Carmelo Arribas Pérez




No hay cosa más inmaterial y a la vez más importante que la autoestima de un pueblo. Los edificios, las industrias, la riqueza, varían, pero si permanece un sentimiento de orgullo y  de pertenencia, ese pueblo permanecerá. Y  ese es el mayor patrimonio inmaterial, y que de modo consciente o inconsciente sobre todo en los momentos  de crisis, en todos los lugares  surge como por generación espontánea. Pero para que esa autoestima se asiente, se precisan unos elementos.

Finaliza el S. XIX . En diciembre de 1898 se firma el tratado de París y  con él desaparecen  todas las colonias españolas que nos quedaban, Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Guam, las islas Marianas y las islas Carolinas. Esta derrota de 1898  sume a políticos e intelectuales en un estado de desencanto y frustración. El político conservador Silvela, lo califica como  “sin pulso”. A partir de ahí el escritor y el artista hispano comienza  a interiorizar buscando el modo de ser y vivir español, fijándose en dos importantes fuentes, la Historia y las gentes del pueblo,  que supuestamente habían sido preservadas de ideas foráneas y que constituían  a su entender, lo genuino. En el mundo del arte los artistas, van desde un regionalismo, con la plasmación en  sus cuadros de paisajes, costumbres, fiestas  y personajes populares  en una exaltación de la alegría de vivir, cercana al bucolismo, que roza con no poca frecuencia el folclorismo, y por otra parte comienza el estudio de leyendas, historias y la exaltación de personajes nacidos en la tierra, plasmando con mucha frecuencia en estatuas y cuadros a estos personajes, que refuerzan la autoestima de cada uno de los pueblos, regiones y de la nación entera. Las leyendas, se hacen comunes, y se convierten en símbolo, desde la del moro Boabdil abandonando Granada, a la Campana de Huesca, todo marca una línea de conducta a seguir e insufla un espíritu, con el que se nos pretende demostrar que a pesar de que hemos perdido todo, poseemos un Patrimonio intangible, pero sumamente valioso,  que es como el dinero que se posee en el banco, que no lo vemos, pero sabemos que está ahí. (Bueno, hasta ahora)

La sorpresa que me encontré en mi estudio de los costumbristas extremeños, es que aparecen de repente en muchos pueblos, de Badajoz, incluso en algunos realmente pequeños, con una abundancia que no se había dado antes , ni se ha dado posteriormente, y  con una calidad media o excelente,  sin embargo, no hay costumbristas en Mérida. ¿Por qué ocurre esto? Porque Mérida tenía cubierto esa necesidad de autoestima por las excavaciones romanas, que se estaban realizando en esos momentos, y no necesitaba nada más.

Es por lo tanto significativo cómo empiezan a surgir estatuas dedicadas a grandes personajes, nacidos en la localidad, para asentar todavía más ese orgullo de pertenencia, pese a que las esculturas son muy caras y la economía no era excesivamente boyante. Así en Badajoz,  se le hacen al pintor Luis de Morales, al político y arabista José Moreno Nieto, o en Medellín a Hernán Cortés, y en varios pueblos de la provincia, se van erigiendo estatuas a diversos personajes. Sin embargo en Mérida no las hubo, su comienzo es fundamentalmente a partir de que la ciudad se convierte en capital Autonómica, y debe de asentar, frente a los demás, su propia autoestima. ¿Cómo? Erigiendo estatuas, ya sea de Santa Eulalia, de Augusto, de Agripa, u otras de menor tamaño como la de Fernández López, la de José Álvarez Saez de Buruaga, u otras varias, pero todas ellas son sólo el soporte material, de un Patrimonio Inmaterial, el orgullo de pertenencia, personificado en estos personajes.

De ahí que la Historia de un lugar se haga colocando un hito, un personaje y a través de él comprendemos mejor un período, pero ha de estar perfectamente localizado. En esta ciudad, todo el mundo sabe, que un objeto arqueológico, en sí no es nada, dice poco, cuando nos habla es cuando sabemos dónde se ha localizado y en qué circunstancias se encontraba. De ahí que la grandeza urbana, el orgullo patrio, descanse en estos personajes que han aparecido durante la historia de la misma.

En Mérida, se podría empezar, desde Deciano, aquel magistrado y parece ser, que también poeta emeritense que vivió en Roma, del que conocemos su existencia por los escritos del poeta Marcial del S. I, a quien llama “Emerita Deciano meo”, “mi amigo Deciano de Mérida”. Pero sin duda el personaje emeritense más famoso de su tiempo fue: «C(ayo) Appuleius Diocles, auriga hispano y lusitano”.

Esto que puede parecernos nimio en la actualidad, sin embargo era en aquellos tiempos de tal envergadura, que ante la imposibilidad de llevarse las reliquias de la mártir a Toledo constituida en nueva capital de la visigotia hispana, se crean santos inventados con el modelo emeritense como San Tirso o santa Leocadia, en un intento de eclipsar la importancia jerárquica religiosa de Mérida, para colocar al obispo de Toledo por encima de los obispos emeritenses, lo que originaría como reacción la creación del libro de; «Las vidas de los santos padres emeritenses», para demostrar su superioridad.

 Es en este libro, cuya importancia se aquilata día a día, donde aparecen   personajes como Mausona  o el duque Claudio,  a través de los cuales se pretende trasmitir la importancia y el orgullo de la ciudad.

Y uno de los acontecimientos históricos más importantes de este período es la Conversión de Recaredo al catolicismo, en el III Concilio de Toledo, el 8 de mayo del 589, tras el cual desaparecen los rasgos culturales del Arrianismo visigodo, frente al catolicismo Hispano romano, unificándose en una sola nación. Es ahí, donde tras la firma del rey, parece en las Actas de este Concilio, la del obispo Mausona, indicando su importancia y posiblemente   fuera él, quien presidiera tan importante acontecimiento, en lugar de S. Leandro, como siempre se ha considerado.

Quizás como anécdota ahora que el mundo bancario está todos los días en las noticas. Mérida en el S. VI, era la diócesis más importante y posiblemente rica de toda la Hispania. El obispo Paulo, médico, operó con éxito a la mujer de un prócer riquísimo y este al morir le dejó todos sus bienes. Paulo se los dejaba la Iglesia emeritense, en su testamento, si los clérigos admitían como obispo a su sobrino Fidel, cosa que hicieron. Era tan rica la Iglesia emeritense, que en tiempos de Leovigildo (s. VI)  fundó un banco, con ideas humanitarias, con unos fondos de 2.000 sueldos, una cantidad muy considerable en aquella época.

La gran personalidad de los tres grandes obispos emeritenses, Paulo, Fidel y Mausona y la importancia política y religiosa de la ciudad,   que al siglo siguiente, VII, pasaría a Toledo, convierten a Mérida en un foco de irradiación de vida cristiana, que se plasma en la fundación de múltiples iglesias y conventos.

Y este espíritu mítico de la ciudad, también se encuentra en otro personaje, el Duque Claudio,  que marchó a combatir un gran ejército arriano, del que afirma Juan Bíclaro, en su  «Chronicon» escrito entre los años 567 al 589, que los visigodos que acompañaban al Duque Claudio, eran sólo 300, posiblemente lusitanos de Emerita, que era el lugar en donde residía Claudio, para luchar contra los ejércitos arrianos; encabezados por los condes Granista y Wildigelmo, y  por Athaloc, obispo arriano de Narbona;  y a los que se les unió por intereses políticos, ya que era católico, el rey de Borgoña, Guntran. Entre todos ellos, habrían reunido un numerosísimo ejército que superaba los sesenta mil soldados. Gregorio de Tours, nacido en el 538, y de origen romano como el duque Claudio,  narra en sus «Decem libri historiarum», (Diez libros de historia), más conocidos como; «Historia de los Francos», la destreza del caudillo emeritense, que sorprendió a las tropas de Borgoña, al mando de Boso. Simuló una retirada cuando se dirigieron hacia él, como abrumado ante tan numeroso ejército, para el escaso contingente de soldados con que él había avanzado para hacerles frente, llevándolos hacia donde se encontraba el grueso de su tropa, de esta manera los cogió entre dos fuegos provocando el pánico entre los atacantes que huyeron en desbandada.

Pero esta historia, será, para otra vez.

 

Carmelo Arribas Pérez

 

 

 

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