Antonio Vélez Sánchez

            Ex-Alcalde de Mérida



Fui el primero en llegar al recinto deportivo tan baqueteado en su uso por la necesidad de amortiguar la agresividad climática a fin de cuentas, desnudar los cuerpos entre el agua y el césped era la única tabla de salvación para quienes no habían podido aterrizar en alguna playa del sur. Tambien estaban los que habían vuelto a la tierra de la que emigraron años atrás, para pasar sus vacaciones entre los recuerdos de otros tiempos lejanos y las comparaciones entre lo que aquí encontraban y lo que allí dejaban. Para ellos el venir a disfrutar del relax de unos baños – zambullidas, cervezas y palique con los viejos conocidos y las nuevas amistades , era  parte fundamental de una estancia efímera mientras descontaban los dias del triste retorno.

     Quise disfrutar esa sensación de propiedad exclusiva sobre todo aquello, así es que me duché y lentamente bajé los peldaños metálicos de la piscina hasta sumergirme. Al mirar el campo liquido ,con los ojos sobre la linea de superficie, lo aprecié inmóvil, liso, metálico, como una pista de aterrizaje. Me pareció diferente a otras veces, por nuevo y brillantemente estático.

      Nadé lentamente sin sacar los brazos del agua para no romper aquella hermosa y azulada lamina que por unos momentos iba a ser solo mía, pues ya empezaban a llegar los bañistas de todos los dias y aquel hechizo especial de la quietud del agua iba, inevitablemente, a romperse.

      Estaba a punto de ganar la escalera de salida opuesta a la de inmersión cuando  ante mi campo visual surgió una libélula flotando sobre el agua, La primera impresión que tuve es que estaba muerta, tal vez porque al intentar aterrizar sobre aquel pérfido y falso aeródromo no pudo rectificar su maniobra cuando supo que aquella pista era tan blanda y envolvente que terminó apresada y hundida en ella. Sus alas se mojaron y ya no pudo batirlas mas para escapar de la trampa. Así es que la tomé con la palma de mi mano, para sacarla de su tumba liquida, cuando insospechadamente esbozó un torpe movimiento de alas. Me sorprendió que latiera aun la vida de aquel ser  que aparentemente estaba ya en poder de las aguas.  

      Puse con cuidado sobre las losas secas del borde de la piscina  aquel sofisticado aeroplano del reino animal mientras recordaba , tantos años atrás, Sevilla  , las clases de Entomología de D. Guillermo Alonso del Real : Tipo Artrópodos, Clase Insectos, Orden Odonatos, que tal que así había clasificado y nominado Linneo a las libélulas porque en griego “odon” significa diente y las libélulas en su fase larvaria  tienen unas mandíbulas poderosísimas, tan impresionantes que son verdaderos tigres de los charcos. Y sin embargo a pesar de esa etapa nadadora en la metamorfosis del insecto, la maquina de precisión voladora que era el adulto – nuestra libélula – no sabia nadar.

     Observé que la libélula salvada quería recuperar su libertad pues movía las alas con mas energía, aunque no despegaba del suelo. La puse cuidadosamente sobre mi mano y tras unos ejercicios previos de calentamiento salió volando. En ese momento me sentí mas importante que las otras mañanas, cuando llegaba a bañarme y me confundía en la masa de veraneantes y asimilados. Pensé negativamente que todo aquello no habría servido para nada porque lo mas probable es que el naufrago volador caería de nuevo a la piscina, así es que me pasé un buen rato inspeccionando cada centímetro de superficie.

    Y sin embargo no cayó la libélula en un segundo espejismo. Su cerebro había procesado inteligentemente la realidad terrible de la trampa y seguramente huyó hacia espacios mas secos. Tal vez perecería de otra forma, quizás un pájaro, o posiblemente completaría su ciclo para acabar generando nuevas vidas para poblar los charcos estacionales.

     El verano, aunque no quería parar su tono alto, estaba llegando a su fin. En la monotonía de nuestras vidas este salvamento se me antojó tan épico y notorio como pretendiera, burlescamente, Alfonso Daudet con su Tartarin de Tarascón. A fin de cuentas hasta la subida del petróleo se estaba convirtiendo ya en rutina. Y la perfección mecánica  –  lo pequeño es bello y empiezo a dudar del rollo antropocéntrico  –  de un artilugio volador que ya investigaran los pioneros de la aviación, para copiarlo, no merecía acabar sus dias en las engañosas aguas de una piscina, justo al tiempo en que los emigrantes preparaban sus maletas.



     

                    

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