«TERTULIAS DE BARBERÍA»


ANTONIO VELEZ Antonio Vélez Sánchez

Ex-alcalde de Mérida    


         

 Pocos oficios hubo tan proclives a la conversación y el gacetilleo como el de los barberos. En sus dominios se hablaba de todo. De lo divino y de lo humano. Del costo creciente de la vida, de los premios de los cupones de los ciegos, del resultado  del equipo de fútbol que navegaba por el sórdido pozo de la tercera, de que si en tal sitio habían recolectado una calabaza de ocho arrobas o que un cliente habitual, jubilado de Renfe, pescó una carpa de ocho kilos. 

      Los barberos eran comedidos y respetuosos con el mando. Sus tertulianos también, porque solían ser gente de orden y de posibles. La tropa se afeitaba en casa, sobre todo  desde que se popularizó la hoja “Sevillana”, al alcance de cualquiera.  No eran tiempos para andar con chistes y un buen barbero tenia que ser un altavoz discreto de los acontecimientos, mientras enjabonaba el rostro del parroquiano habitual o blandía la terrorífica navaja, con la levedad de una pluma. Ahora dando una pasada y limpiándola en el papel de estraza, luego subiendo de la nuez a la barbilla, con la tensión mascándose en el espacio intermedio entre el maestro y su paciente.

     Nosotros, mientras esperábamos turno, en la barbería de Guillermo, travesía de la Rambla, cerca de “Los Porrones”, observábamos extasiados todos aquellos movimientos, en la afilada frontera entre el virtuosismo y el riego, angustiados por si se producía un fallo. O viendo afinar el peligroso instrumento, contra una badana tensa, con el brazo oscilante del más consumado violinista. De la misma forma que observábamos el ir y venir del aprendiz, con las vasijas de agua y los restos de la faena o barriendo un suelo plagado de mechones fragmentados.

     Con los niños había pocos miramientos. En aquella sociedad los piojos no andaban lejos, esperando su oportunidad. Así es que como correteábamos por todos los “andurriales” nos metían a fondo la maquinilla para restar opciones a los molestos parásitos. Luego de “mocitos”, con las lociones milagrosas del DDT, nos dejamos melena  para vengarnos de aquella humillación infantil, cuando nos amarraban al cuello un “babaté” verdoso y entraban a saco con aquella trilladora capilar de dentelladas  metálicas.

     Mérida como ciudad pequeña contaba con multitud de barberías, cada una con su  clientela que en general era de fidelidad a prueba de rasguños y trasquilones. A los patronos, por aquello del tono social, los afeitaban en su despacho mientras leían la prensa. También había en el arte de rasurar mucha economía sumergida, de forma que en las casas aterrizaban profesionales del ramo, mas o menos diestros, que metían  la tijera, la maquinilla o la navaja, según los casos, en plan de pluriempleo y a “salto de mata”.

    En general las barberías tenían sus símbolos gremiales colgados a la puerta y alardeaban crecientemente de las modernidades mas impactantes o de las ultimas técnicas llegadas de Paris, en cuestión de cortes, como el novedoso a navaja o las lociones nutritivas y preventivas de alopecias y caspas, aunque eso de quedarse calvo, según decían algunos maestros, era cosa mas bien hereditaria y solía venir a su tiempo y  por derecho. También anunciaban las excelencias del nuevo mobiliario, articulado y confortable, de la higiene a prueba de contagios y, sobre todo, de la solvencia de sus empleados.

    Ir al peluquero era como ir al dentista. La tarea del oficial que te “arreglaba” era recomendar continuamente que te estuvieras quieto, que no movieras una ceja, por si un  traspiés de las tijeras te costaba un muerdo en la oreja. El caso es que desde que te sentabas, y a pesar de tanta advertencia, no dejaba de picarte todo el cuerpo. Así es que cuando te quitaban el “babero” salías  de estampida, resoplando y liberado de aquella mordaza, sin dar tiempo a que el aprendiz te cepillara la espalda.

    Contaban los mayores que de antiguo los barberos también sacaban dientes, casi siempre en vivo y amarrando a los niños al sillón para inmovilizarlos, ante el trágico panorama. Igualmente, sangraban para aliviar las arterias. Incluso un Maestro de Escuela  nos contó que Mérida había dado uno de los más famosos barberos de la historia. Fue Hernando de Bustamente, barbero y cirujano de la Nao Victoria, la que capitaneaba Juan Sebastian Elcano. Junto con el y un puñado de marineros volvió a Sanlucar de Barrameda, en mil seiscientos veintidós, tres años después de haber iniciado la primera vuelta al mundo. Un virtuoso del serrucho, cortando extremidades o encajando patas de palo, aquel emeritense que fue amigo personal y albacea testamentario del marino de Guetaria, que  habló con el Emperador e incluso pleiteó largamente por sus derechos. Aunque esa es otra historia.

     Aquí lo que ha tratado este esforzado cronista, desde el almacén  de su memoria, ha sido rendir homenaje a unos maestros que aprendieron su profesión y la trasfirieron a sus hijos, pues casi siempre fueron sagas familiares las que manejaron la brocha, la navaja, las tijeras y el peine.  Que infundieron alma a sus calidas oficinas, mentideros de la actualidad, mientras paseaban la navaja por el cuello rendido de sus  parroquianos, como si tal cosa, mientras evitaban cualquier estridencia en los tonos de la conversación, más que nada para restar tensión al trance. Que aguantaron nuestros pateos, nos dieron las mejores versiones de los acontecimientos y nos abrieron las puertas de las lociones y el cambio de imagen, certificado en el espejo, por delante y por detrás. Así permanecen aun, estratificados en la memoria colectiva, con sus manías, sus grandezas y aquella avezada habilidad parlamentaria que siempre lucieron ante sus parroquianos.

 

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