Montserrat Girón Abumalham

Concejala Grupo Municipal Unidas por Mérida

Ayuntamiento de Mérida


La democracia es la forma que hemos construido para organizar nuestra casa común.
Y en esa casa común caben todas las esperanzas.


 

 

¿Qué tiene que ver la democracia con tu vida?

Mucho más de lo que parece.

Tiene que ver con la casa en la que vives, con el trabajo que encuentras, con el sueldo que cobras, con el tiempo que tienes, con la educación y la sanidad que recibes, con poder formar una familia si lo deseas, cuidar a quien quieres, enamorarte de quien elijas, estudiar lo que te gusta, montar un proyecto, viajar y volver a casa y encontrar un barrio donde merezca la pena vivir.

La democracia también va de eso. No es solamente votar cada cuatro años. Es decidir cómo queremos vivir juntos y qué derechos estamos dispuestos a garantizar para que cada persona pueda construir su propia vida y desarrollar su mejor versión.

La casa común

Pensemos en algo cercano: nuestra propia casa.

En una casa conviven personas diferentes. Tienen gustos, planes, manías y necesidades distintas. Unas veces están de acuerdo y otras no. Pero todos entienden algo sencillo: una casa necesita reglas, cuidados y que las cargas se repartan.

Si una persona se queda con todo el dinero, otra hace todo el trabajo y otra no puede ni siquiera tener una habitación propia, esa casa deja de funcionar.

Una sociedad funciona de una manera parecida.

La democracia es la forma que hemos construido para organizar nuestra casa común. Y en esa casa común caben todas las esperanzas.

Por eso existen los servicios públicos: becas, escuelas, sanidad, servicios sociales, vivienda, protección laboral y ayudas cuando una familia atraviesa una situación difícil. Son herramientas para que la vida de una persona no dependa únicamente del dinero de su familia.

Una vida por construir

Y eso importa especialmente cuando eres joven.

A los 16, 20, 25 o 30 años tienes algo extraordinario: mucha vida por delante y muchas decisiones por tomar.

Puedes cambiar de ciudad. Puedes estudiar. Puedes enamorarte. Puedes montar un proyecto. Puedes equivocarte y volver a empezar. Puedes decidir no tener hijos o tenerlos. Puedes dedicarte al arte, a la ciencia, a un oficio, a cuidar o a emprender. Puedes descubrir mañana algo que hoy ni siquiera imaginas.

En definitiva, caminas por una senda segura y, al encontrar cruces de caminos, debes poder elegir sin sacrificar esa seguridad.

Puedes cambiar de rumbo sin perder el suelo bajo los pies. Porque la vida viene sin GPS y, a veces, recalculando la ruta cada dos por tres.

La política importa porque las políticas públicas deben construir las condiciones para que esos caminos puedan recorrerse con seguridad y para que puedas llegar, sano y salvo, al destino que hayas elegido libremente.

Eso también es libertad: no solo que nadie te diga qué hacer, sino tener posibilidades reales para decidir qué hacer con tu vida.

Con poder ser quien eres. Con poder descubrir y desarrollar tu mejor versión.

La libertad necesita condiciones

Y aquí está una de las grandes preguntas de nuestro tiempo: ¿qué políticas hacen posible esa libertad y cuáles terminan convirtiéndola en un privilegio?

Una vivienda asequible amplía posibilidades. Una educación pública de calidad amplía posibilidades. Un salario digno amplía posibilidades. Una sanidad que funciona amplía posibilidades. Un sistema de cuidados amplía posibilidades. Una ciudad con transporte público, cultura, deporte, espacios de encuentro y servicios sociales amplía posibilidades.

Eso también es libertad.

Porque nadie puede ejercer plenamente su libertad si tiene que renunciar a estudiar porque su familia no puede pagarlo, a independizarse porque no puede pagar un alquiler, a tener hijos porque no puede permitirse criarlos o a desarrollar su talento porque necesita dedicar todo su tiempo a sobrevivir.

La democracia hay que cuidarla

La democracia no está garantizada para siempre simplemente porque tengamos elecciones.

Ni que decir tiene que democracia no es dictadura. Nuestra historia nos lo enseñó y millones de personas tuvieron que luchar para recuperar derechos y libertades que hoy nos parecen normales.

Pero también sabemos algo más: una democracia puede conservar sus instituciones y, al mismo tiempo, desarrollar políticas que hagan que cada vez más personas tengan menos capacidad real para decidir sobre su propia vida.

Hay un autoritarismo que no siempre lleva uniforme. Puede llegar vestido de modernidad, progreso, crecimiento, eficiencia o bonanza. Puede hablar de oportunidades mientras precariza el trabajo; de mérito mientras las oportunidades dependen cada vez más de la familia en la que hayas nacido; de prosperidad mientras esa prosperidad se concentra en muy pocas manos.

Puede acabar imponiendo un modelo de vida, de economía y de sociedad en el que unas pocas personas deciden las reglas y muchas otras tienen que adaptarse a ellas.

Eso también reduce la libertad.

De esto no hace tanto tiempo. La pérdida de empleo, la precariedad, los recortes y la dificultad para acceder a una vivienda durante las crisis económicas que hemos vivido en España han marcado durante años la vida de una generación.

Por eso importa qué políticas elegimos. Por eso importa tener memoria y tomar perspectiva.

Las políticas de izquierdas parten de una idea sencilla: la vida de las personas merece estar en el centro de las decisiones públicas. No para decirle a nadie cómo tiene que vivir, sino para que nadie tenga que aceptar una vida determinada porque carece de recursos para elegir otra.

Para que ser libre no dependa de haber nacido en una familia con dinero. Para que el lugar donde naces no determine hasta dónde puedes llegar. Para que un golpe de la vida no convierta una mala racha en una condena. Para que haya muchas vidas posibles y no un único modelo al que todos tengamos que adaptarnos.

La izquierda no debería querer decirle a nadie cómo tiene que vivir. Debería trabajar para que cada persona pueda elegir cómo quiere hacerlo.

La política empieza cerca

Los derechos no aparecen solos y tampoco permanecen solos. Se conquistan, se protegen y se amplían.

Pero hay una razón para mirar hacia delante.

La política no empieza en un parlamento lejano. Empieza en el barrio, en la plaza, en la escuela, en el centro de servicios sociales, en la biblioteca, en el polideportivo, en la vivienda que se rehabilita, en el autobús que llega, en el espacio donde un joven puede encontrarse con otros jóvenes.

Empieza en el municipio.

El Ayuntamiento puede demostrar que la política sirve para mejorar la vida. Cuando una política municipal funciona, se nota: en una familia que consigue apoyo cuando lo necesita, en una persona mayor que puede seguir viviendo en su casa, en un joven que encuentra un espacio para desarrollar un proyecto, en una calle que vuelve a ser un lugar para encontrarse, en una vivienda que deja de estar vacía y vuelve a tener vida.

Eso también es democracia: una democracia que se toca, que sirve, que está ahí cuando hace falta y que abre posibilidades.

El futuro también se gobierna

A quienes hoy tienen 16, 20, 25 o 35 años les diría algo muy sencillo: no dejéis que nadie os diga que la política no tiene nada que ver con vuestros sueños.

Tiene que ver con poder elegir dónde vivir, a qué dedicarte, si quieres formar una familia, cómo cuidar a quienes quieres, tener tiempo para vivir, ser quien eres y desarrollar tu mejor versión. Tiene que ver con tener una oportunidad aunque tus padres no puedan pagártela y con saber que, si un día las cosas se tuercen, no vas a quedarte solo.

Eso es democracia.

Una sociedad en la que nuestras diferencias caben dentro de una misma casa y en la que nadie tiene que renunciar a sus sueños para que otros puedan vivir los suyos.

Defender la democracia no consiste únicamente en mirar hacia atrás. Consiste en mirar hacia delante y preguntarnos qué país, qué ciudad y qué vida queremos construir.

La memoria nos enseña de dónde venimos. Los derechos nos permiten decidir hacia dónde vamos.

Y el futuro, para quienes tienen toda la vida por delante, todavía está por escribir.

Así que toca ponerse manos a la obra. Porque, al final, de eso va también la política: de conseguir que cuando llegues al cruce puedas elegir el camino que te dé la gana, sin que elegir tu vida signifique ponerla en riesgo.

Y que, sea cual sea el camino que elijas, puedas recorrerlo en libertad, con derechos y con la certeza de que nadie te va a dejar atrás.

Una vida sostenida por muchas manos

Escribo esto también desde mi propia vida.

Tengo 50 años. Soy mujer, trabajadora autónoma y ejerzo una profesión vocacional. Me trasladé de mi lugar de origen; soy nieta de un migrante y vengo de una familia trabajadora, con una situación acomodada que me permitió contar con apoyos, pero también con la conciencia de lo que significa trabajar para salir adelante.

Me independicé con 24 años y viví en precario hasta los 35. En 2012, durante la crisis, estuve a punto de perderlo todo. Mi familia estuvo ahí. Y también estuvo ahí el sistema: con derechos, servicios y herramientas que me permitieron volver a ponerme en pie y seguir construyendo mi vida.

Mi vida no es exactamente la que soñé al cien por cien.

Es mejor.

Y una parte de esa posibilidad se la debo a una sociedad que estuvo ahí cuando hizo falta.

Por eso pago mis impuestos contenta. No porque me guste pagar impuestos —a nadie le amarga conservar unos euros más en el bolsillo—, sino porque sé para qué sirven. Sé que con ellos también se sostiene a quien hoy necesita ayuda, se construye una escuela, se mantiene un centro de salud, se acompaña a una familia, se protege a una persona mayor, se abre una oportunidad para alguien que todavía está empezando.

Un día fui yo quien necesitó que el sistema funcionara. Otro día puede ser otra persona.

Y eso, para mí, es la democracia: saber que no caminamos solos. Que podemos discutir, discrepar, equivocarnos y elegir caminos diferentes, pero que hay una casa común que sostiene nuestros derechos y nos permite seguir avanzando.

Por eso quiero una democracia que no se limite a proteger lo que ya tenemos, sino que siga abriendo caminos.

Una democracia en la que una chica de 16 años pueda mirar su futuro y pensar que puede llegar donde quiera. En la que un joven de 25 no tenga que elegir entre independizarse y vivir. En la que alguien de 35 pueda empezar de nuevo. En la que nadie tenga que pedir permiso para ser quien es.

Y en la que cada generación pueda decir: mi vida no salió exactamente como la había imaginado, pero tuve la oportunidad de hacerla mía.

Eso es lo que quiero defender. Una casa común donde quepan todas las esperanzas. Una democracia con memoria y un futuro en el que cada persona pueda llegar a su propio cruce, mirar los caminos que tiene delante y elegir, libremente, el suyo.



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