Antonio Vélez Sánchez

Ex-alcalde de Mérida


Tomábamos el camino del desmonte de los “franceses”, saltando sobre las traviesas y haciendo equilibrio por los raíles , paso tras paso , los brazos extendidos como funambulistas y el corazón en un puño por si , de pronto , aparecía un mercancías al final de la curva. Cruzar la trinchera , tan pegados a las paredes y tropezando contra las piedras sueltas de los senderos , nos angustiaba al máximo. Así es que cuando salíamos , torciendo a campo abierto , nuestro alivio se podía medir. Tanto que a la vista de la señal que obligaba a “silbar”, a los convoyes que entraban , nosotros seguíamos fielmente sus instrucciones y atacábamos , a labio partido , las canciones de Joselito , “El pequeño ruiseñor”.

Enfilábamos la larga recta , a cuya izquierda quedaba “Cantarranas” con su grupillo de casas . Solíamos ver por el trayecto a un pastor , republicano y manco , al que admirábamos desde que supimos que enseñaba a leer y escribir a los niños que no podían ir a la Escuela.

Íbamos superfelices , cabalgando sobre un Domingo incipiente , comenzado el verano y sin agobios de libros escolares. Los hinojos , ya espigones , nos regalaban sus cabelleras verdes , frescas y mentoladas , para masticarlas cansinamente. El huerto de un ferroviario , cercado con traviesas y cañas , nos incitaba la curiosidad y el deseo , especialmente por las alcachofas que ya pimpolleaban soberbias , por docenas , en las puntas de las matas. Y las lechugas , bien atadas para enternecer sus pudorosos interiores. Allí estaba el hombre , con su calva , el “zacho” y un botijo , observándonos en actitud controladora , en un “por si acaso” previsor , ante el paso de tan singular cuadrilla.

Mas adelante nos entreteníamos un rato en el pozo de la “ Comunidad” , al pié del terraplén , manipulando la carrucha y el pesado cubo de hierro , hasta empacharnos de agua fresca. Desde allí tomábamos un camino polvoriento que nos separaba del ferrocarril y nos acercaba al río. Los jaramagos y cardos secos constituían la selva , a escala reducida , de una fauna pequeña y zumbona que no perdía comba en sus rituales amorosos o en el arte de la caza. El rio estaba a la vista y el olor a humedad , peces y junqueras llenaba nuestros pulmones de promesas. Los sauces y otros arboles de ribera señalaban la meta de nuestra excursión mañanera.

Era un “microembalse”, separado del río , que nosotros bautizamos con el familiar nombre de “ la charquilla” , porque apenas mediría treinta metros por una docena de anchura. Su origen habría que buscarlo en la extracción de arena , transportada luego en unas camionetas chatas que , según contaban , vinieron de Rusia cuando la guerra.

Llegados a nuestro paraíso secreto , en la felicidad de una mañana de Domingo , misa de diez bien cumplida , comenzábamos a disfrutarlo sin perdida de tiempo. Mecánicamente , con el jolgorio y las prisas , nos desnudábamos para zambullirnos en sus aguas caldosas. Luego nos tumbabamos al sol , bien rebozados de arena para tapar nuestras vergüenzas.

Estaba “ la charquilla” repleta de unas algas que popularmente llamábamos “ovas”. Sus largas , peludas y babosas rastras nos infudian gran pavor , en la creencia de que podrían apresar nuestras piernas y engullirnos hasta el Averno. Por eso nunca nos atrevimos a buscar el fondo de aquellas procelosas aguas , por lo que pudiera pasar. Y cada vez que atravesábamos aquellos doce metros , entre la osadía y el miedo , compartíamos una aventurada medalla para el recuerdo colectivo.

En ese ritual estábamos cuando , de lejos , llegaron gritos que nos forzaron a salir al borde del embudo arenoso. Era Pepe Ceballos que venia en bicicleta. Habia tenido que esperar el ABC de Madrid , para un tío suyo. Pepe llegaba pedaleando como un desesperado , para ganarle algún tiempo a la inesperada tardanza.

Para aumentar nuestra tensión .vimos como se atascaba la bicicleta en las blanduras de los aluviones y el tomaba el relevo, a escape libre y enarbolando el periódico , como un personaje de las películas de risa que veíamos en el gallinero del María Luisa. Nos había escuchado chapotear , cien metros atrás , y no podía reprimir las ganas de meterse en aquella cazuela comunal. ¡¡ Que voy , maricones , hacedme sitio , que me tiro de culo ¡¡.

Así , vestido y aireando un periódico monárquico , venido a menos por exigencias del guión , entró Pepe Ceballos en nuestra “charquilla”, volando terraplén abajo. Seguro que ni una carga del Séptimo de Caballería , con Errol Flynn al frente , nos hubiera impresionado mas que aquel arranque incontrolado.

Secamos con mimo , sobre los matojos , aquel periódico descuajaringado para comprobar , con estupor , que había aumentado de volumen exageradamente . Así es que lo “ planchamos “ con piedras , en un fallido intento de devolverle su primitiva galanura. Pepe iba a tener serios problemas por el percance y aceptamos que aquella tarde tendríamos que apechugar con sus gastos.

Arrancamos con tiempo , para llegar a casa a la hora de comer. El hombre manco rumiaba una derrota , algo lejana , sentado sobre un cancho . Nos esbozó una sonrisa de tristeza , casi sin mirarnos. Unos abejorros pasaron a escape libre , como queriendo poner un nota de ruptura a tantas desgracias. Con el sofocón , apenas les hicimos caso.

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