Carmelo Arribas Pérez
En el año 66 d.C. estalló en Jerusalén, una revuelta que en poco tiempo se extendió por toda la provincia, hasta que el general Vespasiano y –cuando fue elegido emperador– su hijo Tito, la reprimieron durísimamente. En el año 70, tras cinco meses de asedio, el ejército romano conquistó Jerusalén y arrasó el templo construido por Herodes el Grande. Y tres años más tarde, tras un largo y sangriento asedio de la fortaleza de Masada, en la que se encontraba el historiador Flavio Josefo, se acabó la guerra, en la que dice en su libro “La guerra de los Judíos”, que perdieron la vida 1.100.000 judíos y 97.000 fueron vendidos como esclavos. Tito se negó a aceptar una corona de la victoria decretada por el Senado de Roma, ya que «no hay mérito en derrotar un pueblo abandonado por su propio Dios».
Muchos de los que se marcharon, vinieron a Mérida, cuya presencia podemos comprobar en la lápida existente en el Museo Romano de Justino, del S. II , natural de antigua Siquem en Samaría.(Iustinus Menandri filius / Flavius Neapolitanus anno(rum) / XLVI h(ic) s(itus) e(st) s(it) t(ibi) t(erra) l(evis) Sabina marit(o) / optimo et (…)
“Justino hijo de Menandro, natural de Flavia Neápolis (Samaria)…”
El poeta Ausonio, declaró en aquel momento, a Mérida, como la novena urbe del Imperio Romano.
Pero los judíos, no perdonaron a los romanos el que asolaran y destruyeran la ciudad de Jerusalén, ni que los elementos sagrados del destruido Templo fueran exhibidos como botín, como se ve en el Arco de Tito.
Dión Casio, nos cuenta, que en el 135 d.C, se rebeló contra los romanos Simón Bar Kova, considerado como el auténtico Mesías que liberaría al pueblo judío de sus opresores, tras unos triunfos iniciales, finalmente, se saldó con 580.000 judíos muertos, así como el asalto de cincuenta ciudades y 985 aldeas.
Adriano el emperador hispano, nacido en Itálica, ordenó la quema de los libros sagrados de los judíos en la colina del Templo, y se prohibió la Torá y el calendario judío. En el solar del Templo se erigieron dos estatuas, una de Júpiter y otra suya. La provincia romana de Judea desapareció, integrándose en la Syria Palaestina, nombre inspirado en los filisteos, enemigos seculares del pueblo judío. Como humillación final, se prohibió a todo judío entrar en Aelia Capitolina. La ciudad que se había construido sobre la antigua Jerusalén.
Así es que, tras el verano del 135 d.C, se borró el nombre de los territorios ocupados por los judíos y fueron denominados, Palestina, y se inició la gran diáspora que disgregó a los judíos por todo el mundo conocido en ese momento. Y evidentemente muchos vinieron a esa ciudad, emergente en ese momento, en Hispania, que era Emérita Augusta. La fuente más antigua sobre el asentamiento judío emeritense se encuentra en el “Sefer Ha Kabalá” de Abraham Ibn Daud, en el s. XII, en el que afirma que la gran mayoría de los judíos que tras la destrucción de Jerusalén por Tito, en el año 70 y que vinieron a Hispania, lo hicieron a Mérida, datos que recogería Benito Arias Montano, Marín Vázquez ( canónigo del s. XVI) o en el s. XIX el Padre Mariana.
Diego Galindo, ese gran personaje, que muchos conocimos, tan volcado en la cultura de Mérida, tras la conferencia de Luis García Iglesias, el 8 de septiembre del 2009, en la que presentó una lápida funeraria del S. IV de Aniano Peregrino, la donó, ya que era de su propiedad, al Museo Nacional de Arte Romano .
No era una más de tantas, la traducción del texto nos muestra que la ciudad tenía dos sinagogas, (ANNIANUS PEREGRINVS ONORIFICVS DVARVM SINAGOGE) lo que hace pensar, que la comunidad judía era bastante numerosa.
Las cosas fueron cambiando para mal y en s. X, se marcharon de la ciudad, algunas de las familias y personajes judíos, más importantes de Mérida, hacia Córdoba o Granada, como los Ibn Nagrella. Tras múltiples vicisitudes, Samuel fue elegido visir del Reino de Granada, que quizás no se hubiera mantenido como reino, ni hubiera tenido la importancia que tuvo, sin su gobierno, y al que consideran el judío más importante de la Península Ibérica en su siglo, siendo un caso raro, porque los judíos tenían vetado el acceso a cargos públicos en las naciones islámicas debido al Pacto de Omar. También se marcharon de Mérida los Ibn Abalía, cuyo hijo Isaac nacido en Córboba es uno de los grandes matemáticos e intelectuales de su tiempo, aunque serían los Ibn Abitur, los que sobresalieron en el mundo religioso y cultural, judío, considerándose todavía en la actualidad a Yosef como uno de los grandes en la cultura judía. Yosef ibn Ytzhak ibn Abitur (nació en Mérida en el 900 y falleció en Damasco en el 970 o 1005) pertenecía a una familia española muy prestigiosa de la ciudad de Mérida. Compuso himnos y poesía devota y religiosa. Su tatarabuelo fue un líder comunal y rabínico. Por conflictos de sucesión tuvo que salir de España, y aunque cuando las cosas cambiaron, fue llamado de nuevo, aunque no pudo hacerlo y murió en Damasco.
Pero estos personajes, y la cultura y presencia judaica, carecen, pese a su importancia, de reconocimiento en la ciudad en la que nacieron. Y cuando hay tantas calles dedicadas a personas sin relevancia, tampoco vendría mal colocar alguna con su nombre. Y pienso que quizás no se ha hecho, porque ni tan siquiera se sabía su existencia. Aunque, nunca es tarde.
Carmelo Arribas Pérez