Carmelo Arribas Pérez
Las relaciones de vecindad se caracterizan por sentimientos alternativos de amor y recelo. Portugal y España, o mejor el Alentejo y Extremadura, son algo mas que simples vecinos, ya que son parte de un mismo territorio físico al que sólo la voluntad humana ha colocado límites. Francia y España sí son vecinos separados por el tabique de los Pirineos. Los portugueses y españoles carentes de impedimentos físicos, que la geografía no proporciona, plasmaron su separación en los Castillos que jalonan una y otra parte, reflejo de ese recelo que uno y otro han mantenido durante siglos.
Alguien llamó a la frontera luso-española “Raya”. Y ningún nombre más acertado.
De: “Línea o señal larga que…se hace de forma natural o artificialmente en un cuerpo cualquiera.” -Lo define la RAE (Real Academia Española).
Una raya se hace sobre algo igual, a cuya superficie significa y define, pero que ni separa ni secciona.
Tampoco es mala definición otra de las acepciones de la misma palabra: Lindero de un predio de mucha extensión. Mostrando la uniformidad de una tierra, que sólo la política ha separado.
Pero como no podía ser menos, nuestra historia corre paralela. Las campañas de Geraldo Sempavor, el Cid portugués, en Extremadura, obligaron a Fernando II de León, a firmar la paz con Portugal y unirse a los Almohades para recuperar plazas como Trujillo, Cáceres o Montanchez. Pero sobre todo lo que le interesaba era la conquista de Mérida, no tanto, que también, para el pasto de los ganados en Extremadura, como para conseguir la independencia eclesiástica.
El traslado de la sede arzobispal, provisionalmente, a Santiago que volvería tras la conquista de Mérida, haría, si esta caía en manos castellanas, que la sede volviera a Mérida pero con ello, la dependencia del clero leonés estaría totalmente en manos de castellanos. Portugal tenía a Braga, Castilla a Toledo, y León tenía que mantener a toda costa la sede, que era de Mérida y se había llevado a Santiago, por lo que el monarca leonés no tuvo reparo alguno, en unirse a los musulmanes, contra el rey de Castilla, si con eso podía impedirles la conquista de Mérida.
Pero con ser importante esto, sí hubo un momento histórico en el que Mérida pudo pertenecer, o al menos ser ampliamente repoblado por portugueses, fue en la guerra de sucesión por el trono de Castilla, entre Juana la Beltraneja e Isabel la Católica en la segunda mitad del S. XV.
Al lado de la carretera, que se dirige desde la ciudad de Mérida a la presa romana de Proserpina, hay un pequeño recordatorio que pasa totalmente desapercibido a quien transita por ella, recordando el lugar donde pudo haberse producido, en 1479, la batalla del río Albuhera.
Apenas conocida esta batalla, popularmente, cuando se dice su nombre, siempre se la confunde con la ocurrida siglos mas tarde, contra los franceses, en la localidad de la Albuera, pero incluso esta batalla de Mérida, cercana a la presa de Proserpina, tuvo mayores repercusiones históricas, que la otra, ya que le dio el espaldarazo definitivo a Isabel la Católica, para entronizarse como reina en Castilla. Tras esta batalla su sobrina Juana, apellidada la Beltraneja, supuesta hija de Enrique IV,llamado el “ impotente”, por padecer un problema testicular, motivo por el que sus enemigos la señalaron como ilegítima, y descendiente de uno de sus hombres de confianza, D. Beltrán de la Cueva, y tras perder las esperanzas de ocupar el reino de Castilla, se recluyó en un convento en Coimbra.
Años antes en el Tratado de los Toros de Guisando, firmado al pie de los verracos celtas de granito, y en el que Enrique IV de Castilla, para evitar disensiones, reconoce a Isabel como heredera al trono, se incluía la obligación de que debía casarse con quien “el dicho señor rey acordase y determinare de voluntad de la dicha señora infanta y no con otra persona alguna”.
El matrimonio que se había acordado para ella era, que Dña. Isabel se casase con el rey de Portugal Alfonso V, que estaba viudo, y su sobrina Juana lo haría con el príncipe heredero Joao, a lo que se negó Isabel, ya que Castilla pasaría por doble vía a manos de Portugal.
Ignorando las cláusulas del tratado, decidió casarse por su cuenta con Fernando de Aragón. El rey molesto por la decisión, volvió a declarar a Juana como heredera declarando que; “Siempre la tuve y traté y reputé por mi hija legítima”.
La llamada “farsa de Ávila”, en la que parte de la nobleza había proclamado al infante D. Alfonso, como rey Alfonso XII, ( que murió tempranamente) y en la que el conde de Plasencia derribó de una patada a un muñeco sentado en el trono representando a Enrique IV, al grito de: “¡Fuera puto¡” (ahora se diría maricón), había sido un episodio más que llevaría a una guerra civil entre los diversos partidarios de Dña. Isabel y D. Fernando por una parte y Dña. Juana, con el apoyo de Portugal, por otra.
Las fortalezas de Mérida y Medellín, estaban en manos de los que apoyaban a los portugueses y la causa de Dña. Juana. Cuando la ciudad fue ocupada por la condesa de Medellín, muchos emeritenses habían abandonado la población, que en ese momento estaba en manos de D. Alonso de Monroy, dolido porque no había conseguido de los Reyes Católicos el maestrazgo de Alcántara.
El rey de Portugal envió a la ciudad de Mérida al belicoso obispo de Evora, D. García de Meneses “con mucha gente de armas” para que una vez en la ciudad pudieran apoyar a todos los que en Extremadura abrazaran su causa. Los portugueses venían pertrechados con muy diversos enseres, pensando que se quedarían de modo definitivo en esta ciudad.
El maestre de la orden de Santiago D. Alonso de Cárdenas que estaba en Lobón, al enterarse, salió con su gente y con los vecinos de Mérida que habían abandonado la ciudad y se encontraban con él, a hacerles frente, o al menos a estorbar la entrada de los portugueses en la ciudad. Así dispuso que corrieran hasta cerca de Mérida y tomaran posiciones cerca del pantano, arropados por la cercana sierra Carija. Puso el maestre atalayas para que fueran vistas desde la ciudad, pero no desde el camino por el que vendrían los portugueses, por lo que D. Alonso de Monroy se guardó de salir a combatir por desconocer el número de enemigos, ni pudo avisar a los portugueses ya que se lo impidieron. Cuéntase que D Alonso de Monroy, amparado por la noche, espió la presencia de los partidarios de Doña Isabel, dando conocimiento de los mismos a los suyos con la frase ¡Ciertos son los toros¡
Un vecino de Mérida, D. Alonso Martín de Almaraz, poseedor de un caballo muy veloz fue enviado por D. Alonso, para ver la cantidad de gente que venía y por dónde. Descubierto fue perseguido sin lograr darle alcance, pero pudo avisar de que al menos venían 700 castellanos de armas juntamente con un gran número de portugueses. Avisados ya los portugueses de que no sería fácil entrar en la ciudad, comenzaron el combate.
La pelea fue tan dura “que muchos por estar tan juntos no podían aprovecharse de las espadas y peleaban con puñales”. La batalla duró mas de tres horas, hasta que finalmente pudo saberse hacia qué parte se inclinaba la victoria. El obispo de Evora fue hecho prisionero por un escudero, al que prometió tal cantidad de dinero que lo soltó, viniéndose a refugiar a la ciudad. Muchos portugueses fueron hechos presos pero los Reyes Católicos les concedieron la libertad, no así a los castellanos, que fueron degollados.
El obispo de Évora acabaría sus días en una cisterna del castillo de Palmela.
Sin embargo la ciudad de Mérida siguió durante un tiempo en manos de los portugueses y partidarios de Dña. Juana, hasta que tras cinco meses de cerco capituló. Había sido sitiada por las fuerzas isabelinas de Luis Portocarrero, pero resistió hasta la firma del tratado de paz de Alcáçovas. Pero no se fiaba y sólo abrió sus puertas, ocho días después de firmado el tratado que garantizaba que no habría represalias
Y con ello se acababa la guerra y posiblemente, el que Mérida fuera portuguesa y que en la ciudad y el entorno se hablara portugués.
Carmelo Arribas Pérez