Carmelo Arribas Pérez




La  celebración de las carreras de cuadrigas en el circo romano,  que acabó con el triunfo de Caius Apuleius Diocles, ( no podía ser menos) volvió a poner en la mente de muchos,  emeritenses o no, la figura de este personaje que ganó mas dinero que posiblemente haya ganado ningún deportista y concitó las pasiones en la gente.

En un libro “ Iberia Viajes y reflexiones sobre España” James A. Michener, un norteamericano, a finales de los años sesenta del pasado siglo, muestra su extrañeza porque en España, tenemos una gran admiración, por los artistas y escritores y sin embargo no guardamos nada más que la memoria reciente de los atletas y jugadores. Pero en Mérida no se ha dado esta situación, mientras nuestros escritores e incluso escultores, pasan desapercibidos o como máximo se les dedica una oculta calle, al auriga Diocles se le ha dedicado un Polideportivo y una calle. Pero ¿Quién era este atleta, al que yo pensé equiparar con Ronaldo, pretendiendo ser original, pero que cuando busqué en Internet, me encontré con que ya había habido otros que habían tenido la misma idea, lo que me confirmó que no andaba muy desencaminado en mi pretensión?

Quizás sea el único deportista cuyo nombre y hazañas nos han llegado después de dos mil años, hasta nuestros días. El emeritense Diocles hizo enloquecer con sus carreras y triunfos a las multitudes, en la primera mitad del siglo II.

Nombres de aurigas, como Marcianus Nicha “vencedor” o Paulus Nica “vencedor” que aparecen en el Museo Romano, no han tenido mayor proyección que su presencia en un mosaico, que salvando las distancias, era, como poner, en la actualidad, la foto en tu habitación de un futbolista popular, pero cuyo nombre casi siempre se olvidará cuando se retire. Aparece también en el mosaico (S.IV) de Marciano otra palabra “Getuli”, que casi todos los investigadores interpretan como “de Getulus”, nombre o sobrenombre de alguien que sería de Galacia, una provincia de Asia Menor, y probable propietario de los caballos.

Los documentos le asignan a Diocles, en premios 35.863.120 sestercios; el equivalente con las monedas actuales, siempre depende de las circunstancias económicas, pero que algunos consideran que al cambio aproximado de 1,60 euros por sextercio, vendrían a ser unos 62 millones de euros. Es evidente eso era sólo la suma de los premios conseguidos, pero seguramente sus ganancias habrían sido mayores, algunos (no sé en base de qué documentos) las hacen llegar hasta los 15.000 millones de dólares.

Para hacernos una idea, de la pasión que provocaban entre sus seguidores estos corredores de cuadrigas, y la perduración e incluso el incremento de esta afición a través de los siglos, puede servirnos de ejemplo, que dos siglos más tarde de haber muerto Diocles, tras la proclamación de las leyes contra homosexualidad, de Teodosio, al encarcelar por este motivo, a un famoso auriga, sus seguidores provocaron tal revuelta para liberarlo, que mataron incluso al gobernador que lo había encarcelado y que tras finalizar, acabaría con la muerte de unas 3.000 personas. O las intrigas y trampas, como el envenenamiento o agresión a caballos y “agitatores” (corredores) de las facciones contrarias para conseguir que ganaran los de su equipo, como hizo entre otros Calígula.

Los equipos se dividían en cuatro facciones, la Blanca, Azul, Verde y Roja, y hay quien pretende hacer provenir los colores de los grupos políticos, azul (derechas) y rojo (izquierdas) precisamente de la extracción social mayoritaria de los componentes de estas. Aunque en Constantinopla la facción blanca y roja era la de los barrios más ricos de la ciudad; y la azul y la verde, la de los suburbios.

La forma del circo era de forma elíptica, y el suelo de la pista de tierra apisonada. En el centro estaba la spina, un espacio que lo dividía y en donde se colocaban desde estatuas de los dioses hasta obeliscos y fuentes. Puede darnos una idea de la tremenda afición a las carreras entre los romanos, el que el Circo Máximo pasó de tener un aforo de 150.000 personas en la época de Julio César a ¡385.000¡ en el s.IV.

El desfile que se hacía antes del comienzo, era espectacular, lictores y trompeteros iban delante de la procesión, les seguía el magistrado, que presidía, vestido con traje triunfal y con los atributos de Júpiter Capitolino. Detrás, marchaba un esclavo público, cubierta la cabeza con una corona de encina. “ Los clientes, vestidos con toga blanca, y jóvenes a pie o a caballo, rodeaban al magistrado. Después seguían los aurigas, divididos según las facciones a las que pertenecían, y antes que ellos músicos y portadores de carteles, finalmente, los sacerdotes transportando los objetos sagrados y las corporaciones religiosas, que llevaban los trajes de los dioses en un carro sagrado y las imágenes divinas en literas. Las estatuas de los dioses eran transportadas en carros tirados por caballos, mulas y a veces por elefantes. En época imperial se añadieron, al cortejo, retratos de los emperadores y de las emperatrices divinizados… Cuando la procesión entraba en el circo, los asistentes al espectáculo se levantaban de sus asientos, con aplausos y aclamaciones”. Todo esto nos da idea de la grandiosidad del espectáculo.

Los carros, sobre los que iban los aurigas eran muy pequeños, ligeros, de madera, y con dos ruedas. De los cuatro caballos,  ( en el siglo I los caballos más cotizados eran los hispanos y en el siglo III los hispanos y los de Capadocia. A finales de la República romana y a comienzos del Imperio, los más famosos procedían de Lusitania, en donde las yeguas, según se afirmaba, eran preñadas por el viento. En una pintura de Mérida, datada en el siglo IV, se representa la doma de un caballo de carreras, que duraba dos años, y empezaban a correr a los cinco), los dos de fuera eran los más importantes, y de ellos, el de la izquierda, ya que de su facilidad en dar la vuelta lo más pegado a la spina, para ganar espacio, dependía que el carro no volcase, lo que provocaría accidentes con otros carros, y posiblemente la muerte de algunos aurigas. En el mosaico del auriga Marcianus, del Museo Romano, se le pone nombre al de la izquierda, signo evidente de distinción, “Inluminator”. De ahí que se protegieran la cabeza con un casco de metal, y las piernas con vendas, y ya que conducían con las riendas rodeándoles el pecho, que sujetaban con la mano izquierda, también llevaban un puñal para que, en caso de volcar, cortarlas. Salvarían de esta manera la vida, evitando ser arrastrados por los caballos. Pese a todo, la esperanza de vida era muy corta. Una de las grandes celebridades, Scorpus, del que se dice que ganó cerca de 2000 carreras murió a los 27 años, en una colisión. No eran raras las colisiones, porque con frecuencia, se provocaban. Se podían tener hasta tres carros por equipo en cada carrera, esto hacía que se coordinasen entre ellos para estorbar y sobre todo para conseguir que los carros de los otros equipos se estrellasen contra la spina central, lo que emocionaba a los espectadores.

Igual que en la actualidad podemos ver algunas personas llevando, por la calle, camisetas de su equipo de fútbol favorito, entre los aficionados a una u otra facción también se puso de moda, sobre todo entre los bizantinos, vestirse llevando los colores de su equipo favorito.

Todo esto nos da una idea del éxito popular del personaje emeritense. De Diocles, han llegado hasta nosotros dos lápidas, que nos dicen que: Cayo Apuleyo Diocles, era “natione hispanus lusitanus”. Hispano de nación y lusitano, frase que se ha utilizado con frecuencia para mostrar la existencia de España como nación ya en el s.II, frente a los que se acogen a una concepción federal, o los que afirman que este concepto de nación tal como la conocemos ahora, nació, en la época de los Reyes Católicos. Tradicionalmente, se ha considerado a Diocles como nacido en Mérida, sin discusión alguna.

Era tal su fama y las posibilidades de éxito, que las diversas facciones se peleaban por contratarlo y en su larga trayectoria acabó fichando por las cuatro. Comenzó corriendo a los dieciocho años, (que no era una edad muy temprana, el historiador Plinio, nos cuenta que en el año 59 un muchacho de ocho años participó en una carrera de resistencia y larga distancia, corriendo desde el mediodía al anochecer, 75 millas, unos 111 km.) y terminó a los cuarenta y dos, tras haber ganado 1462 carreras de las 4257, que corrió, algunas haciendo incluso exhibición de facultades ante sus seguidores. Solían colocarlo en las carreras primeras, al principio del espectáculo, puesto que eran las más importantes, en las que corrían los mejores aurigas de todo el imperio y calentaban ya a las masas.

El sobrevivir un corredor de cuadrigas hasta los 42 años, habiendo corrido durante 24 años, incluso con varias carreras en un mismo día, ya era un mérito, no sólo por la necesaria resistencia y habilidad física que debía de poseer, sino porque los accidentes, muchos de ellos causados por otros contrincantes e incluso por aficionados, que irrumpían en la pista, gritando y agitando los brazos ante los contrincantes de sus ídolos y que provocaban no pocos accidentes propios y ajenos, hacían que murieran o quedaran imposibilitados para correr muchos de los aurigas. Esto, sin contar que incluso la vida media de la población rondaba los cuarenta años.

Una de las dos lápidas que se conservan, nos relata de modo largo y farragoso como ganó con cuadrigas, carros con cuatro caballos, y con bigas, de dos caballos, y algunas circunstancias de cada carrera. Pero una de las lápidas, la más íntima y familiar, es la que más me gusta y nos muestra la verdadera personalidad de Caio Apuleio Diocles, la del hombre retirado en Praeneste, (Palestrina) cerca de Roma , donde murió, y en la que se muestra afortunado, no por ser el primer auriga de la facción roja, ni por haber ganado muchísimo dinero, sino por el regalo dado por la diosa Fortuna por haberle dado dos hijos, un niño Cayo Apuleyo Ninfidiano y una niña Ninfidia.

Y es que los grandes, lo son no sólo por lo que han conseguido, sino porque saben, que las cosas aparentemente pequeñas son mucho más importantes que las pasiones que con su saber y maestría desataron. Quizás sólo por esto, el nombre y las hazañas de este extremeño de Mérida, de la nación hispana, ya mereciera que su memoria haya llegado hasta nosotros, como ejemplo vital.

Carmelo Arribas Pérez

(I)José María Blázquez: Las carreras de carros en su origen y en el mundo romano.

(II)José María Blázquez: Las carreras de carros en su origen y en el mundo romano.

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