera o intenta apoderarse de los resortes del Gobierno de un Estado, desplazando a las autoridades existentes, según el Diccionario de la RAE. El «golpe de Estado» es entendido, en fin, como una violación de la legalidad institucional vigente en un Estado por parte de un grupo de personas que pretende, mediante la fuerza, sustituir o derrocar al régimen existente, sustituyéndole por otro propicio y generalmente configurado por las propias fuerzas golpistas.

            ¿Podríamos considerar la semana negra del PSOE, que concluyó el pasado domingo con la dimisión de su secretario general y la constitución de una comisión gestora, como un golpe de Estado? En modo alguno, aunque así hayan querido verlo algunos medios informativos nacionales e internacionales. The Guardian, por ejemplo, consideraba lo ocurrido en el seno del PSOE como «un intento de golpe de Estado» con dos claros objetivos: derrocar a Pedro Sánchez y terminar con nueve meses de estancamiento electoral»;  The Washington Post lo calificaba, en cambio, de revuelta; Le Monde, de guerra abierta; Liberation, de guerra fraticida (elconfidencial.com, de 30/09/2016); sin embargo, medios nacionales hablaban directamente de golpe de Estado: «Golpe de Estado de parte de la Ejecutiva del PSOE contra Pedro Sánchez» (diagonalperiodico.net, de 28/09/2016); «Brutal levantamiento de la militancia del PSOE contra los golpistas» (Esdiario­­_com, de 28/09/2016). El que fuere candidato socialista a la Presidencia del Gobierno, Josep Borrell, echaba por tierra el sintagma aplicado a los acontecimientos vividos la pasada semana al decir: «Si lo que está pasando en el PSOE, es un golpe de Estado, está organizado por un sargento chusquero» (el mundo.es, de 30/09/2016), queriendo expresar de este modo que un suboficial con apenas mando y sin tropa armada no puede dar nunca un golpe de Estado, añadido a las conspiraciones y marrullerías cometidas en el presunto intento por parte del sector oficialista, que ha abochornado a cualquier militante de buena fe.

            El golpe de Estado constituye una violación y falta de reconocimiento hacia la legitimidad constitucional, ya que atenta contra las reglamentaciones legales de llegada y permanencia en el poder. Es preciso distinguir, empero, dos grandes tipos de golpes de Estado: el institucional, aquel que tiene lugar cuando llegan al poder ciertos integrantes del propio partido en funciones (pero el partido no está en funciones, fue la directiva restante la que así se denominó, figura no contemplada en los estatutos) mientras que el golpe de carácter militar es concretado por las Fuerzas Armadas. Así, entre los golpes más importantes de la historia reciente destaca, por ejemplo, el del general Franco, al sublevarse contra el legítimo gobierno de la II República, que condujo a la Guerra Civil; o el protagonizado el 25 de abril de 1974 por los capitanes de la revolución de los claveles que terminó con el régimen dictatorial salazarista en Portugal; o el intento de golpe de Estado fallido protagonizado por el teniente coronel Tejero, el 23 de febrero de 1981, frustrado gracias a la intervención del rey Juan Carlos, capitán general de los Ejércitos.

            Más bien tendríamos que hablar de golpe de mano que, según el Diccionario de la RAE, «es una acción rápida e imprevista que altera una situación en provecho de quien da el golpe», aunque estuviere de más, en este caso,  en la definición el adjetivo «violenta», que no fue el caso. Los oficialistas intentaron parar el golpe con mil y una artimañas –incluida la urna escondida, o las interpretaciones del reglamento– que para nada sirvieron tras una votación adversa para el secretario general y sus lugartenientes, que querían dilatar el proceso a toda costa.

            Ni siquiera la presidenta de la Mesa del Comité Electoral, Verónica Pérez,  acertó al decir: «En este momento, la única autoridad que existe en el PSOE, soy yo, les guste o no» (politica.elpais.com, de 02/10/2016). Pues no, porque, tras dos horas de espera, no fue ni recibida. La autoridad era, hasta el momento, el secretario general, que no había dimitido ni hubiere sido cesado. Usted, como presidenta, tiene una labor moderadora, porque los acuerdos los toma el Comité Federal en pleno. Nos recuerda el episodio  una de las frases más conocidas de la intentona golpista del 23/02/1981, la del capitán Muñecas –condenado a cinco años por su participación en el asalto al Palacio del Congreso–, cuando, desde la tribuna del hemiciclo, se dirigió a los diputados para anunciarles la llegada de «una autoridad competente, militar, por supuesto», que se iba a hacer cargo de la situación (elperiodico.com, de 05/12/2013). Ni los militares son autoridades, sino mandos, al servicio del pueblo, y no para rebelarse contra él con las armas que les fueren entregadas, como tampoco lo fuere Verónica Pérez al proclamarse «única autoridad»; ni los miembros del Comité, que interpretaban, cada uno a su manera y a su favor, los artículos del Reglamento. «O sea, esténse tranquilos» (sic, capitán Muñecas, el 23-F). Ahora, a coser y zurcir, que les espera una larga travesía del desierto…

 

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