Mayte Palma


Recostada a los pies de la cama veía hincharse las cortinas, como si de pronto las preñase el viento caliente que soplaba del sur. Sentía una profunda tristeza que poco a poco se iba disipando a medida que el horizonte se tragaba una tarde más. El sol en su inevitable puesta, aquel nuevo ocaso pictórico era una visión que no le gustaba perderse. Desde su cama, cual bote salvavidas, observaba cuando la cortina levantaba el vuelo en aquella enorme estancia, aquellos últimos rayos de luz rojizos que iban dando paso a la oscura noche, bajo el aire enrarecido del ventilador de techo.

El ruido mundano dejaba paso al silencio en las calles. Los edificios, de pronto, eran simplemente largas y estrechas formas geométricas que dibujaban un magnífico cuadro cubista y, lentamente, la ciudad se llenaba de luciérnagas urbanas parpadeando hasta que, en un segundo, quedaban fijas para iluminar la noche…

Hacía mucho calor. El aire que entraba a ráfagas llevaba el verano hasta su cuerpo…pero no se oía el mar…no olía a mar…y entonces echó de menos aquella maldita humedad pegajosa y agobiante que desde por la mañana hasta el anochecer había estado sufriendo, con tanto amor, durante los cinco años que vivió en aquel pueblo costero. Llegaba hasta ella el recuerdo dulce de un tiempo de caracolas, arena caliente, espuma en los pies y mil puestas de sol de postal. Tenía grabado en su memoria muchos de los rostros con los que convivió, trabajó y disfrutó. Voces que el presente había silenciado, de pronto, murmuraban en sus sueños su nombre, le contaban historias, sentía sus risas…nombres propios con vidas propias que la vida le regaló y le quitó con la misma facilidad que cogemos o perdemos trenes…

Aquel paréntesis, que no pretendía serlo, fue, como ella decía, “Un tiempo de versos”. Cuántos trabajos tuvo en aquellos cinco años; cuatro, cinco, ¿seis? Nunca encontró la horma de su zapato, era, como una mariposa de flor en flor. El estrepitoso desorden de su casa era su propio desorden mental, y así y todo en cada trabajo daba todo de sí, con tanto entusiasmo, que parecía secarse como una planta que necesita todo el sol, toda la tierra y toda el agua del mundo. Y con todo esto pocas veces se sintió triste, a veces un poco decepcionada, pero triste, ¡,jamás!
Mientras afuera la noche sin estrellas adornaba la ciudad, ella en su habitación pensaba y hacía, mentalmente, su nuevo “Verso”. “Empezar de nuevo a recomponer mi historia no va a ser fácil, pero cuando una ve en la televisión tantas calamidades que pasa la gente normal, sentirse un poco vacía, triste, decepcionada, sin más argumentos que el tener que empezar de cero en otra ciudad, pero con un buen trabajo… pues es que no tiene sentido alguno apenarse tanto”. Tenía la mirada perdida en el ventilador de techo que daba vueltas moviendo el aire caliente por todo el cuarto cuando de pronto se dio cuenta de que una sonrisa se iba dibujando en su cara. Se levantó, descorrió las cortinas dejando que aquel viento africano la inundara y gritó:

¡ANGY ESTÁ AQUÍ Y HA VENIDO PARA QUEDARSE UN VERSO!

Para Angy cada etapa de la vida era un verso que iba conformando una estrofa y con muchas estrofas se da vida al poema que es nuestra vida, y así es como ella dibuja su vida, como un poema interminable de versos cortos…

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