Mayte Palma


Dicen que la vida da muchas vueltas y que uno recibe lo que da, pero en aquel momento, Víctor, esperando desesperado en el sillón del despacho del abogado, solo tenía pensamientos negativos. Retorcía el papel de publicidad que había encontrado en el limpia parabrisas de su coche, con sus manos sudadas, mientras miraba el infinito en la horrible planta de plástico que había frente a él. El olor en la sala de espera era dulzón y muy cargante, con unos muebles oscuros, pasados de moda y bastante envejecidos. Afuera el gentío se desperezaba en un nuevo día donde el calor hacía acto de presencia desde bien temprano. Como suele pasar, el tiempo se ralentiza cuando tienes prisa, y Víctor la tenía. Cuando el abogado abrió la puerta del despacho, una humareda, como de club de alterne, salió tras él y aquella sonrisa amable que conocía bien. El letrado, Don Armando Vázquez Montaña, lo saludó efusivamente con unos golpecitos en la espalda, instándole a entrar y acomodarse en uno de los sillones que había frente a la enorme mesa de despacho. Tras la mesa, un gran ventanal daba una panorámica hermosa de la ciudad que chocaba un poco con el ambiente que se respiraba allí dentro. El letrado fumaba puros cubanos con uno olor que le mareaban. Víctor se sentó, dejando a un lado su maleta y en su regazo, una carpeta verde oscura, donde llevaba todos los papeles que su amigo le había pedido.

Unos meses antes, Víctor llevaba una vida normal. Su trabajo no es que fuera la panacea pero estaba conforme y el sueldo era bueno. Vivía en una bonita casa con todas las comodidades; tenía su propio gimnasio, una piscina para el verano y una empleada del hogar que dos veces por semana la mantenía en orden y limpia. Iba a cumplir cuarenta años y lo único que le faltaba era enamorarse. No es que fuera un hombre aburrido, triste, o mal parecido, si cabe, tenía cierto aire de dandi que gustaba a las mujeres. Había tenido algunas relaciones, no muy largas, que siempre terminaban de la misma manera; en el aburrimiento y la decepción de las damas que huían, dejando tras de sí una bonita amistad. Víctor no era hombre de hacer dramas, más bien se sentía aliviado por no ser él el que tomara la iniciativa de romper. Hasta que apareció Eva.

A Víctor le quemaba el sillón y no dejaba de mirar el reloj en su muñeca mientras, Don Armando, le contaba cosas de su hijo que había dejado la carrera y se había ido a ver mundo… Le cortó de lleno y zanjaron el motivo por el que aquella mañana tan temprano estaba allí. Todos los papeles estaban en orden y la sentencia, con seguridad positiva, saldría en unos meses, fue lo que le prometió su amigo abogado de sonrisa bonachona, pero él no se fiaba. El avión salía en una hora y ella le estaría esperando con las maletas preparadas.

Eva se cruzó en su vida como un huracán inesperado. Se conocieron en unas jornadas de trabajo en Londres y, aunque al principio ella no le hacía mucho caso, aquellos días trabajando, prendió la mecha. Eva era una mujer tremendamente extrovertida, alegre, divertida, muy vital y entregada a su trabajo lo justo. Su forma de ver el mundo iba mucho más allá de lo que Víctor nunca podría haber imaginado y sin darse cuenta se enamoró de aquella mujer hasta los huesos. Pero Eva tenía un secreto. Cuando llevaban casi cinco meses de relación ella se sinceró una noche después de una cena donde, tal vez la última copa, le había dado las fuerzas. Eva tenía una hija de cinco años, fruto de una corta relación cuando empezaba a trabajar. El padre de la criatura era el que fuera su jefe, un hombre felizmente casado que la enredó, como muchos, en unas promesas que jamás se cumplirían. Víctor abrió los ojos y apretó los dientes. Eva agachó la cabeza y por primera vez, desde que la conocía, la vio llorar amargamente.

Antes de irse del despacho, Víctor agradeció a su amigo toda la ayuda recibida. Pedir la custodia de un menor era una cosa que a él se le escaba y, estando la niña con un familiar, podría ser más difícil si la madre, por cuestión de trabajo, no era viable que pudiera cuidarla. No era cuestión de dinero, sino de tiempo.

Eva esperaba en la puerta de su casa con una pequeña maleta la llegada de Víctor. No era una luna de miel al uso, iban a ir a ver a la niña con la noticia de que “sus padres” volverían a por ella cuando las nieves llegaran a la ciudad…

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