Carmelo Arribas Pérez
La llegada de los calores veraniegos, nos hacen mirar en los cajones de los armarios para buscar los abanicos que se guardaron en otoño. Pero este objeto que nos ayuda a soportar las temperaturas, tiene tras de sí una interesante historia de su origen y un lenguaje simbólico que nos ha llegado hasta ahora, unido a un uso fundamentalmente femenino. En la cerámicas griegas, como la de: “Eros ofreciendo a una mujer un abanico y un espejo, como atributos de la femineidad y la coquetería”. Pintura de una vasija de la Apulia, del Museo Arqueológico de Milán (Italia), ya muestra este aspecto femenino del abanico. Pero, es curioso, porque este objeto se consideraba, antiguamente, como masculino y una muestra de poder del usuario. Así, en muchas pinturas se aprecian personajes, que tienen a su lado a unos sirvientes con unos grandes aireadores, como un símbolo que mostraba su importancia y categoría social. Sin embargo, poco a poco, manteniendo esta característica de importancia en la mujer que lo maneja o posee, adquiere un toque femenino como un icono de erotismo y seducción.
En la corte de Felipe II, hay una olvidada pintora, Sofonisba Anguisciola, de una gran calidad y nivel, en sus cuadros, semejante a los más importantes pintores de su época, que sí son conocidos y valorados, tanto, que incluso algunos de sus cuadros, se los atribuyeron a otros pintores de más renombre, porque no se concebía que una mujer pudiera realizar tales obras de arte. Uno de sus cuadros, es el retrato de la princesa Juana pintado en 1561, representada como una viuda virtuosa, todo en colores oscuros. De su chal cuelga un camafeo de Carlos V, presumiblemente obra del joyero de la corte, Jacopo da Trezzo, que pone de relieve su posición social; monárquica y genealógica, en cuanto que es hija ejemplar del emperador. Y en su mano izquierda enguantada sostiene un abanico japonés (posiblemente procedente de las islas Ryukyu), importado de Portugal, signo de su estatus principesco, y símbolo de su posición como antigua regente de España y princesa de Portugal. El hecho de que Juana sostenga el abanico en la mano izquierda, como era costumbre en los samurais japoneses para indicar poder y rango, viene a reforzar esa idea.
Y fue en este período, en el que Isabel (de Valois), que era la tercera esposa de Felipe II, y a la que le fascinaban los abanicos, cuando lo puso de moda, y hacia el 1560 ya se había convertido en un objeto cotidiano en las cortes ibéricas. Y la moda del abanico, empezó a ser copiada por las damas de alto nivel social, en todas partes, como símbolo de su rango, y como siempre ocurre, acabó popularizándose, primero por el significado de distinción de su posesión, y posteriormente también por su utilidad.
Muchos documentos referentes a esta reina que se encuentran en el Archivo de Simancas, son recibos que revelan la multitud de abanicos orientales, que compró Isabel a los mercaderes portugueses Duarte Fernández y Francisco de Lisboa. Catalina de Austria (reina de Portugal), regalaba a Isabel y a otros miembros de la familia real todos estos artículos exóticos exclusivos, a fin de realzar su propia posición como reina de un imperio ultramarino.
Pero este, es otro tema.
Este instrumento con mango y plumas, que mueve el aire para refrigerarse, ya aparece en Mesopotamia e incluso en la tumba de Tutankamón, se encontraron dos abanicos con mangos de metales nobles y plumas de avestruz, que tenían la función desde dar sombra espantar moscas y evidentemente refrescar. Y este objeto pasó a Grecia, también como muestra del poder masculino, pero acaba en el ajuar femenino como se refleja en la vasija citada. Y Roma, heredera de la cultura griega, realizó varios modelos de abanicos, desde el «flabelum», de mango largo y fijo sobre el que se instalaban las plumas, como el egipcio, el «vannum», con pantalla y mango corto, el «muscarium», hecho de crines de caballo, y sobre todo usado, como su nombre indica, para espantar moscas, y las «tabulae», un abanico de carácter popular, fabricado con láminas vegetales, pero no se plegaba. El poeta Marcial, amigo del importante emeritense Deciano “ Emerita Deciano meo”, en sus «Epigramas” cuenta, que en uno de los banquetes por los que se hizo famoso el romano Zoilo, una concubina le bajaba los calores producidos por la borrachera, a uno de los invitados, moviendo un abanico de plumas.
Los abanicos plegables, de tipo baraja, se inventaron en Japón en el siglo VIII d.C, el «sensu», imita a las alas de murciélago. De hecho, los primeros abanicos plegables se denominaron «komori», en japonés, murciélago, como el catalogado en un templo budista en Kioto (877). Sin embargo, este tipo de abanicos no llegaría a Europa hasta el siglo XIV, con los primeros contactos con el Oriente lejano. Hasta ese momento, se utilizaba el clásico «flabelum» romano. Y era tan común, que hasta su uso aparece en un texto del s. IV de las Constituciones Apostólicas, en la liturgia cristiana, donde se establece que dos diáconos debían estar uno a cada lado del altar, llevando estos abanicos, para refrescar al sacerdote y ahuyentar a las moscas.
Poco a poco, el abanico llegado de Oriente, se convirtió para las mujeres en algo más que un objeto para refrescarse, y como decía una dama, habitual de los salones parisinos: «hay tantas maneras de mover el abanico que puede distinguirse, a primera vista, una princesa de una condesa, y una marquesa de una plebeya. Es más, una dama sin abanico es como un caballero sin espada». Y es que desde el siglo XVII su uso se había convertido en un objeto exclusivamente femenino, incluso crearon un lenguaje, que permitía la seducción en público de modo discreto. Si estaba cerrado y se apoyaba sobre la mejilla derecha era un sí, pero si lo hacía sobre la izquierda era una negativa. Si dejaba caer el abanico delante de un hombre, era una declaración apasionada, si se cubría la cara le indicaba al destinatario que la siguiese cuando se fuera.
Pero todo cambia, y mientras el abanico sigue permitiéndonos soportar los calores veraniegos, la mujer ha acallado su lenguaje, porque la igualdad, ha hecho que ya no necesite que nadie hable por ella, y menos, que “airee” sus sentimientos.
Carmelo Arribas Pérez