Fran Medina Cruz
En la política local, esa política que debería ser la más cercana, la más humana, la que late al ritmo de las necesidades reales de los vecinos, parece haberse desdibujado la esencia que la legitimaba: la ética. No una ética abstracta o académica, sino la ética cotidiana, la que se demuestra en una decisión, en un gesto, en la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Durante años hemos visto cómo los debates municipales han ido perdiendo profundidad moral y ganando ruido. Se ha ido instalando un clima en el que el valor de una idea importa menos que la conveniencia del momento, y en el que la defensa del compañero se convierte, no en un acto de lealtad, sino en un ejercicio de silenciamiento. Todo lo que huele mal se tapa, se barre, se maquilla… siempre que provenga del lado propio. Y, paradójicamente, cuanto más se ocultan los errores propios, más empeño se pone en airear los ajenos, como si la política se hubiera convertido en un concurso de fragancias donde el objetivo es que huela peor el adversario que uno mismo. Hay que tener muchas narices para apoyar a un candidato regional que ha demostrado una falta de ética brutal. Sin decir nombres.
Se ha impuesto el amiguismo como método de gobernanza silenciosa. El reparto de favores, la adjudicación de confianzas, el nombramiento de “los nuestros” y la exclusión de “los otros”. Ese amiguismo, tan pequeño en apariencia, termina siendo el germen de una mala gestión estructural. Porque cuando el criterio deja de ser la competencia y pasa a ser la cercanía política, el resultado no puede ser otro que el deterioro de los servicios, la falta de planificación, la improvisación constante las cloacas improvisadas y la sensación de que nadie pilota realmente el rumbo municipal.
Y así, la mala gestión se ha convertido en un denominador común, independientemente del color del que se vista cada corporación. La ineficiencia, el cortoplacismo y la política del titular fácil parecen haberse impuesto sobre la estrategia, el análisis y el compromiso con el largo plazo. El ciudadano observa cómo pasan los mandatos mientras se repiten los mismos problemas, los mismos vicios y las mismas excusas.
Sin embargo, no todo está perdido. En cada municipio hay personas, funcionarios, asociaciones, vecinos comprometidos, profesionales, que, sin foco mediático ni búsqueda de protagonismo, sostienen día a día el bienestar común. Su ejemplo es la prueba de que la política no debería ser la protagonista del escenario social, sino la herramienta humilde y discreta que facilita que la comunidad avance. Lo importante no es lo que opinan unos de otros, ni el ruido que generan, sino lo que hacen unos y otros por los ciudadanos.
Quizá haya llegado el momento de recordar que la política no debe ocupar el centro de nuestras vidas, sino servir como soporte eficiente para que la vida comunitaria prospere sin sobresaltos ni luchas constantes. Y que el verdadero cambio no nace de un partido, sino de una voluntad colectiva de exigir coherencia, trabajo y responsabilidad. Y de eso falta en España.
En estas fechas, cuando la ciudad se ilumina y las calles recuperan un sentido de pertenencia que a veces olvidamos, solo cabe desear que el próximo año nos traiga un giro de rumbo. Que volvamos a colocar la ética donde siempre debió estar y que la política municipal recupere el sentido del servicio.
Feliz Navidad, y que el nuevo año nos encuentre con más comunidad, más integridad y menos ruido.